29 de junio.

¿Te ha pasado alguna vez, camarada,
que después de una siesta de una tarde
infernal de finales de junio,
te despiertas
con el sabor del desierto en tu garganta;
y sin saber por qué
acuden a tu mente cosas tales
como
la libertad – dibujada en una escena
de hombres que resisten una tormenta de horas
sintiendo la rabia:
lo ves en sus bocas entreabiertas -;
la belleza – proporciones… esculturas
que sólo existen en tus ojos -;
el miedo que sentimos ante la muerte…
y entonces
como un sonámbulo embebido  de Historia,
llegas donde siempre
y te ponen un café
que esa tarde
está perfecto;
y caes en la cuenta
de cuántas
veces
nos hemos perdido las cosas pequeñas
por andar pensando en ideas demasiado grandes?

A mí sí,
esta tarde.

Intentando aprender a escribir (3)

Fue a dejarle una nota a su mujer, tenía que salir de improviso y cayó en la cuenta de que era mejor dejarle el recado por escrito, en un papel, en un sitio visible, por si ella llegaba antes de que él volviera. Cogió un folio y un bolígrafo, se dejó caer sobre una sencilla silla que había delante del escritorio, se acomodó, dispuso el folio oblicuamente y fue a coger el bolígrafo. Se fijó en que en la parte izquierda de la uña del dedo índice de la mano derecha le sobresalía un pequeño pellejito (diminuto). Pensó en morderlo levemente para quitarlo de ahí, no le gustaba que sobresaliera. En los últimos tiempos había dejado el café y los atracones de tabaco, se sentía una persona tranquila… tampoco se mordía las uñas… nunca en esos últimos tiempos. Bueno… pensó. Tras mirarse el dedo indicado unos segundos, se lo llevó a la boca, tanteando que la piel saliente cayera justo entre los dos incisivos a la derecha de la línea longitudinal que divide en dos la boca de arriba hacia abajo. Cerró un poco los dientes, apretando el dedo contra ellos y terminó de juntarlos en el sitio que supuso se cortaría sólo la parte saliente de piel, añadiendo un movimiento lateral de mandíbulas exacto que terminaría de rasgar el trocito de piel. Retiró el dedo de la boca, lo alejó lentamente dejándolo al alcance justo (ni muy lejos ni muy cerca) de sus ojos, y evaluó lo que había hecho. Error, había arrancado más de lo necesario… sí, el trozo sobresaliente desapareció, pero el corte había sido impreciso, también se llevó un poco de piel de más, un poco de piel que produjo un hundimiento respecto a la continuidad de su tejido. Hubiera sido mejor rasgarlo con la uña del pulgar, hubiera sido menos agresivo y el resultado más favorable, pensó. Volvió a llevarse el dedo a la boca, dejando esta vez los incisivos más abiertos, y calculando con el tacto de su lengua la diagonal que haría falta para que el paso de la zona de piel intacta a la zona que había quedado en depresión fuera más suave, cuarenta y cinco grados exactos, pensó. Ajustó el dedo y mordió. Otro error, sólo había logrado ampliar la zona de depresión al terminar la operación, y el paso de la zona alta a la baja de su piel seguía siendo (o así lo consideró al mirarlo) demasiado burdo. Volvió al mismo procedimiento, esta vez concentrándose más en su lengua, y cortó de nuevo un poco más de piel. Al rechinar sus dientes para terminar de practicar el corte sintió algo en su lengua, un sabor conocido: sangre. Succionó la zona con su boca, siempre tanteando con la lengua la herida, pero no se cortó la pequeña hemorragia, y luego, dado el infructuoso primer intento, retiro el dedo índice de la boca y apretó la yema de su pulgar contra el mismo. Estuvo así unos segundos, mientras el pensamiento de que hubiera sido mejor estarse quieto atravesaba su mente. Desunió ambos dedos y el leve salir de sangre había cesado; ahora el problema era (no lo había previsto) que la yema de su pulgar derecho y los alrededores de la herida estaban manchados de sangre casi seca. Sacó la lengua húmeda y la pasó por el pulgar, limpiando la zona y sintiendo el sabor de la sangre. Procedió a hacer lo mismo con la herida pero ésta, a causa de la saliva, volvió a sangrar. Entonces apretó la yema del pulgar contra la herida, jurando que cuando cesara la sangre no volvería a humedecer (ni limpiar) con la lengua nada, que la dejaría así hasta que estuviera seguro que no iba a volver a brotar, y entonces sí limpiaría, pulgar y herida (con una precisión milimétrica por lo menos hasta la comisura de la misma), con un pañuelo ligeramente húmedo, o algo por el estilo.
Entonces se abrió la puerta de la casa y su mujer, desde allí, levantando la voz sin llegar a gritar, le dijo que habían acabado antes en el trabajo y que ya estaba en casa. Él arrugó el folio, lo tiró una papelera negra que había a la derecha de la mesa, y le dijo que tenía que salir un momento, que había pensado en dejarle una nota, pero que ya no hacía falta.

…más o menos nada…

He rumiado el cansancio
en silencio
de madrugada
camino a una casa
llena
de fantasmas:
Trazas de seres, que acaso,
alguna vez me quisieron:
que alguna vez yo quise…
Todos miran
al encender yo la luz – a la entrada -,
la tristeza que se dibuja en mi rostro.
¡Voy a soñar, y a olvidaros!
Pero sueño con ellos
y ellas; y tal vez,
al día siguiente – pensando yo en un “ya
ha pasado” – aún oigo sus voces
– demasiado vivas –
dentro de mí, a modo
de una conciencia, que de extraña
he hecho mía.
Más difuso cada día
quedo.
Intento construir un pacto,
una tregua,
con ellos, y
ellas; pero resulta
que incluso
– unas pocas veces, eso sí –
llegan a hablar por mi garganta.
Entonces salgo
de casa, con el sol ya fuera,
y no encuentro mi sombra
en el suelo, o en la pared,
– o donde corresponda -;
y caigo en la cuenta
que sólo soy el fantasma
de lo que queda:
más o menos nada.

Intentando aprender a escribir (2)

Cuál sería la probabilidad de que nuestros caminos hubieran convergido hasta llevarnos aquí, hasta este banco, tú y yo, viejos y cansados: juntos; se preguntaba mientras movía sus ojos dentro de su órbita, levantándolos, primero a derechas y luego a izquierdas, atrayendo una mixtura de memoria e imaginación a ese instante; buscando una respuesta. Lo poco que sabía de matemáticas inundó su cerebro levemente, le resultó familiar que en el denominador había que poner los casos posibles… su mente estuvo a punto de desbordarse, cuántos futuros me esperaban, cuántos cruces de caminos me hubieran llevado a uno u otro, cuántos desprecié sin siquiera mirar adónde podían llevarme, cuántos hice míos arrepintiéndome al segundo. Fue corto el itinerario trazado mentalmente; se deshizo de este pensamiento con un movimiento casi involuntario de su cuerpo buscando una postura más cómoda en el banco de madera desgastado, pintado de azul (muy cerca, en otro banco similar, sentadas a horcajadas había dos chicas de unos quince años: hasta que no me pida perdón de rodillas, nada…) El sol, en su cénit, brillaba y calentaba de un modo extraordinario para las fechas del año que corrían, lo cual no impidió que acomodara la bufanda más estrechamente a su cuello; un cuello pálido, casi verde, en el cada vena se distinguía (anda, no seas tonta, no se lo tengas en cuenta… ah, ¿sabes? el otro día, su amigo, el que siempre va con él… se me quedó mirando las tetas fijamente, sin importarle que yo me hubiera dado cuenta… ya ves, ¿te puedes creer que hasta me gustó que lo hiciera?)
Se escoró hacia un lado dejando la oquedad necesaria para que su mano derecha sacara un paquete de tabaco del bolsillo derecho del abrigo y, lentamente, extrajo un cigarro del mismo, llevándoselo a la boca todavía más pausadamente. Del mismo modo sacó su encendedor y prendió el cigarro. Expulsó el humo de la primera calada y quedó ensimismado viendo como prácticamente quedaba suspendido en el aire. No corría la más mínima brisa. Ni el tiempo. Para él se había estancado, la rutina de sus días, jubilado, sin obligaciones, solo en casa… inexorable pero muy lento, lentísimo … así corría. Cada día los mismos gestos, las mismas situaciones, las mismas conversaciones con vecinos y con los pocos amigos que le quedaban (la muerte había empezado su batida) y que rara vez estaban disponibles para una simple partida al dominó o una conversación medianamente interesante… y un momento todos días, cada día de los últimos años, donde le asaltaba el enigma de qué tendría que haber ocurrido para estar con ella, en ese instante, unas veces en el banco del parque, o sentada a la misma mesa que él, o haciendo la compra… y la cascada de bifurcaciones en el camino de la vida que lo llevaron hasta ahí, a estar sirviéndose la cena, después de volver del parque y haber caído, hacía rato, la tarde, solo en un día un poco más caluroso de la cuenta de su particular invierno.

Intentando aprender a escribir (1)

Ahí estaba él, detrás del cristal: el frío artificial conservaba su cuerpo. Dejé al azar que los familiares, por las horas que llevaban el velatorio o por el cansancio acumulado, se alejaran. Daba por seguro que me iba a guiñar un ojo y a echarse mano al paquete. Azar y segundos… pero no, estaba muerto. Muerto. En mi retina había quedado la impronta de su risa; el recuerdo de su cuerpo haciendo ademanes solemnes; su voz, dispuesta para la Historia… y al final, cuando no podía más, escapársele un bufido entre los labios que no era más que el no poder aguantar la primera carcajada que preludiaba la catarata infinita de las que seguían (¡Los huevos, los huevos me voy a poner serio, esta vida no se la merece!) Y el rostro de la persona que acababa de conocerlo y lo había encasillado en una categoría errónea. Categorías… je, je… para él había un estante aislado (por más que lo intento no logro ponerle al lado a nadie): un compartimento estanco. Con la solidez del granito, así lo recuerdo… y sobre todo eso; su sonrisa. Aquella vez que la amiga de la novia de un amigo (que la mayoría conoceríamos esa noche) llegó tarde a la cena, y él puso el tono todavía más pomposo, y se cargó de datos que nadie podía comprobar y que resultarían ser falsos (y nosotros asintiendo, siguiéndole el juego… qué andará pensando el cabrón), y de movimientos hechos sobre sí mismo en la silla: cómo se echaba hacia delante, y luego se repantigaba, y así, unas pocas veces que parecían demasiadas (porque nosotros sí esperábamos el desenlace). Y la pobre que se le quedó observando (él no paró de hablar, aunque sí la miró de reojo), desde muy cerca – el único asiento libre estaba a su lado -; supongo que la imagen de él entraba por sus ojos y por el nervio óptico atravesaba su cerebro y, una vez allí, pensaría sin tampoco detenerse mucho, a ver a qué clase de personas lo adscribía (a mí me pasa)… y entonces ¡zas!, le echó la mano al culo sin más, un poco amistosa e impersonalmente, la verdad… (ella quedó sin defensa posible, paralizada en cuerpo y alma), y le dijo, ¿a que te has quedado de piedra? Pues yo también. La próxima vez llega a tu hora, bonita, que somos tiempo y a mí el mío no me sobra. Y la cara de circunstancia de la pobre muchacha… igual que ahora la suya detrás del cristal, y es que me parece mentira verlo ahí tumbado, apagado para siempre, muerto. Muerto.

No sé cómo llamarte…

A A.J.G.G.

¿Sabes madre?
Todas las estrellas de la noche se me han clavado en el pecho.
¡Todas!
He sentido al despertar el dolor de todos los hombres
pero también la luz que lo contradice.
Todo estaba lleno de ojos; pupilas que apenas
se vislumbraban por entre los ciempiés de sus pestañas.
Y todos cantaban – diría que felices -, por lo bajo,
en la antesala del alba.
¿Sabes?, en el reino de los sueños
casi siempre se olvidan los rencores;
me dicen, casi todos, que alguna vez han sentido
la humedad de un beso.
Ahí, donde te digo,
no hay números; sólo luz:
una luz como buriles y gubias y cinceles
que talla el día siguiente; uniendo
pretérito y futuro – ¿sabes? no somos tan libres como quisiéramos,
aunque a veces las lágrimas brotan de ella: de la libertad, que te juro
que la he sentido sólo una vez en la vida, y salía de la boca del estómago -;
aunque casi todos nos quitamos ese sayo
sacudiéndolo nerviosamente al despertar
con la esperanza de que no vean nuestros sueños
colgados de los ojos
al salir a la calle
y cruzarnos con El Otro.
Ya ves, madre, en vez de decir, mi semejante: OtroQueTambiénSueña,
lo miramos, cuando ya ha pasado, por encima
del hombro
con una especie de vergüenza y el deseo de que no nos descubra.
Como si fuera una debilidad tener sueños… y utopías…
Como si no pudiéramos tragarnos todas las heladas estrellas de la noche
y escupirlas en forma de cálidas palabras cuando proceda.
Yo voy a comer más estrellas
y más utopías
y más estrellas
y más utopías
que la realidad ha estado a punto de petrificarme en el paisaje
– pudiendo haber quedado ciego, sordo, mudo -,
y la boca de mi estómago morirse
de pena.

A veces (sólo a veces)

Abro los ojos y sólo alcanzo a ver la puntera del zapato, el borde de la mesa donde estoy sentado, o cómo corren los adoquines por la acera. Cabizbajo. No tengo un porqué, pero la barbilla se siente atraída por el esternón, todo pasa, todo pesa. Entonces surge en mi cabeza una canción cualquiera: parece voluble y está a punto de dispersarse en mi mente antes de que reúna la consistencia necesaria para ser tarareada. Me concento y se hace carne. Chasqueo los dedos rítmicamente (procuro hacerlo con las dos manos al unísono, pero la derecha siempre se adelanta… bueno), contoneo el cuerpo, también al ritmo, con el único límite de la vergüenza justa si estoy en público, y muevo la cabeza de un lado para otro; con idéntico límite. Se me pone la sonrisa (leve) de gilipollas, de ido… pero empiezo a ver que algo cambia (surge el recuerdo de la consulta del psicólogo hace años, sí R. el pájaro no canta porque esté alegre, posiblemente esté alegre porque canta, no es mío, lo leí en un libro, todo está en los libros. Me lo apunto por si me hace falta para un próximo cliente. Hijoputa, ¿y me vas a cobrar la consulta?). Música, música por todas partes. Me gustaría en ese instante anterior al Instante oír de golpe todas las canciones que me han encandilado en la vida (a veces he ido pasando nerviosamente una tras otra con el mando a distancia del equipo de música hasta que he comprendido que era imposible oírlas todas al mismo tiempo). Entonces, la percepción me falla. Es sólo un momento, pero lo vivo como un segundo helado en mi pecho, detrás del esternón, un poco escorado a la izquierda (¿será en el corazón mismo?), que me da la impresión de ser eterno. En esa eternidad asciendo al cielo, siempre bailando al compás de la música con el único paso que me sale; y me siento ALaDerechaDelPadre. Lo miro, primero de reojo, y después directamente a los ojos, con la cara de un niño que hace algo malo (pero que sabe que no es nada malo), y le digo, anda, déjame un ratico ahí a mí, y me dice, coño Guillermo, si es que con esto del relativismo, la posmodernidad, toda esa hostia, ya no pinto ni la mitad de lo que pintaba. Anda, déjame un ratico. Y nunca sé si me ha dejado, porque el segundo se deshiela y vuelvo AlTiempoDeLosMortales. Y entonces sé que soy feliz (a veces), ya no porque sea feliz, sino porque yo solico conmigo solico, he levantado, sin más, la cabeza. Y el horizonte de la muerte ha tornado en vida. Y con eso me basta. Gracias mundo, con tus defectos y con los míos, gracias mundo.

Desierto.

Desierto
desierto salado como hálito de los muertos.
Con la esperanza tantas veces hundida – incluso
así – los hombres
alargan sus cuellos para estar más cerca de dios;
sus letanías se deshacen al contacto con el aire,
aúllan, escupen: veo
sus ojos rojos por la furia;
veo la ira en las venas que sobresalen en la piel
de sus miembros;
veo
las ansias de seguir viviendo
como sea
en sus inspiraciones – ahogando el ahogo del momento; del futuro: del tormento -.
Calor,
fervor de cuerpos
rebosando sus cuerpos;
llagas en la boca de invocar la humanidad
que perdieron
al ser náufragos en su memoria
invisible.
Buscando orígenes y sentidos
Buscando el auspicio en los ojos del semejante imperecedero…

…y dios en sus quehaceres vanos y terribles; inservibles…
…y el desierto
salado como hálito de los muertos.

He dado vueltas en círculo…

He dado vueltas en círculo;
intentando salir de él
ha colisionado mi rostro hasta extenuarse;
ha sido un largo camino:
había tiempo en los arcenes,
lágrimas debajo de la tierra,
rostros que me resultaban familiares,
infamias, infames;
luces y sombras que escoltaban el paso y el paisaje
– muchas veces desolado: triste -.

Todo para llegar al mismo sitio…

Se me ha llenado la vida
    de universos, éstos
        de futuros, éstos
            de posibles…

    y todo…

todo para llegar al mismo sitio…

Perdóneme la línea que trazaba la circunferencia que sufrió mis pasos
las verdades y mentiras que aparté con la puntera de mi zapato
los desprecios que hice a la memoria; un pasado
que se proyectaba hacia el futuro -por inercia-; y una suerte
de presente
que comenzaba y terminaba en señales –indescifrables -:
en gritos (contra mí mismo)

Todo para llegar al mismo sitio…
Todo para llegar al mismo sitio…

Llanto

– Qué, ¿cuánto hace que has llegado?

– Nada, déjalo, hace cinco minutos.

– Supongo que las manías de cada uno son las que son, y la tuya es llegar antes de la hora acordada.

– Prefiero esperar a hacer esperar. Además, no sabía dónde iba a aparcar y he tomado tiempo de sobra. Por cierto, muy bonito tu nuevo barrio, en las afueras sin estar demasiado lejos del centro, o por lo menos de los colegios, los comercios, supermercados… tranquilo. Me gusta.

>> Oye, una cosa; al minuto de llegar ese hombre del final de la barra ha entrado, no ha dicho palabra alguna, se ha sentado… parece extraño. Tiene la cara desencajada, parece un alma en pena.

– El pobre… qué lástima. Me contaron su historia. ¿Sabes? Fue uno de los primeros vecinos de este barrio, cuando aún no había adosados ni nada de nada. Su casa está un poco más lejos; al terminar la última calle todavía hay que continuar unas decenas de metros por un camino de tierra. Se tuvo que mudar hace ya años.

>> Hace diecisiete años tuvo un hijo. Nació y se puso a llorar. Todo normal ¿no? Pues no. Nunca dejó de llorar. Días después de su alumbramiento le hicieron pruebas y más pruebas; nada, no sacaron nada. Era normal, todos sus órganos normales… pero no paraba de llorar. Sólo cuando dormía. Y cada vez que despertaba lloraba de nuevo.

>> Ese hombre lo ha pasado realmente mal. Y su mujer también. Viene un par de veces a la semana, le ponen un gin tonic y lo deja ahí, sobre la barra. Al final los hielos se derriten y se va, sin probar un solo trago.

>> Según me contaron al llegar al barrio, su hijo no sabe hablar, ni andar… nada. Pasa el día de la cama a un sillón especial (tienen que atarlo para que no se caiga hacia delante), y vuelta a la cama. Ya son diecisiete años llorando. Piénsalo, siempre llorando. Nunca mostró atención por nada, lógicamente; jamás pronunció “mamá” o “papá”. Se alimenta con una sonda, tienen que cambiarle los pañales y bañarlo como si fuera un crío pequeño. Siempre acaba durmiéndose, como si ya no pudiera llorar más, pero al despertar, lo mismo… un día, otro día…

>> Ha estado hospitalizado varias veces a punto de morir. La madre tuvo que dejar su trabajo; el padre, por suerte, trabaja en la empresa de un amigo, de un buen amigo según me dijeron; así que puede faltar cuando no puede más, y no le tienen muy en cuenta su rendimiento.

>> Cuentan que un día, el perro que tenían cuando el niño era aún muy pequeño, fue a ladrar, o sea, que hizo todos los ademanes y movimientos que hacen los perros en tales casos, pero que no salió ladrido alguno de su cuerpo. Otro día la radio no funcionaba, y la televisión tampoco. Sin embargo el padre acercó el oído al altavoz y oyó una especie de murmullo. Probó con unos auriculares y sí se oía. Era como si todos los sonidos de su casa hubieran cesado, como si se hubieran replegado sobre ellos mismos, como si hubieran cedido su espacio al llanto. Por aquel entonces él y su mujer hacía tiempo que no se hablaban. Una vida así agrieta el alma de cualquiera, pienso yo.

El hombre del final de la barra terminó de verter el refresco en el tubo de cristal hasta que el líquido alcanzó prácticamente el borde. Entonces empujó con la punta del dedo índice de la mano izquierda los cubitos hasta el fondo. Después pasó la yema de su dedo índice derecho alrededor del borde del cristal dibujando círculos, sintiendo cómo las burbujas que salpicaban explotaban en el aire, humedeciendo la piel de dicho dedo.

– Otra cosa; hace tiempo vivía aquí un viejecito, decía, siendo aún muy pequeño el niño, que lo había puesto Dios en el mundo para que nos recordara las injusticias; o que, quizás, fuera para que supiéramos que el mundo había muerto. Así – decía -, un día cesarán todos los sonidos y sólo quedará el llanto de los inocentes, del que éste es sólo una avanzadilla… Quizás el viejo fuera un pobre loco… no lo sé.

Nocturno.

En las altas fronteras del ocaso,
en la arista de la vigilia del mundo,
donde la caprichosa luz del día
se desangra
y las bestias gimen su desgracia
– o su alegría –;
está el tiempo aferrándose
a la crestería de la silueta de tu cuerpo
plácidamente desnudo.

Recuerdo
el noctambulismo de luna,
la presteza
de la oscuridad más clara,
los ojos que miran la tierra
– quizás un cielo lleno de pupilas -;
el oráculo del corazón
divagando en sí o en no
sobre los hombros de los hombres;
y la cercanía: la fraternidad
más bien
de los labios
hablando del pasado más real
y el futuro más posible…
todo franqueza: la misma
con que la muerte trata a sus hijos.

Párvulos.

– Todo debe ser intercambiable; nada imprescindible. Mi madre ha mandado a paseo a mi padre, creo que está viviendo ahora entre la casa del campo y la de su hermana. Me lo imagino triste, recapacitando por qué se ha ido todo a la mierda. ¿Sabes Miguelito? Mamá lo ha sustituido por un tío con pelo largo, un poco más joven que ella. Se pasa la mitad del día bebiendo latas de cerveza y la otra mitad en el balcón fumando. Mi madre le ha dicho que no quiere la casa llena de humo, que a ella no le molesta especialmente, pero que quiere proteger mis pulmoncitos. Ya ves el tío cabrón, cuando lleva unas cuantas cervezas se dirige a mí, metiéndose la mano por el pantalón, no sé si será para arrascarse o para recolocarse el paquete; y luego me toca la frente. Casi emocionado, como si quisiera reprimir las lágrimas, me dice, te voy a querer como si fueras hijo mío. Ya ves, todo intercambiable.
– Joder Fernandito, debes pasarlo mal. Ya sabes, los caminos del alcohol son inescrutables. Luisita me contó algo parecido; su padre no paraba de bromear con que un día se iba a ir con una más joven y de la noche a la mañana hizo tabla rasa con su vida. Ahora ni se molesta en saber de ella…
– En otro orden de cosas, como dicen los puestos en oratoria, está buena la seño, ¿no?
– Y que lo digas, no me puedo quitar sus tetas de la cabeza. Cuando viene y se agacha, o cuando me apretuja contra ellas… Joder.
– ¿Por qué será esto así? ¿Por qué nos daremos cuenta de todo como adultos y de golpe, en unos meses volvemos a ser niños sin puñetera idea de la vida? Mira mi hermano que como sabes es sólo un año mayor que yo… Aún recuerdo nuestra última noche de compartir esta clase de conciencia: Nos reímos de mi tío Juan a más no poder con lo de comprar acciones de la CAM, de cómo le decía a mi padre que se animara, que eso no era nada arriesgado. A la mañana siguiente, mi hermano se despertó y era un chiquillo inocente sin memoria de su primera etapa. Cómo me jodió aquello. Yo, que no sabía que le había llegado la hora – recuerdo que era sábado -; al despertarnos le dije, con un grado de ironía supina, sin que mi madre nos oyera, nada, que hubiera invertido en Nueva Rumasa… y se quedó alelado, como si no hablara mi idioma.
– Ya te digo, yo a veces pienso que es el desencanto que acumulamos en tan poco tiempo lo que hace que nuestra mente se ponga a cero.
– La siguiente redención debe ser la muerte, ¿no?
– Supongo, pero para eso aún queda mucho… Mira a la seño… y disfruta.

Esta luz

Esta luz que me atormenta
y quema;
esta luz ciega…
Bajo sus sombras alzaré los brazos,
pediré – clamor de nervios en alto –
el bálsamo de tus labios a la tarde
herida de muerte
– herida de lluvia, herida de flores,
herida de mayo, de sol… de pesares –.
Llegaré hasta tu rostro arrancando girones
al aire.
Llegaré hasta el cáliz de tu boca
mientras el ocaso traga horizontes
mientras las nubes se alejan
– lentas, informes -;
    mientras renace la noche…
        con sus garras de amante;
            con sus exiguos luceros
                y nobles razones.

Sienes…

Me llevas
– el sol ilumina el camino –
por los senderos inhóspitos de la memoria.
Me fundo con las grietas de la tierra
cuando mi semblante se desvanece
al verte
al oírte
al olerte.

Hay algo sagrado debajo
de la corteza árida del orbe:
una suerte de humedad cautiva,
una bifurcación, en donde
lo que soy
y lo que puede ser
convergen
en un punto imaginario, tembloroso,
que recojo con mis manos huecas: mudas
de gritarme.

Como un solsticio que se posa en mi pecho
inaugurando el nuevo día; no hay
pasado que pese, ni
horas que pasen
sin sentido.
Todo tiene su mensaje;
la palabra, a su sustancia adherida,
es música,
un todo etéreo, zigzagueante,
ante la mirada
atónita al pensarte; hay más:
hay sombras festivas
labios en sangre
pies desnudos andando
hacia la tarde…

Calzadas, caminos,
veredas, senderos,
por las que caminan lo que pudieron ser
y no fueron
mi amor, mis amigos,
todo lo que conozco;
y una danza de manos huecas recogiendo su otra vida:
la que no vivieron…

Y unas lucecitas, como luciérnagas,
como mariposas en llamas,
que tornan y retornan
– con el inocente vuelo del sosiego de las mieles –,
al silencio, al comienzo,
al pensamiento primero…
al cósmico latir de la sangre en las sienes.

La ciudad duerme…

I

Es de noche, están
las estrellas que robaron la luz del día
en la soledad más púrpura.
Hay mandíbulas desencajadas lacerando el aire
con sucedáneos de palabras.

Hay termitas royendo, pensativas, mi cama.
El cielo adiestra las sombras
que lanzará desde sus minas, desde
las atalayas
de cometas pasajeros, desde
manantiales de ceniza,
hasta cubrir de cinc a sus criaturas.

Las iglesias, vacías;
sus cirios, apagados;
y deambulan lo que queda de los muertos
por los camposantos:
lentos, sucios, ateridos,
con llagas en las manos; y
una hendidura en los labios
donde la guadaña tejió el silencio.

Es el miedo a la noche
es el miedo a la muerte…
es el miedo.

II

Me despertó la madrugada
con un fuego de magnesio herido
con una voz colgada del cielo
con una serpiente enroscada en el tiempo.

La madrugada, llega de árboles,
y un viento gris lastimando
sus ramas:
una impronta de sueño en la roca
la humedad en los dedos de la nada.

Me despertó la madrugada
con su zarpa de acero callado
desgajando cuerpos y segundos.
Almas quietas, pesadas, cobrizas,
como el polvo – promesa de olvido –
sobre el cadáver del mundo.

Las estrellas se apagaron
al rugir la madrugada:
la monstruosa noche con granito ahogado,
el grito ahogado ahogando la claridad
que aún quedaba;
y la música – de cuerdas con llagas,
de viento magullado – que se perdía
por entre los muertos;
y el ladrido de un perro
– la angustia de sus colmillos amarillos -,
brotaba, a lo lejos, presa
de noche, de ingrávida noche;
de muerte, de telúrica muerte;
de niños con los ojos vacíos:
de miedo.

Camarada…

Yo he de volver a las trincheras,
a esos surcos en la tierra hechos del orgullo
humano,
a rescatarte del olvido;
porque de nombrarte mis uñas están ensangrentadas
y el sol, con sus ráfagas de frío,
ha secado el sudor de mi paciencia.
Intento situarte donde te mereces,
no puedo saber si tu entierro
estuvo a tu altura…
(alguien me dijo… bueno, alguien me dijo…)

Dicen que el mundo
se ha vuelto gris; yo
no me canso, de poner mi voz
al servicio de la ironía; de quitarle
hierro al asunto y al mundo
para que nada me haga daño.
Y sin embrago, si no gris,
al menos algo deslucido, veo
cada amanecer de camino al trabajo.

Y me armo de oficio y de sonrisas;
mas, a veces, lloro por dentro.

Algún día me acompañarás en la jornada
en vez de quedarte en el espejo
como cada mañana; camarada.

Las bocinas de los coches…

Las bocinas de los coches
quebraron el silencio muy de mañana:
la luz de las farolas, a punto
de extinguirse, se entremezclaba
con la claridad del recién estrenado día.

A aquello lo llamaban escapada,
a ir reloj en mano
visitando la ciudad, sus plazas,
sus barrios,
como si fuera un trabajo – arduo –
ser simplemente turista.
Como si fuera una falta
– imperdonable –
no ver en un fin de semana
todos los rincones y sus misterios.

Al coger el coche para la vuelta
– sin haberlo visto todo, claro,
pero con el cuerpo del otro
en la memoria de los labios del uno -,
casi anochecía.

Las farolas, encendiéndose;
su luz se entremezclaba
con los últimos vestigios
de los rayos de sol renuentes
a poner fin a su existencia,
pero que como un niño obediente
caminaban – cabizbajas – a su cuarto.
Esas farolas – las recuerdo un poco sucias,
con manchas de la última lluvia –,
velarían la noche
en que algunos hacen memoria con los labios.

Titulares.

Recuerdo el indeciso verano
que llenaban de pasos errantes
las sombras de los árboles
a ambos lados de la calle.
La fotografía que vigilaba
expectante
la sobremesa de café,
y el humo llenando la estancia.
Las promesas del nuevo día
que el periódico, muy de mañana,
hería de muerte.
Y es que
nada pasa hasta que alguien
lee la noticia.
Debe ser que la desdicha
no es tal
sin unos ojos con los que ensañarse.
Cayó el otoño:
las aceras, bajo un manto de hojas;
las mañanas se vistieron de chaquetas finas
azules, rojas, verdes;
y del quiosco, como el agua
que rebosa del vaso,
seguían brotando titulares
con letras negras del color de la muerte.

vaivén de silencios…

Sigo quieta en la plaza
la noche se apaga
el vaivén de silencios apenas
mueve la silueta de los árboles
ni un leve crujir de sus ramas cansadas
ni la savia corriendo por su cuerpo.

Mantengo el rumbo hacia la nada:
quieta.
La mirada clavada en el centro de la noche:
quieta.

En la noche de alguien
se estará desplomando algún sueño;
será un estrépito mudo cuando choque con el suelo.
Quebrará en fragmentos grises de polvo callado
en músicas ahogadas en la faz de la luna
en visiones que se persiguen
hasta dar con mi rostro.

Siempre así, siempre quieta,
recogiendo los sueños que gotean por las ventanas
entreabiertas
de la gente.

Al día siguiente
pasáis por mi lado con prisa de camino al trabajo
y algo os empuja a mirarme a los ojos.
Cuánto tiempo llevará aquí esta estatua, pensáis.
Y yo quieta
implorándole al cielo
que un día la sangre acuda a mi boca
para poder deciros
que los anhelos que perdisteis por el paso de los días iguales
están a buen recaudo.

El despertador suena

Los hombres duermen,
las estrellas azules
velan sus sueños. El dolor
acumulado del día
se desdibuja o desvanece
al borde de almohadas blancas
o en mesitas de noche
junto a un vaso de agua mediado.

Ellos, con sus pijamas verdes
de siempre – casi infantiles –,
buscan maquinalmente un postura
más cómoda
cuando algún miembro de su cuerpo
empieza a entumecerse.

A las siete
el despertador suena
y el dolor acude al centro de sus pechos.

La voz quebrada.

Me rodean los brazos de esta tarde
con suaves guantes de lana dorada
oigo los orfeones de los rayos de sol
con sus reminiscencias de luna: ceniza
y grana.

Este día
esta luz
esta atalaya
de mis horas;
vuelvo la vista:
de granito veo mi cuerpo.
Miro hacia delante:
roja lava.

Miro a mi diestra con ojos siniestros,
                con ojos amarillos; hay otros, la tarde
                se espesa. Somos cientos flotando en el aire.

Hoy callo: rumio el silencio bajando
la vista – ¿Quién sabe? -.
¿Estaré naciendo de nuevo, madre?

Me sirvo
de estos versos
para descubrir el mundo:
misterioso, palpitante…

Nazco de nuevo; nazco, a cada paso nazco…
– Creo en las palabras, en el parir
de los ecos: preludio de voces -.

También está cansado mi verso
y sin embargo
renace.

¿Se convertirá mi voz quebrada
en timbales: un grito
desde el centro del páramo
hacia afuera: minando la tarde ?

¿En timbales…?
¿En timbales…?

¡En timbales!

La humedad, certera. Las palabras
                se ahogan: como un ojo cerrado,
                   como un labio cerrado: un beso machito.
                              Somos cientos galopando en la espuma.

¡Hacia Ti tiendo;
te busco; atropello
los pasos; alcanzo
mi sombra; muerdo
el aire!
A cada golpe de ira
a cada paso: ¿callo o grito?
¿Silencio o timbales?
Hablo conmigo con los tímpanos rotos
de miedo; con los ojos ya huecos
de lágrimas; con mis manos gastadas
de vértigo. Y callas – o callo,
quién sabe -.

Me miran los que pasan,
por el paseo que hay junto al río,
buscándote.

Y callas – o callo,
quién sabe -.

Somos cientos casi hundidos
                en el agua, ya no sabemos,
                a ciencia cierta, si algo nos arrastra;
                los cabellos se enredan uniendo
                una figura a otra figura, un cadáver
                a otro cadáver. El hedor
                debe ser insoportable. El mar espera
                – o el olvido, quién sabe -:
                Cuando llegue será tarde.
                Cuando lleguemos será tarde.
                Cuando hables

                      será tarde.

Es la hora más antigua…

Es la hora más antigua:
la noche esculpida en lápidas indiferentes,
variaciones de hechos en el éter confuso,
danza de sonidos, de fechas y de olores
familiarmente dispuestos

como siempre
    como siempre.

(¿Qué asombro arrancarle a la nada?)

¿Quién
quién acusa a su propia desgana?
¿Quién
quién busca en sus adentros el responsable?

¿De qué herida
    que creímos cosida
    – cerrada –
se escapa un haz de sombra funesto
    -por suerte leve –
anegando la madrugada?

¿Qué manos – cómplices –
acuden a cerrarla?

Las de siempre
    las de siempre.

Tinta.

Marcaba la página de un libro
con otro, y éste
con otro más pequeño;
éste con uno diminuto,
y éste,
con la lágrima que caía por su rostro
por los ojos cansados.

La tinta, casi corrida,
era el principio, a la mañana siguiente,
para seguir buscando una verdad
que los sueños le negaban.

Charcos.

Sin brújula ni sextante;
sólo pasión y flaqueza.

Con la comisura de los labios reseca
de hablar solo por las calles,
de pisar rostros de esperanzas que
se dibujaban en los charcos,
la noche ciega de estrellas
las estrellas heridas de asco;
y ella, ella, ella…

Sus ojos abisales de un negro profundo
e inconsciente – qué miran, qué fortaleza
remueven, qué sangre
han crispado -.

Su cabello del color del tabaco, y ese
mechón que cae sobre su frente
esbozando
las zonas erógenas de la luna: su
cara oscura – aferrarse
a su espalda sin ver su rostro -:
cráteres de olvido.

Mueve sus caderas al son
de la lengua bífida de serpiente
que nunca
logró arrancar de su costado.

Y su afilada guadaña
y su arista reluciente:
Una cana al aire….
Ya inventará mil excusas
cuando le pidan explicaciones.

Presentación de un amor.

Indómita, bravía la sombra del tiempo;
el telón cae, y en la caída, en el último segundo,
el que parece que da sentido a todo,
– el luminoso tejer de la corona del espacio -,
queda atrapado en la tela de araña de tus manos bohemias.
Musita la palabra última y certera
cual música susurrada por la boca de los ciegos,
que de no ver, todo nombran en su esencia,
sin infamias de formas y colores,
sin trazos, sin contornos; sólo el tacto de sus manos
que ahora se hace palabra…
y haces eternos los amores y sus causas,
celeste el cielo, hondo el abismo en que sucumbe
el viento que nace del iris de tu calma…
y todo cesa, y la muerte no es tanta,
y cae la noche, y la sombra del tiempo
se oculta – indecisa, vacilante –
por si no cuentas con ella
mañana.

Una noticia embarazosa.

Sonó el radio despertador.

La voz que emanaba de la emisora de costumbre era hueca y confusa, o así la percibía. Fernando abrió el ojo izquierdo, luego el derecho, y luego la boca para emitir un sonido gutural que delataba que no había descansado. Aguzó el oído cuando la locutora procedió a enumerar la combinación de números ganadores de la Lotería de los Calvos del día siguiente. Sólo tenía que esperar un día, había pillado un pellizco.

Sin embargo lo embargó el pesar de una cuenta pendiente sin resolver, tenía que hablar con ella. Mierda, pensó.

Descalzo fue al baño. Hoy no me ducho, no me gusta echar mal olor; se limitó, a su pesar a situarse encorvado en el lavabo. Un chorro de agua del desagüe brotó, mojó su cara y, formando remolinos concéntricos justo al lado de sus ojeras, se encaminó hacia el grifo donde fue a desaparecer. Llegó a su cuarto, abrió el cajón de la ropa interior. Un par de calcetines verdes correctamente ovillados de desenmarañaron situándose uno al lado de otro, y, con el correspondiente balanceo de caderas – como un dúo perfecto de bailarinas de cabaret – le dijeron, Fernando, ponnos a nosotros, recuerda, unos calcetines verdes son los mejores para dar una mala noticia. Quiso mirar a otro lado, eludir la responsabilidad, quitar de en medio de su vida eso… pero sólo halló una pared que, al derribarse, mostraba un bosque de árboles invertidos con hojas verdes con forma de calcetín que, de dos en dos, le decían, ponnos a nosotros, es lo mejor para dar una mala noticia.

Bajó a la calle, con el par de calcetines verdes, los cuales evocaban episodios juveniles en un campamento de verano de un país que absorbió el olvido. Arqueó la ceja derecha y un taxi lo paró.

De camino al trabajo, en el taxi, no pudo escabullirse del pensamiento que lo envolvía. Quiso mirar hacia otro lado y probó a guiar sus pupilas hacia arriba, hacia arriba… con tal mala suerte que no midió su fuerza y quedaron fijadas hacia el cerebro, donde, ahora sí, el pensamiento parecía más nítido. Por suerte un golpe de tos volvió todo a su origen.

Subió a su despacho, saludó como siempre a todos los compañeros y clavó la mirada en ella, coraje, se dijo, coraje.

– Mira X., tengo que hablar contigo.
– Habla.
– No, aquí no.

Un zumbido en el centro justo de la cabeza, la boca seca, la frente con el sudor frío: el puzle de nerviosismo que sostenía su ser.

Al final la coyuntura de tiempos y espacios que sus colegas ocupaban los situaron en la ocasión perfecta para la confesión.

– X., no sé cómo decírtelo, dijo balbuceando (de hecho, mezcló silencio incómodo y una leve partícula de saliva que involuntariamente fue catapultada su boca en la pronunciación de  la “te” de “decír-TE-lo” y que vino a posarse en la solapa de ella. Ni se dieron cuenta); y por fin lo dijo: ¿Recuerdas X., hace dos meses, el día que fuimos a cenar al salir del trabajo, y que acabó en mi piso… ya sabes? Pues me he quedado embarazado.

Aquí acabó el sueño… más bien la pesadilla.

Tras lo confuso del despertar respiró profundamente y se sonrió. Le quedaba media hora hasta que sonara el radio despertador. La vivió como un regalo, arrebujándose entre sábanas y cubierta desordenadas por los movimientos pesarosos de la noche que acababa.

Fernando se dirigió a la ducha y en ese preciso instante sonó su móvil. Vio en la pantalla en contacto y dijo:

– Dime X. qué temprano para llamar ¿no?
– Sí, es importante, tenemos que hablar, y pronto.

Labios.

El recato del otoño homicida:
hojas que crujen – nervaduras
rotas – debajo
del peso de las sombras
(hasta donde la memoria llega
ese rumor es presagio de muerte).

Un beso, llamarada de leves notas,
hacia la piel extinta, se pliega,
como la zarpa hambrienta de la bestia:
un sollozo en la garganta.
Se hace tarde, la dicha no espera,
la luz se ahoga en heridas indolentes.

Y sin embargo, tus labios
siguen siendo la medida de mi cuerpo:
un lento avanzar de aguas
hacia la estepa deshabitada;
un lento rugir de fauces vanas
hacia la noche incandescente.

Ojos.

No te lo pude decir con la mirada
pese a que mis ojos se clavaban en tu rostro:
Siempre andando a ciegas por el universo de mi ombligo.

Quizás el río en que fluía
la luz violácea de la tarde
– en sus oscuros meandros, en sus cenagales invisibles –
no fuera más que un tiempo lleno de vivencias desdeñables.
Triviales paisajes tatuados por el viento
en la piel de la costumbre – fuego sobre fuego -.
Quizás la palabra cayera por su peso
en la tierra agrietada, bajo la el mármol de un eco entumecido.

Busqué en las voces de otros:
en sus metáforas, en sus símbolos,
en sus símiles… en el cielo de sus fauces
– por si algo quedaba reservado al misterio -;
cómo decírtelo;
sólo quedó la silueta de un hombre
renco, arqueado hacia el lado,
acercándose a Dios con el oído más próximo
al suelo – quién sabe
qué futuros -; y
una página en blanco llena de vacíos:
de posibles, de anhelos, de miedos.

Hay diminutos seres sin materia ni conciencia
en torreones de granito: neblina de memorias,
preludio de cuerpos
desnudos; tierra prometida, frenesí de corales
espectrales, regocijo de músicas
venideras:

Páginas en blanco virginales e inexploradas
para que las anegues con torrentes
de tinta, de luna:
y de sueños.

Una siesta de septiembre.

El pasillo en que el acontecimiento se desarrolla es desahogado, suficientemente espacioso; la luz, aunque tenue, me permite observarlo todo, no hay zonas en penumbra; lo capto todo perfectamente, al modo de una cámara de seguridad instalada en el techo, con una cierta inclinación respecto a la horizontalidad del mismo. ¿Quién eres tú, qué recuerdo o futuro evocas, qué imponderable, de quién? Te veo desde el momento justo y no tengo sino que imaginar qué te ha llevado allí, porque eso no lo he contemplado, pero se me aparece como claro y evidente al despertar. Forma parte de la narración, lo sé, estoy seguro. Todo comienza en el giro. Levantas el talón de tu pie izquierdo, dejando sólo la parte delantera, de una suerte de madera pisando el firme reluciente; y con el derecho te impulsas, haciendo, como digo, un viraje de ciento ochenta grados sobre el eje imaginario que atraviesa tu cuerpo, de arriba hacia abajo; volviendo por donde creo que viniste; y ahí queda él, el otro, con el encendedor asido por su mano derecha, con su pulgar que acaba de activar el mecanismo de la llama, y su brazo formando un ángulo de noventa grados con respecto al resto del cuerpo. Su rostro empieza a curvarse, se dibuja en él una sonrisa torcida, aviesa… ¡si has sido tú quien le pidió fuego! Cómo lo dejas así, sin hacerle caso… Cómo actúa la vergüenza, qué pudores nos inculcaron de niños. Es el otro el que lo pasa mal, puedo leerlo en su estampa; la que dice, que no me haya visto nadie… mientras tú, personaje principal de este sueño, te alejas, con garbo, con una desenvoltura que presagia que vas de eso, de soberbio, de altanero; alguien, que estando por encima del bien y mal, mira la vida y la muerte con unos ojos nuevos… La escena me hace tanta gracia, es tal lo vívido, lo real, lo elocuente de este sueño, que despierto de él entre sonrisas, con una hilaridad desproporcionada, de una siesta que recordaré siempre.

Nubes.

Ahí está:
en el cielo, atrapada
en la tarde, inaugurando
abismos, postergando
humedades o promesas de humedades
a estas tierras endurecidas y cansadas
tras el paso del verano.
Plomiza y fatigada, y a aun así
inextinguible modelo de decoro…
Sus accidentes, la inclinación
con que la luz recibe,
su textura…
hacen que no aparente otra cosa:
una nube, diría
cualquiera; y sin embargo
es palabra, respira
y piensa
en el ritmo que imprimirá
a sus granos, a sus cristales
trasparentes
antes de lanzarlos contra el mundo
y despertar
ese olor a mojado de las cosas
con que, sin saberlo,
crecimos.

Otros relatos breves del tiempo primero.

Cuando una puerta se cierra…

Clac, cerró la puerta y se le cayó el cielo encima. Se había dejado las llaves dentro. Era viernes y, como casi todos menos cuando no tenía guardia, se iba a pasar el fin de semana a su pueblo, a casa de sus padres.

Se lo pasó relativamente bien, aunque por la noche de ese viernes no salió, excusándose con que estaba cansada. El sábado aprovechó el tiempo, tanto en tareas domésticas, como al poner al día unos apuntes del trabajo, y, respecto al ocio, lo disfrutó, mucho. El domingo fue otra historia.

Cien evasivas le hicieron falta para hacerle creer a su familia de que el lunes no trabajaba. El martes igual; el miércoles la llamaron del trabajo. Chica, qué te pasa, debías haber entrado a trabajar el lunes y no sabemos nada de ti, le dijo el responsable de personal del hospital. Ella, como quien enuncia que dos y dos son cuatro, le dijo que el viernes se había dejado las llaves del piso de alquiler en donde vivía durante la semana dentro y que no podía ir a trabajar sin tener dónde quedarse. Que mientras que tuviera turno de mañana podía utilizar el transporte público y volver a casa de los padres, pero que con el resto de horarios tan arduos necesitaba un alojamiento, y que como no podía acceder a su vivienda, pues eso, que aún no había encontrado la manera de casar su obligación profesional con la necesidad de tener un hogar. Oye, dijo el interlocutor, pues llamas a una cerrajería, te abren la puerta, te cambian la cerradura y ya está. Ella se negó en rotundo. Me niego en rotundo, dijo, no está bien ir forzando cerraduras. Damos por sentada nuestra libertad y nuestro derecho a la propiedad, y no veo bien servir de ejemplo a nadie forzando una cerradura. No puede ser. La sociedad que conocemos se desmoronaría si todo el mundo actuara así, dando ese ejemplo. Imposible. El interlocutor le dio un ultimátum, tenía que ir a trabajar. Pues no, dijo ella, si hace falta ahora mismo renuncio a mi puesto.

Escribió su escrito de renuncia, lo copió en un pendrive y se fue a la papelería de la esquina a que se lo imprimieran, firmarlo y mandarlo por fax al departamento de personal. De paso le dijo que imprimiera también una copia que llevaba en ese mismo dispositivo de su currículum. Desde ahí se fue a dos grandes supermercados que había cerca en busca de un trabajo.

El día siguiente, jueves, se sentó a la mesa, verduras a la plancha y un par de filetes. Su padre le pidió explicaciones por aquella extraña semana, ella jugueteaba con su filete, lo dejó de súbito, se levantó ágilmente cogiendo la cabellera del progenitor con una mano, poniendo el cuchillo, asido con la otra, manchado de cerdo, en su cuello. Si se vuelve a hablar en esta casa de algo relacionado con lo que ya sabéis, os mato. Se volvió a sentar, siguió cortando el filete y, de golpe, una risa de perturbada asomó a su rostro, dirigiendo la mirada hacia su madre y diciéndole, con voz gutural, ¿has visto lo que ha hecho la cochina de tu hija?, frase que recordaba recurrentemente de la película El Exorcista, pero que en la vida había tenido la ocasión de mencionar en una situación tan hecha a medida como ésta. Nunca más se habló de ello, todos continuaron como si nada hubiera pasado, como si todo fuera así desde siempre y para siempre.

Por la tarde recibió la llamada de uno de los supermercados, la contratación era inminente, en principio porque se acercaba la temporada estival y había que cubrir las vacaciones de los empleados fijos. El lunes siguiente empezó a trabajar, y, por lo menos conscientemente, no echó de menos la medicina ni nada parecido, andaba reponiendo pan de molde, refrescos, y demás objetos dispuestos para su venta, felizmente, como si la realidad fuera un colchón mullido sobre el que caer. Y caía con gracia.

En ese período de tiempo continuó pagando el alquiler del piso de la capital de provincia, así como el mínimo del agua, luz… Pero algo en su interior le decía que esa no era la postura correcta. Se empezó a notar porque cuando salía del trabajo, unas veces con un compañero, otras con otra, iba al bar de la esquina al terminar la jornada laboral a tomar unas cervezas. Sin saberlo, empezó a tomarle el gusto a ese aturdimiento, el fuego que acudía a sus mejillas, el olvidarse de su pasado de un modo tan simple.

Del mismo modo, empezó a salir todos los fines de semana y a beber con el único límite que el presupuesto mensual le ponía, gastos de alquiler de un piso que no usaba, luz… Por ello, porque el dinero no era infinito, muchas veces salía y bebía algo, rematando la faena al llegar a su habitación, en soledad y silencio; ginebra a palo seco, sin hielo siquiera, maldiciendo al inventor del dosificador. Pronto conoció las drogas, en todas sus vertientes, en una escalada peligrosa. Luego bajas laborales, especialistas en deshabituación, y, finalmente, una granja para toxicómanos, donde, una tarde soleada, mientras que ataba en alto una tomatera para que sus tomates no rozaran el suelo, se dijo, cuando una puerta se cierra, ninguna se abre. Ninguna. Nunca.

Un pase demasiado largo…

Este señor mayor iba por un parque, con árboles más o menos altos, y la vegetación más o menos cuidada. En él había un pequeño campo de fútbol en el que jugaban unos niños que rondarían los seis o siete años. Uno de ellos le pasó el balón a otro, y, aunque el pase era demasiado largo, desmedido, un rival tocó con la punta de su deportivo el balón, haciendo, ahora sí, imposible el control, y saliendo, el mismo, por la línea de banda. El señor, con demasiada ropa para esta época del año, se agachó y recogió el balón, ofreciéndoselo al niño, y, mientras hacía el gesto de dárselo, le preguntó, por decir algo, en qué posición le gustaba más jugar.

El niño respondió que más que buscar una posición en el terreno de juego, estaba buscando su posición en el mundo, en el Universo en definitiva, y que había observado que la vida de los hombres es, al fin y al cabo, la vida en convivencia, y que en ello tenían que decir mucho las diversas teorías políticas que se habían ido desarrollando a lo largo de la Historia. Yo, prosiguió el niño, me inclino por que la teoría marxista tiene que decir mucho todavía; ya sabe, aquélla que estuvo influenciada por el principio utilitarista de la felicidad del mayor número que ofreció la Revolución Francesa, y la Revolución Industrial, que convirtió al hombre económico en lo más respetable de la sociedad, lo que llevó al espíritu reivindicativo de las masas; ésa cuyos antecedentes son las teorías de Babeuf, Blanc, seguidas de posturas más radicales como las de Proudhon, que a su vez influyeron en otros revolucionarios como Bakunin, pero que al final el que puso el punto sobre la i fue Marx, con su pretensión de hacer del socialismo una ciencia. Él fue, en definitiva, el que aportó a la ideología socialista una filosofía, el materialismo dialéctico; una sociología, el materialismo histórico; y un proyecto político revolucionario. Y soy de la opinión de que, pese aparentar su desaparición, quedando sólo unos reductos que se dicen comunistas en todo el orbe, aún tiene mucho que decir, porque de lo contrario este neoliberalismo salvaje, en el que todos tienen derecho a todo, nos llevará a la hecatombe. Sin embargo creo que de nada sirve que esos poderes invisibles se puedan asentar en otros lugares donde no se les ponga trabas. Por ello todo esto se debería perfeccionar con la idea kantiana de una ciudadanía universal, aunque haya que llegar a ella con una especie de revolución permanente. Pero sí, en el campo de fútbol me encuentro bien en el puesto de interior izquierdo.

El otro niño, que le había dado el pase, tras una clara intención de jugar sin balón adentrándose entre dos contrincantes, y no habiéndose reanudado el juego, se dirigió al de la banda prácticamente gritándole, hijoputa, ¿vas a sacar o qué?

El señor mayor, continuó paseando, en silencio, diciéndose a sí mismo que en la vida volvería a preguntarle nada a un niño de seis años, se quedaría, sentenció interiormente, en la comodidad de lo ya sabido, en sus días iguales.

Era mayo, última hora de la tarde, y declinaban los segundos como declinaba el último Sol, y anduvo, deshaciéndose de sus pasos y su sombra; pasos que lo llevarían a casa, a, un rato después, buscar la cena, como se dice en mi pueblo.

El entierro…

La tarde empezó mal: no pensaba quedarme durmiendo y, por ello, no puse ninguna alarma en el móvil ni nada parecido. Cuando desperté no era demasiado tarde pero tuve que hacerlo todo deprisa, me sentí agobiado, debo confesarlo.

El caso es que llegué a tiempo. Allí estaba él, sigiloso, humilde; pasaba entre la gente sin afán de protagonismo. La gente le decía, Fernando, te acompaño en el sentimiento, y él, quitándole hierro al asunto, se limitaba a dar las gracias por su presencia y añadía un todo llega, todo llega.

Después se acercó a su hijo, le dio un beso en la frente y le dijo que no lo olvidara jamás y que siempre tuviera presente las cosas que le había enseñado, principalmente, aquello que más recalcaba, llévate bien con los bancos. Luego se dirigió a su mujer,  le dijo que la quería y le dio un beso en los labios –sin humedades-.

Se dirigió a su ataúd, se metió en él, se acomodó y cerró los ojos.
Una hora más tarde lo enterramos.
Llovía.

Así será: soy carne de francotirador en autobús secuestrado.

Tomaré en un autobús con destino a cualquier parte, a mitad de trayecto sacaré mi pistola y encañonaré al conductor y echaré las cortinillas de todas las ventanillas. Un autobús parado en medio de la carretera unos minutos despertará las sospechas, una patrulla de la Guardia Civil husmeará y verán lo que ocurre; dentro la gente está un poco asustada pero no es lo que esperaban… ya ha pasado un rato y estoy consiguiendo lo que me proponía. El caso es que llegarán los negociadores, me harán llegar un teléfono y yo les diré que de momento quiero un montón de hamburguesas con otro montón de Coca-Colas, al rato pediré un arroz y conejo, y luego unas gachasmigas, y las quiero ya, diré para que me tomen en serio. Fuera cundirá el pánico, pero lo que no saben, siempre hay un velo que nos tapa los ojos, es que dentro estamos comiendo, riendo a veces, les explico las ventajas de una dictadura de los osos amorosos y les hablo de la noche en que llegué borracho y lloré con un párrafo de San Manuel Bueno Mártir… He dejado una cortinilla un poco descorrida, el francotirador ve mi nuca y el camino expedito, aprieta el gatillo y así acaba mi existencia: en el último momento todo tiene sentido, he sido escuchado y tengo el estómago lleno.

Fernando caminando por la acera.

Fernando recorría la avenida por la acera a la cual se abrían las puertas de los comercios, de los que salían ráfagas de aire frío y cataratas de música electrónica. Era una tarde de verano en una calle del centro de una ciudad en rebajas. Las bolsas de los comercios tomaban la iniciativa, y las personas que las portaban eran, en verdad, quienes las seguían. Iba pensando en sus cosas, como siempre, pero atento al tráfico humano, y a una velocidad acorde con las circunstancias.
La persona que venía de frente, la que iba a chocar con él, no. Iba también ensimismado en sus pensamientos: vaya casualidad que me comprara un coche de gasolina y a los cinco meses perdiera el trabajo, y que el de ahora esté tan lejos. Hubiera sido mejor comprarlo diesel; lo peor es el horario, y, aún más, los compañeros, que llevan años y años en la empresa y me miran raro, como el nuevo… seré el nuevo siempre, me han puesto esa etiqueta. La diferencia es que esta persona, la que iba a chocar con Fernando, no iba atenta a las trayectorias de los demás ocupantes de la acera por la que circulaba. Iba, más bien, con la cabeza gacha, con los ojos dirigidos al pavimento, objeto, en ese instante, de sus maldiciones; aunque el gesto de su cara era el del que pensaba encontrar en él, en el suelo, consuelo y respuestas.
Como digo, chocaron: el hombro del segundo hombre se clavó en la clavícula de Fernando, llevándose éste la peor parte ya que su inercia era menor.
Fernando logró mantener el equilibrio. Pensó en aquello que aprendió de joven de boca de su tío preferido, el sabio no dice lo que piensa, piensa lo que dice. Él, aparte, lo había visto claro, en un intento de dotarlo de significado lo imaginaba así: todo lo que decimos sale del corazón, sube por el cuello hasta el cerebro y sólo después de ese filtro alcanza el exterior a través de la boca. Veía este trasvase de pensamiento claro y evidente, como un analista un flujo de datos. Por otra parte, desde muy joven, se interesó por todo lo que caía en sus manos referente a la empatía, eso de ponerse en el lugar del otro, y dio por sentado que el otro hombre, en un momento de sufrimiento (se imaginó tres causas posibles en un segundo, pero no acertó en ninguna), había cometido un pequeño error. Todos somos humanos.
Entonces Fernando lo miró a los ojos y le dijo: ¡Hijodeputa!

El olvido en tres actos y un amanecer.

Todo nace en el silencio y muere en él.

En el silencio…

Al fondo,
en la estancia,
el artista juega con sus pinceles:

Intenta representar lo etéreo: el tiempo evaporándose a golpe de sol.
Busca lo conocido – se dice -, la luz que te ha de guiar por el lienzo;
y comienza por las lágrimas que inventan la ausencia de nadie,
la imagen que se deforma en los fragmentos de un espejo roto,
los corazones ofrecidos
en la hora decisiva del día.

Todo lo demás permanece:
Las sílabas desmenuzadas que invocan el resto de la ciudad,
el submundo de los ecos como coros de verdades,
los dinteles de la luz en cada gota de rocío – fulgor ahogado
en el repiqueteo de una campaña que acaba con el sueño
y nos hunde en otro sueño, como
un martillo golpeando un metal incandescente y mudo -;
y el atisbo de masacre por si todo cesara
en su mente
antes
de que salga de sus manos la obra de su vida;

como un verso que se ahoga
en la garganta
– por la rabia –;
antes de ver la luz del día.

En otro lugar del destiempo…

Vuela, como un ave, con su batir de alas, con la evocación del silencio
– la potencia a un instante de convertirse en acto -,
como el misterio de la última palabra pronunciada por el moribundo;
el cóctel molotov lanzado contra los tanques de la desmemoria:
El último discurso que en su mente habita:
La imagen
de ella,
el reflejo del fuego
en sus ojos:
La hora de la verdad: ese
evitar el silencio por miedo a oírse
a sí mismo: La posibilidad misma
de olvidarla: La hora
tan temida.

En un lugar del sueño…

En medio del rugir del viento
cuando se pierde
por los esqueletos de los árboles

se duerme:

Todos los relojes de arena de la noche toda…
sus cristales se fragmentan
y los granos – gramíneas de lo que fue tiempo –
forman un macizo ante sus ojos.

Asciende,
en su camino se suceden las estaciones, confusamente:
nieva mientras la tierra da su fruto, mientras
los árboles tienen y no tienen su vestido…

A veces es un niño,
a veces es un viejo.

Llega a la cima, se da cuenta
que ha dejado en el camino todo
y todo olvida.

Se van sellando sus pupilas
por la luz que, por momentos,
se le acerca:

Busca lo conocido – se dice -, la luz que te ha de guiar por el lienzo;
¡La estrella que te ha de orientar en la noche más negra!

Y despierta
y ya no es el mismo.

Amanece

Amanece:
Pasea, vigilante,
por la orilla del mar:
Se detiene un instante,
y una ola, minúscula,
llega hasta sus pies;
no lo alcanza.

En su huída,
la arena se disfraza de humedad delicada;
la mira, conscientemente,
y, de entre los gránulos resplandecientes,
elije uno más oscuro;
lo observa, tristemente,
y se dice y se repite
– intuyendo y sospechando
con una claridad meridiana
que no admite, que niega, su propia mente -:

Aquí estuvo el amor.

Y se olvida de sí mismo
continuando su camino…

El viento, la marea
– cuando suba –;
borraran sus huellas:
él será niebla espesa;
y el mar
quimera, y olvido, y quimera…

Voz en off (del poeta)


Se me antoja misteriosa
la pérdida de este personaje
que no existe:
Siempre tendré en mi recuerdo
su olvido.

De fondo, una música, un sonido
– casi imperceptible –:
Una sucesión de segundos, la fricción
de cada uno con el siguiente… – casi inaudible -,

porque

todo nace en el silencio y muere en él.

Baldosas policromadas.

Te abrigan las sombras
de las casas de pórticos cerrados
y ventanas
entreabiertas donde
nacen los latidos de la siesta
– rumiando minerales, las gargantas anónimas
y languidecidas, funden roncos sonidos animales -;
Te fijas en el motivo
que los cuadraditos de baldosas policromadas
dibujan en la acera
y, como un reto,
procuras que tus pasos se adecúen
para no pisar las líneas.
Llegas
antes que yo: observas
la decoración de este café
y te asombra su limpieza.
Te acomodas (¿Quiere algo? No,
espero a alguien)
Y aparezco
con la frente de sudor inundada.
He venido por la acera soleada
(¡Error: agosto, en qué pensaba!)
Eso sí
procurando no pisar las líneas
que los cuadraditos de baldosas policromadas
dibujan en la acera.

Moon´s Window

Ahí están los de siempre
los geómetras del tiempo y la moneda
los segundos escorados hacia el infierno
las palabras entrecortadas en las tinieblas.
Nosotros, como si nada,
celebramos, con otra ronda, una tregua;
soñamos, con nuestras manos expresivas
– gesticulantes -, hacia la noche desierta.
Entonces
otra tregua, otra ronda
y la noche avanza hacia su cauce:
soledades ciegas,
soliloquios de envejecidas estrellas
a punto de derramarse en las copas.
El verano comienza su huida
el tiempo late en las esquinas:
otra ronda…
se derriten los hielos, se evaporan
las burbujas
en las lenguas pesadas y culpables
ejecutando sentencias, simples
y lúgubres: frases que evocan
lo que, soñando, despiertos,
al hilo del tejer y destejer de la mirada cómplice,
decimos con los ojos abiertos… heridos.

¡Otra ronda… de ceniza venidera!

Miras al vacío:
esta noche,
por lo menos esta noche,
la muerte no me espera.

El viento.

Fernando, hace ya trece largos años, en las fiestas patronales de su pueblo, una tarde de café y gin tónic en terraza de verano, observó a una muchacha de pelo castaño y largo; debía ser de fuera, porque no le sonaba su rostro. Sin pensarlo, se le acercó, y le dijo, sin siquiera presentarse, que la única misión del viento era ondear sus cabellos, y que cuando se hallara bajo una lápida acotada por las únicas fechas que se debía contar en las clases de Historia: su nacimiento y su muerte; el viento dejaría de tener sentido, y que los pobladores que quedasen lo evocarían como algo sagrado, antiguo; la atmósfera sería algo totalmente estático, la quietud del mismísimo cielo.

Actualmente tienen dos hijos, un chico y una chica, a los que les han dejado el pelo largo. Prefieren, para salir a pasear o tomar un helado, las tardes ventosas, y ver cómo el viento ondea sus cabellos. Porque ambos saben que fue el origen de su amor, por eso, ante la mirada asombrada de sus hijos, cuando se van a besar, al estar a punto de juntar sus labios, cada vez uno, en el último instante, se soplan. Y los hijos ríen ante una cosa tan tonta, acostumbrados a los besos convencionales, televisivos o presenciales.

Entonces Fernando mira a sus retoños y les dice, ya lo entenderéis.

Fernando contra Fernando.

Fernando probó suerte en la lotería una sola vez en su vida, y no ganó el primer premio, pero sí un pellizco que le permitió comprar lo que siempre había soñado, un pequeño cortijo en las afueras de la ciudad, no muy lejos, y un Citroën 2CV a un viejecito por un buen precio. Pese a todo, la cuantía del premio no le permitió dejar de trabajar, y es que, en parte, no quería, le gustaba su trabajo y mantener su economía saneada.

Llevaba una vida perfectamente comedida, no cometía excesos con la comida –principalmente la cantidad de sal en la misma, llevaba marcado a fuego la imagen de su madre repitiéndole que no se excediera con ella -, no fumaba, prácticamente no bebía, y, lo más inusual hoy día, desde el domingo al viernes por la tarde, se acostaba temprano, muy temprano, esos cinco días los dedicaba exclusivamente al trabajo cuando estaba en él, y a prepararse, descansando, relajándose, centrándose en el mismo, cuando salía de él.

Aparte de las salidas de fin de semana, siempre con su fin a una hora moderada, su único desvarío era coger el mediodía del domingo el 2CV e ir a propósito a la ciudad al bar de tapas al que toda la vida había ido. Aparcar mal esos veinte minutos, pasos de peatones, reservados para minusválidos: era su pequeña travesura semanal; y volver a casa para comer, remirándose un poco más que lo habitual, y volver, en cuerpo y alma, a los cinco días laborales de rigor.

Martín, el camarero de dicho bar, siempre lo saludaba e iba a darle la mano al entrar, y hacía alguna broma con el viejo coche, qué Fernando, ¿te has comprado ya el kit de asesino en serie doscaballesco, ya sabes, un saco de cal y una pala? ja ja, reía Martín, y le ponía lo de todos los domingos.

Sólo tenía un tercer capricho, aparte del cortijo, pequeño, y el 2CV, que convivía con su coche de siempre, el que cogía a diario para ir al trabajo, tenía una cierta pasión por los perfumes, pero ganaba la partida su perspectiva económica. Tenía dos o tres de diario, de ésos de clase media-baja, y uno muy bueno, que sólo usaba en bodas, algunos sábados y fechas señaladas.

Una mañana, tras levantarse, y, como un rito, desayunar equilibradamente, al ir al baño a ducharse para salir hacia el trabajo, le pareció que el perfume bueno había bajado, recordó cuándo lo usó por última vez y le pareció extraño.

El episodio se repitió a las semanas, y se preguntó cómo era posible. También le extrañaba que últimamente, a media mañana en el trabajo se sentía cansado, extrañamente abatido teniendo en cuenta la vida de dedicación al trabajo que estilaba. Lo comentó ese domingo con Martín, y le dijo, a ver si vas a ser sonámbulo, o a lo mejor tienes un fantasma en el cortijo que gusta de tu perfume. Ja ja, rió ácidamente. A lo que añadió, grábate con una cámara por la noche. Ja ja.

La propuesta le pareció interesante, y se hizo con una pequeña cámara que, sin mucha calidad, podía almacenar todas las horas de descanso. Hizo la grabación un martes, pero hasta el sábado no la vio. Se sentó a primera hora de la mañana procediendo a verla, y cuando el reloj de su reproductor marcaba 4 horas desde el inicio, observó cómo se levantaba de la cama, debido a que esa noche dejó una pequeña luz ambiental en el dormitorio, y no volvía hasta 3 horas después.

Aquel sábado no salió a cenar, y le costó conciliar el sueño. El domingo se levantó tarde, y, pese a la preocupación que le rondaba, se dispuso a ir a su visita dominical. Al abrir la puerta del garaje y aproximarse al coche, observó que la puerta del maletero no estaba bien cerrada, encajaba mal. Nunca lo había usado, solía transportarlo todo, la compra para la semana… todo, en su coche de uso ordinario. La abrió para cerrarla bien y no pudo evitar ver su interior: una pala, un saco de cal, una cuerda de nailon y un cuchillo ensangrentado.

Lo cogió todo y lo dejó escondido para luego deshacerse de ello. Arrancó, llegó al sitio de siempre, ocupó parte de un paso de peatones y un aparcamiento de minusválidos, cuando podía haber evitado una de las dos cosas, y entró al bar; esta vez fue él quien se acercó a Martín, ¿lo de siempre? No, contestó, hoy a lo grande, buen vino, y no te lleves la botella muy lejos, me siento bien, fuerte, más joven que nunca… hay que celebrarlo; ja ja, río yo hoy. Ja ja.

Un día como otro cualquiera…

Antología de instantes
de pasiones
pasadas,
cárceles ocres,
llanuras vastas. En las olas,
te vi arropada en las olas
de la marea de asfalto lejana.

Escondida al alba, sumida en el alba,
custodiada por ébanos, por ríos
negros, de materia arrancada de la tierra,
heñida
por los hombres, dispuesta
a ras de suelo,
ocultando el árido mundo
de las cenizas de los muertos;
pavimento envolviendo el orbe:
negro regalo perverso para los días
negros – lágrimas oscuras
de cientos de pupilas sin dueño:
anónimo tormento -.

Grisácea mañana en te pienso
en cárcel de metal y de pestañas,
oculta la mirada, prisionera
de un instante en fuga que no llega;
bosques de noche: troncos,
vaivén de troncos que se mecen en el viento:
hojarasca, humedad, suelo empapado,
vida oculta en la inmensidad
del cálido julio; rocas negras,
tierra, légamo, nombres impregnando
la materia de los sueños, confusos,
dispuestos en la noche del lamento.

De otra parte
claridad
de luna meridiana,
soledad, madrugada,
sueño… en un rincón del sueño
estabas, pese a todo, cálida,
resplandeciente,
callada.

Y del silencio
surgió otro anhelo:
luz, luz de mares en reposo:
una barca, blanca y pequeña;
una ola tibia, etérea;
un despertar, como tantos…
la ola que llega a la orilla
y rompe,
sutilmente,
la quietud de las horas, de los días,
para echar a rodar por mesetas
de contradicciones y acertijos ácidos;
y estallar – como la espuma -,
tachando otro día del calendario.

Una ausencia, un vacío…
¿En qué jarrón se vertió el tiempo,
a qué flor, ahora marchita,
humedeció su tallo en sus últimas horas,
qué pétalos, moribundos hoy día,
rodaron
por las agujas del reloj del iris
de los ojos,
de qué rostro?

Tachando otro día del calendario.
¡Qué sed más cálida!
¿Qué sueño me trasporta
a los manantiales del alba?

¿Qué condensación de rocío
formó la gota acuosa
que cayó en los ojos, aún abiertos,
de cadáver que seré?
¿Qué cielo, qué dios contemplarán,
en ese instante, si hay alguno?

¡Qué mar tan cálido
qué infierno tan gélido!

¿Cuántos años hace,
cuántos años restan?

Tachando otro día del calendario.

Un día como otro cualquiera.

El claroscuro del hombre…

El claroscuro del hombre
su alma, un grito
callado.
Ya no sé quién eres
marinero de tierras plagadas de azufres incandescentes,
de brasas
humeantes.

Llegas a casa
tu puerta está cerrada
te preguntas
lo de siempre
y no obtienes respuesta.
La soledad tiene un precio.

Claroscuro hilvanando tus miembros,
monstruo diáfano y diario:
cotidiano.

Soledad, por qué te pusieron nombre
si mire donde mire
– dime, qué buscar –
todo lo impregnas.

Te veo, lo veo todo
con los ojos grises de la mirada cansada.

Cena de verano.

Cenando, en verano,
afuera de cuatro paredes de una casa que fue vieja
en un lugar donde se dice
que no hubo nada;
al refugio – si puede decirse –
del bochorno del recién estrenado julio
descubrí
la forma pura de las palabras.

Hasta en el silencio, aun en la noche ciega
de la eternidad de unas horas,
vi cómo se sucedían con el ritmo
de los labios de los muertos;
caí en que los huesos
– ceniza petrificada –
son silencio, y no por ello,
en los instantes callados – cuando
sólo quedan las miradas -,
dejan de ser ritmo
de pasos que se atropellan
caminos que callan
rocas que gritan
crestería de una sierra conocida,
que al atardecer, en llamas estalla.

Las palabras de los que vivían ausentes
llegaban por otros medios
al corazón del corro unánime que formábamos:
como una punzada,
un dardo lanzado desde más allá del tiempo
– ¿sabes? -,
para incendiarnos.

Y hablamos, como siempre,
hablamos…
hasta que alguien dijo
no nos queda tabaco.

Y marchamos.

El coro de los ecos
– ahora sin propietarios -,
siguió hablando y hablando.

Aún oigo las palabras perdidas
– ya sin destinatario -,
y las miradas dirigidas
a alguien que ya no está
enfrente, sentado.