Desierto.

Desierto
desierto salado como hálito de los muertos.
Con la esperanza tantas veces hundida – incluso
así – los hombres
alargan sus cuellos para estar más cerca de dios;
sus letanías se deshacen al contacto con el aire,
aúllan, escupen: veo
sus ojos rojos por la furia;
veo la ira en las venas que sobresalen en la piel
de sus miembros;
veo
las ansias de seguir viviendo
como sea
en sus inspiraciones – ahogando el ahogo del momento; del futuro: del tormento -.
Calor,
fervor de cuerpos
rebosando sus cuerpos;
llagas en la boca de invocar la humanidad
que perdieron
al ser náufragos en su memoria
invisible.
Buscando orígenes y sentidos
Buscando el auspicio en los ojos del semejante imperecedero…

…y dios en sus quehaceres vanos y terribles; inservibles…
…y el desierto
salado como hálito de los muertos.

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La voz quebrada.

Me rodean los brazos de esta tarde
con suaves guantes de lana dorada
oigo los orfeones de los rayos de sol
con sus reminiscencias de luna: ceniza
y grana.

Este día
esta luz
esta atalaya
de mis horas;
vuelvo la vista:
de granito veo mi cuerpo.
Miro hacia delante:
roja lava.

Miro a mi diestra con ojos siniestros,
                con ojos amarillos; hay otros, la tarde
                se espesa. Somos cientos flotando en el aire.

Hoy callo: rumio el silencio bajando
la vista – ¿Quién sabe? -.
¿Estaré naciendo de nuevo, madre?

Me sirvo
de estos versos
para descubrir el mundo:
misterioso, palpitante…

Nazco de nuevo; nazco, a cada paso nazco…
– Creo en las palabras, en el parir
de los ecos: preludio de voces -.

También está cansado mi verso
y sin embargo
renace.

¿Se convertirá mi voz quebrada
en timbales: un grito
desde el centro del páramo
hacia afuera: minando la tarde ?

¿En timbales…?
¿En timbales…?

¡En timbales!

La humedad, certera. Las palabras
                se ahogan: como un ojo cerrado,
                   como un labio cerrado: un beso machito.
                              Somos cientos galopando en la espuma.

¡Hacia Ti tiendo;
te busco; atropello
los pasos; alcanzo
mi sombra; muerdo
el aire!
A cada golpe de ira
a cada paso: ¿callo o grito?
¿Silencio o timbales?
Hablo conmigo con los tímpanos rotos
de miedo; con los ojos ya huecos
de lágrimas; con mis manos gastadas
de vértigo. Y callas – o callo,
quién sabe -.

Me miran los que pasan,
por el paseo que hay junto al río,
buscándote.

Y callas – o callo,
quién sabe -.

Somos cientos casi hundidos
                en el agua, ya no sabemos,
                a ciencia cierta, si algo nos arrastra;
                los cabellos se enredan uniendo
                una figura a otra figura, un cadáver
                a otro cadáver. El hedor
                debe ser insoportable. El mar espera
                – o el olvido, quién sabe -:
                Cuando llegue será tarde.
                Cuando lleguemos será tarde.
                Cuando hables

                      será tarde.

Romance del que no se podía dormir (muy antiguo)

Camarero, otra jarra
de melancólico vino
en el que yacen difuntos
bajo cipreses y pinos
los que antes vivieron cuerdos
así, al modo mezquino.
Los que reputación dieron
a su dialéctica, trinos,

y que no dirían nada
del salvaje mundo mío.
Diciendo voces vacías:
padre, madre, abuela, tío.
Y sin embargo no son
más que nombres aburridos
de parientes también muertos:
Luisa, Félix, Joseíco.

Y siguen sin decir nada
porque la muerte es un mito
más grande que ellos, grande
como el Danubio o el Nilo
y como sus aguas van,
sus palabras, al vacío
y sólo quieren ver santos
vírgenes, cáliz bendito

curas, obispos, iglesias
y más pecados impíos.
Ven el mal hasta en la gota
minúscula de rocío
y por eso los invito
al insufrible suicidio
de su vida y su memoria:
que griten, porque el aullido

del que no ha aullado debe
hundirse en su crucifijo
el que portan en el pecho
como el símbolo vacío
de la piedad por el otro:
la pena por el vencido
por el pobre, por el loco,
por el que nunca ha sido.

La libertad del enano.

La danza terrible de las palabras
los barbitúricos que se mecen en tu garganta
la esperanza que arde en el Paraíso
para engendrar la nada de la nada.

Este Imperio que te cuento
tierra de desesperanza,
turbio y sucio lamento,
sonrisa que desgrana
un cuerpo.

Y Dios, en lo alto,
con su cara de bobo
y su cetro, creyendo
que manda algo…

pero los rayos ya cayeron
las centellas ya vinieron
y mi pecho está intacto
de furia de dioses malnacidos
de juicios, valores y cadalsos…

y mi libertad es la libertad del enano
que siempre tiene que mirar hacia arriba
para ver a su amo
pero que sabe quién es quién
y hace lo que quiere
aunque no lo parezca:
el cómo
y el cuándo.

Génesis.

Del rocío del amanecer de los tiempos surgieron las ideas
las voces anónimas que inventaron los gestos y las brumas
las distancias insalvables de las gentes, de ciertas gentes,
los odios, los amores y las alegrías y el pensamiento:
un pensamiento cotidiano que moldeaba el mundo…
y el mundo forjaba el pensamiento; ambos iban de la mano.

El hombre era el rocío, amanecer; tiempo:
el mundo no era nada sin él, sólo ceniza sin recuerdo.

Los ojos vieron ternura, dolor y tristeza en la cara del prójimo
y se obró en consecuencia: así surgió la esperanza
de no sabernos más solos de lo estrictamente necesario
por la vereda del río del diálogo, tan ambiguo;
y del soliloquio tan certero como la lengua de la iguana
con el que nos preparamos para pasar por el tiempo
tan incierto como hermoso, constante como el sol
y la muerte.

El fuego crepitó y se hizo el sonido,
una melodía que surcó los mares esféricos
e inundó el orbe de vida;
bailaron las sombras de la memoria
al son de instrumentos aun no pensados…
y volvió la voz una noche de hoguera
a relatar algo que no había existido
sangre que no se había derramado
viajes tan lejanos como inverosímiles
pero reales se sintieron; y partieron
a lugares inciertos… ¡y llegaron!

Y el hombre se supo alegre, gregario y humilde…

Y algunos no lo soportaron
y con lo que sabían, y la muerte,
otros seres crearon:
hombres sobrehumanos que dejaron de ser hombres
para ser deidades a las que el hombre les debería
lo que de por sí era del hombre…

Pero la esperanza era del hombre antes que los dioses
pero el amor era del hombre antes que los dioses
y el mundo era del hombre antes que los dioses…

Ahora es hora de que devuelvan lo que nos deben.

Ahora es hora de que el hombre vuelva a caminar sin miedo.

Extractos de teología (I)

Porque hay bosques
y lagos que nunca he visto
y cielos
con lucecitas innumerables
pero quizás no haya un Dios
quizás sólo haya un hombre
más grande que yo
más sabio que yo
y más valeroso que yo 
del que aprender.

Aún no lo conozco pero pienso en él,
en cómo moverá sus manos mientras habla a nadie y a todos,
en cómo llegará a su casa y conciliará el sueño,
qué motivaciones tendrá al despertarse
y verse en un mundo que tampoco entiende…

bueno, está ese hombre
y tus ojos…
siempre tus ojos.

Cántico espiritual

Tú llegaste hasta mí, como una herida,
magnolia de estrellas desdentada
que interroga a cada instante
y que no es nada
sino fuego o agua o sombra, siempre alerta.

Tú llegaste hasta mí, como esta parte
de tierra que encumbras la otra tierra
luna de verduras y osamenta
veneno de escorpión; a veces arte.

Y de dolor se aflige lo mundano
tus sonidos, como un mundo
sin mundo aparecen
negro como la muerte de un hermano
negrura y espesor que a veces crece
bosque de dolor; y a veces bosque
o nube o aire o tierra, o lago.

Y así se conforma el paisaje
de este páramo sin luz
– a veces sueño-
y cada cosa con su sombra
– sin concepto-;
letanía de las cosas innombrables:
alma sin dueño:
locura que es ahora lo que siento
y amor que llega tan tarde
que presiento
que es mi alma en el infierno lo que arde.