A veces (sólo a veces)

Abro los ojos y sólo alcanzo a ver la puntera del zapato, el borde de la mesa donde estoy sentado, o cómo corren los adoquines por la acera. Cabizbajo. No tengo un porqué, pero la barbilla se siente atraída por el esternón, todo pasa, todo pesa. Entonces surge en mi cabeza una canción cualquiera: parece voluble y está a punto de dispersarse en mi mente antes de que reúna la consistencia necesaria para ser tarareada. Me concento y se hace carne. Chasqueo los dedos rítmicamente (procuro hacerlo con las dos manos al unísono, pero la derecha siempre se adelanta… bueno), contoneo el cuerpo, también al ritmo, con el único límite de la vergüenza justa si estoy en público, y muevo la cabeza de un lado para otro; con idéntico límite. Se me pone la sonrisa (leve) de gilipollas, de ido… pero empiezo a ver que algo cambia (surge el recuerdo de la consulta del psicólogo hace años, sí R. el pájaro no canta porque esté alegre, posiblemente esté alegre porque canta, no es mío, lo leí en un libro, todo está en los libros. Me lo apunto por si me hace falta para un próximo cliente. Hijoputa, ¿y me vas a cobrar la consulta?). Música, música por todas partes. Me gustaría en ese instante anterior al Instante oír de golpe todas las canciones que me han encandilado en la vida (a veces he ido pasando nerviosamente una tras otra con el mando a distancia del equipo de música hasta que he comprendido que era imposible oírlas todas al mismo tiempo). Entonces, la percepción me falla. Es sólo un momento, pero lo vivo como un segundo helado en mi pecho, detrás del esternón, un poco escorado a la izquierda (¿será en el corazón mismo?), que me da la impresión de ser eterno. En esa eternidad asciendo al cielo, siempre bailando al compás de la música con el único paso que me sale; y me siento ALaDerechaDelPadre. Lo miro, primero de reojo, y después directamente a los ojos, con la cara de un niño que hace algo malo (pero que sabe que no es nada malo), y le digo, anda, déjame un ratico ahí a mí, y me dice, coño Guillermo, si es que con esto del relativismo, la posmodernidad, toda esa hostia, ya no pinto ni la mitad de lo que pintaba. Anda, déjame un ratico. Y nunca sé si me ha dejado, porque el segundo se deshiela y vuelvo AlTiempoDeLosMortales. Y entonces sé que soy feliz (a veces), ya no porque sea feliz, sino porque yo solico conmigo solico, he levantado, sin más, la cabeza. Y el horizonte de la muerte ha tornado en vida. Y con eso me basta. Gracias mundo, con tus defectos y con los míos, gracias mundo.

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Llanto

– Qué, ¿cuánto hace que has llegado?

– Nada, déjalo, hace cinco minutos.

– Supongo que las manías de cada uno son las que son, y la tuya es llegar antes de la hora acordada.

– Prefiero esperar a hacer esperar. Además, no sabía dónde iba a aparcar y he tomado tiempo de sobra. Por cierto, muy bonito tu nuevo barrio, en las afueras sin estar demasiado lejos del centro, o por lo menos de los colegios, los comercios, supermercados… tranquilo. Me gusta.

>> Oye, una cosa; al minuto de llegar ese hombre del final de la barra ha entrado, no ha dicho palabra alguna, se ha sentado… parece extraño. Tiene la cara desencajada, parece un alma en pena.

– El pobre… qué lástima. Me contaron su historia. ¿Sabes? Fue uno de los primeros vecinos de este barrio, cuando aún no había adosados ni nada de nada. Su casa está un poco más lejos; al terminar la última calle todavía hay que continuar unas decenas de metros por un camino de tierra. Se tuvo que mudar hace ya años.

>> Hace diecisiete años tuvo un hijo. Nació y se puso a llorar. Todo normal ¿no? Pues no. Nunca dejó de llorar. Días después de su alumbramiento le hicieron pruebas y más pruebas; nada, no sacaron nada. Era normal, todos sus órganos normales… pero no paraba de llorar. Sólo cuando dormía. Y cada vez que despertaba lloraba de nuevo.

>> Ese hombre lo ha pasado realmente mal. Y su mujer también. Viene un par de veces a la semana, le ponen un gin tonic y lo deja ahí, sobre la barra. Al final los hielos se derriten y se va, sin probar un solo trago.

>> Según me contaron al llegar al barrio, su hijo no sabe hablar, ni andar… nada. Pasa el día de la cama a un sillón especial (tienen que atarlo para que no se caiga hacia delante), y vuelta a la cama. Ya son diecisiete años llorando. Piénsalo, siempre llorando. Nunca mostró atención por nada, lógicamente; jamás pronunció “mamá” o “papá”. Se alimenta con una sonda, tienen que cambiarle los pañales y bañarlo como si fuera un crío pequeño. Siempre acaba durmiéndose, como si ya no pudiera llorar más, pero al despertar, lo mismo… un día, otro día…

>> Ha estado hospitalizado varias veces a punto de morir. La madre tuvo que dejar su trabajo; el padre, por suerte, trabaja en la empresa de un amigo, de un buen amigo según me dijeron; así que puede faltar cuando no puede más, y no le tienen muy en cuenta su rendimiento.

>> Cuentan que un día, el perro que tenían cuando el niño era aún muy pequeño, fue a ladrar, o sea, que hizo todos los ademanes y movimientos que hacen los perros en tales casos, pero que no salió ladrido alguno de su cuerpo. Otro día la radio no funcionaba, y la televisión tampoco. Sin embargo el padre acercó el oído al altavoz y oyó una especie de murmullo. Probó con unos auriculares y sí se oía. Era como si todos los sonidos de su casa hubieran cesado, como si se hubieran replegado sobre ellos mismos, como si hubieran cedido su espacio al llanto. Por aquel entonces él y su mujer hacía tiempo que no se hablaban. Una vida así agrieta el alma de cualquiera, pienso yo.

El hombre del final de la barra terminó de verter el refresco en el tubo de cristal hasta que el líquido alcanzó prácticamente el borde. Entonces empujó con la punta del dedo índice de la mano izquierda los cubitos hasta el fondo. Después pasó la yema de su dedo índice derecho alrededor del borde del cristal dibujando círculos, sintiendo cómo las burbujas que salpicaban explotaban en el aire, humedeciendo la piel de dicho dedo.

– Otra cosa; hace tiempo vivía aquí un viejecito, decía, siendo aún muy pequeño el niño, que lo había puesto Dios en el mundo para que nos recordara las injusticias; o que, quizás, fuera para que supiéramos que el mundo había muerto. Así – decía -, un día cesarán todos los sonidos y sólo quedará el llanto de los inocentes, del que éste es sólo una avanzadilla… Quizás el viejo fuera un pobre loco… no lo sé.

Párvulos.

– Todo debe ser intercambiable; nada imprescindible. Mi madre ha mandado a paseo a mi padre, creo que está viviendo ahora entre la casa del campo y la de su hermana. Me lo imagino triste, recapacitando por qué se ha ido todo a la mierda. ¿Sabes Miguelito? Mamá lo ha sustituido por un tío con pelo largo, un poco más joven que ella. Se pasa la mitad del día bebiendo latas de cerveza y la otra mitad en el balcón fumando. Mi madre le ha dicho que no quiere la casa llena de humo, que a ella no le molesta especialmente, pero que quiere proteger mis pulmoncitos. Ya ves el tío cabrón, cuando lleva unas cuantas cervezas se dirige a mí, metiéndose la mano por el pantalón, no sé si será para arrascarse o para recolocarse el paquete; y luego me toca la frente. Casi emocionado, como si quisiera reprimir las lágrimas, me dice, te voy a querer como si fueras hijo mío. Ya ves, todo intercambiable.
– Joder Fernandito, debes pasarlo mal. Ya sabes, los caminos del alcohol son inescrutables. Luisita me contó algo parecido; su padre no paraba de bromear con que un día se iba a ir con una más joven y de la noche a la mañana hizo tabla rasa con su vida. Ahora ni se molesta en saber de ella…
– En otro orden de cosas, como dicen los puestos en oratoria, está buena la seño, ¿no?
– Y que lo digas, no me puedo quitar sus tetas de la cabeza. Cuando viene y se agacha, o cuando me apretuja contra ellas… Joder.
– ¿Por qué será esto así? ¿Por qué nos daremos cuenta de todo como adultos y de golpe, en unos meses volvemos a ser niños sin puñetera idea de la vida? Mira mi hermano que como sabes es sólo un año mayor que yo… Aún recuerdo nuestra última noche de compartir esta clase de conciencia: Nos reímos de mi tío Juan a más no poder con lo de comprar acciones de la CAM, de cómo le decía a mi padre que se animara, que eso no era nada arriesgado. A la mañana siguiente, mi hermano se despertó y era un chiquillo inocente sin memoria de su primera etapa. Cómo me jodió aquello. Yo, que no sabía que le había llegado la hora – recuerdo que era sábado -; al despertarnos le dije, con un grado de ironía supina, sin que mi madre nos oyera, nada, que hubiera invertido en Nueva Rumasa… y se quedó alelado, como si no hablara mi idioma.
– Ya te digo, yo a veces pienso que es el desencanto que acumulamos en tan poco tiempo lo que hace que nuestra mente se ponga a cero.
– La siguiente redención debe ser la muerte, ¿no?
– Supongo, pero para eso aún queda mucho… Mira a la seño… y disfruta.

Una noticia embarazosa.

Sonó el radio despertador.

La voz que emanaba de la emisora de costumbre era hueca y confusa, o así la percibía. Fernando abrió el ojo izquierdo, luego el derecho, y luego la boca para emitir un sonido gutural que delataba que no había descansado. Aguzó el oído cuando la locutora procedió a enumerar la combinación de números ganadores de la Lotería de los Calvos del día siguiente. Sólo tenía que esperar un día, había pillado un pellizco.

Sin embargo lo embargó el pesar de una cuenta pendiente sin resolver, tenía que hablar con ella. Mierda, pensó.

Descalzo fue al baño. Hoy no me ducho, no me gusta echar mal olor; se limitó, a su pesar a situarse encorvado en el lavabo. Un chorro de agua del desagüe brotó, mojó su cara y, formando remolinos concéntricos justo al lado de sus ojeras, se encaminó hacia el grifo donde fue a desaparecer. Llegó a su cuarto, abrió el cajón de la ropa interior. Un par de calcetines verdes correctamente ovillados de desenmarañaron situándose uno al lado de otro, y, con el correspondiente balanceo de caderas – como un dúo perfecto de bailarinas de cabaret – le dijeron, Fernando, ponnos a nosotros, recuerda, unos calcetines verdes son los mejores para dar una mala noticia. Quiso mirar a otro lado, eludir la responsabilidad, quitar de en medio de su vida eso… pero sólo halló una pared que, al derribarse, mostraba un bosque de árboles invertidos con hojas verdes con forma de calcetín que, de dos en dos, le decían, ponnos a nosotros, es lo mejor para dar una mala noticia.

Bajó a la calle, con el par de calcetines verdes, los cuales evocaban episodios juveniles en un campamento de verano de un país que absorbió el olvido. Arqueó la ceja derecha y un taxi lo paró.

De camino al trabajo, en el taxi, no pudo escabullirse del pensamiento que lo envolvía. Quiso mirar hacia otro lado y probó a guiar sus pupilas hacia arriba, hacia arriba… con tal mala suerte que no midió su fuerza y quedaron fijadas hacia el cerebro, donde, ahora sí, el pensamiento parecía más nítido. Por suerte un golpe de tos volvió todo a su origen.

Subió a su despacho, saludó como siempre a todos los compañeros y clavó la mirada en ella, coraje, se dijo, coraje.

– Mira X., tengo que hablar contigo.
– Habla.
– No, aquí no.

Un zumbido en el centro justo de la cabeza, la boca seca, la frente con el sudor frío: el puzle de nerviosismo que sostenía su ser.

Al final la coyuntura de tiempos y espacios que sus colegas ocupaban los situaron en la ocasión perfecta para la confesión.

– X., no sé cómo decírtelo, dijo balbuceando (de hecho, mezcló silencio incómodo y una leve partícula de saliva que involuntariamente fue catapultada su boca en la pronunciación de  la “te” de “decír-TE-lo” y que vino a posarse en la solapa de ella. Ni se dieron cuenta); y por fin lo dijo: ¿Recuerdas X., hace dos meses, el día que fuimos a cenar al salir del trabajo, y que acabó en mi piso… ya sabes? Pues me he quedado embarazado.

Aquí acabó el sueño… más bien la pesadilla.

Tras lo confuso del despertar respiró profundamente y se sonrió. Le quedaba media hora hasta que sonara el radio despertador. La vivió como un regalo, arrebujándose entre sábanas y cubierta desordenadas por los movimientos pesarosos de la noche que acababa.

Fernando se dirigió a la ducha y en ese preciso instante sonó su móvil. Vio en la pantalla en contacto y dijo:

– Dime X. qué temprano para llamar ¿no?
– Sí, es importante, tenemos que hablar, y pronto.

Una siesta de septiembre.

El pasillo en que el acontecimiento se desarrolla es desahogado, suficientemente espacioso; la luz, aunque tenue, me permite observarlo todo, no hay zonas en penumbra; lo capto todo perfectamente, al modo de una cámara de seguridad instalada en el techo, con una cierta inclinación respecto a la horizontalidad del mismo. ¿Quién eres tú, qué recuerdo o futuro evocas, qué imponderable, de quién? Te veo desde el momento justo y no tengo sino que imaginar qué te ha llevado allí, porque eso no lo he contemplado, pero se me aparece como claro y evidente al despertar. Forma parte de la narración, lo sé, estoy seguro. Todo comienza en el giro. Levantas el talón de tu pie izquierdo, dejando sólo la parte delantera, de una suerte de madera pisando el firme reluciente; y con el derecho te impulsas, haciendo, como digo, un viraje de ciento ochenta grados sobre el eje imaginario que atraviesa tu cuerpo, de arriba hacia abajo; volviendo por donde creo que viniste; y ahí queda él, el otro, con el encendedor asido por su mano derecha, con su pulgar que acaba de activar el mecanismo de la llama, y su brazo formando un ángulo de noventa grados con respecto al resto del cuerpo. Su rostro empieza a curvarse, se dibuja en él una sonrisa torcida, aviesa… ¡si has sido tú quien le pidió fuego! Cómo lo dejas así, sin hacerle caso… Cómo actúa la vergüenza, qué pudores nos inculcaron de niños. Es el otro el que lo pasa mal, puedo leerlo en su estampa; la que dice, que no me haya visto nadie… mientras tú, personaje principal de este sueño, te alejas, con garbo, con una desenvoltura que presagia que vas de eso, de soberbio, de altanero; alguien, que estando por encima del bien y mal, mira la vida y la muerte con unos ojos nuevos… La escena me hace tanta gracia, es tal lo vívido, lo real, lo elocuente de este sueño, que despierto de él entre sonrisas, con una hilaridad desproporcionada, de una siesta que recordaré siempre.

Otros relatos breves del tiempo primero.

Cuando una puerta se cierra…

Clac, cerró la puerta y se le cayó el cielo encima. Se había dejado las llaves dentro. Era viernes y, como casi todos menos cuando no tenía guardia, se iba a pasar el fin de semana a su pueblo, a casa de sus padres.

Se lo pasó relativamente bien, aunque por la noche de ese viernes no salió, excusándose con que estaba cansada. El sábado aprovechó el tiempo, tanto en tareas domésticas, como al poner al día unos apuntes del trabajo, y, respecto al ocio, lo disfrutó, mucho. El domingo fue otra historia.

Cien evasivas le hicieron falta para hacerle creer a su familia de que el lunes no trabajaba. El martes igual; el miércoles la llamaron del trabajo. Chica, qué te pasa, debías haber entrado a trabajar el lunes y no sabemos nada de ti, le dijo el responsable de personal del hospital. Ella, como quien enuncia que dos y dos son cuatro, le dijo que el viernes se había dejado las llaves del piso de alquiler en donde vivía durante la semana dentro y que no podía ir a trabajar sin tener dónde quedarse. Que mientras que tuviera turno de mañana podía utilizar el transporte público y volver a casa de los padres, pero que con el resto de horarios tan arduos necesitaba un alojamiento, y que como no podía acceder a su vivienda, pues eso, que aún no había encontrado la manera de casar su obligación profesional con la necesidad de tener un hogar. Oye, dijo el interlocutor, pues llamas a una cerrajería, te abren la puerta, te cambian la cerradura y ya está. Ella se negó en rotundo. Me niego en rotundo, dijo, no está bien ir forzando cerraduras. Damos por sentada nuestra libertad y nuestro derecho a la propiedad, y no veo bien servir de ejemplo a nadie forzando una cerradura. No puede ser. La sociedad que conocemos se desmoronaría si todo el mundo actuara así, dando ese ejemplo. Imposible. El interlocutor le dio un ultimátum, tenía que ir a trabajar. Pues no, dijo ella, si hace falta ahora mismo renuncio a mi puesto.

Escribió su escrito de renuncia, lo copió en un pendrive y se fue a la papelería de la esquina a que se lo imprimieran, firmarlo y mandarlo por fax al departamento de personal. De paso le dijo que imprimiera también una copia que llevaba en ese mismo dispositivo de su currículum. Desde ahí se fue a dos grandes supermercados que había cerca en busca de un trabajo.

El día siguiente, jueves, se sentó a la mesa, verduras a la plancha y un par de filetes. Su padre le pidió explicaciones por aquella extraña semana, ella jugueteaba con su filete, lo dejó de súbito, se levantó ágilmente cogiendo la cabellera del progenitor con una mano, poniendo el cuchillo, asido con la otra, manchado de cerdo, en su cuello. Si se vuelve a hablar en esta casa de algo relacionado con lo que ya sabéis, os mato. Se volvió a sentar, siguió cortando el filete y, de golpe, una risa de perturbada asomó a su rostro, dirigiendo la mirada hacia su madre y diciéndole, con voz gutural, ¿has visto lo que ha hecho la cochina de tu hija?, frase que recordaba recurrentemente de la película El Exorcista, pero que en la vida había tenido la ocasión de mencionar en una situación tan hecha a medida como ésta. Nunca más se habló de ello, todos continuaron como si nada hubiera pasado, como si todo fuera así desde siempre y para siempre.

Por la tarde recibió la llamada de uno de los supermercados, la contratación era inminente, en principio porque se acercaba la temporada estival y había que cubrir las vacaciones de los empleados fijos. El lunes siguiente empezó a trabajar, y, por lo menos conscientemente, no echó de menos la medicina ni nada parecido, andaba reponiendo pan de molde, refrescos, y demás objetos dispuestos para su venta, felizmente, como si la realidad fuera un colchón mullido sobre el que caer. Y caía con gracia.

En ese período de tiempo continuó pagando el alquiler del piso de la capital de provincia, así como el mínimo del agua, luz… Pero algo en su interior le decía que esa no era la postura correcta. Se empezó a notar porque cuando salía del trabajo, unas veces con un compañero, otras con otra, iba al bar de la esquina al terminar la jornada laboral a tomar unas cervezas. Sin saberlo, empezó a tomarle el gusto a ese aturdimiento, el fuego que acudía a sus mejillas, el olvidarse de su pasado de un modo tan simple.

Del mismo modo, empezó a salir todos los fines de semana y a beber con el único límite que el presupuesto mensual le ponía, gastos de alquiler de un piso que no usaba, luz… Por ello, porque el dinero no era infinito, muchas veces salía y bebía algo, rematando la faena al llegar a su habitación, en soledad y silencio; ginebra a palo seco, sin hielo siquiera, maldiciendo al inventor del dosificador. Pronto conoció las drogas, en todas sus vertientes, en una escalada peligrosa. Luego bajas laborales, especialistas en deshabituación, y, finalmente, una granja para toxicómanos, donde, una tarde soleada, mientras que ataba en alto una tomatera para que sus tomates no rozaran el suelo, se dijo, cuando una puerta se cierra, ninguna se abre. Ninguna. Nunca.

Un pase demasiado largo…

Este señor mayor iba por un parque, con árboles más o menos altos, y la vegetación más o menos cuidada. En él había un pequeño campo de fútbol en el que jugaban unos niños que rondarían los seis o siete años. Uno de ellos le pasó el balón a otro, y, aunque el pase era demasiado largo, desmedido, un rival tocó con la punta de su deportivo el balón, haciendo, ahora sí, imposible el control, y saliendo, el mismo, por la línea de banda. El señor, con demasiada ropa para esta época del año, se agachó y recogió el balón, ofreciéndoselo al niño, y, mientras hacía el gesto de dárselo, le preguntó, por decir algo, en qué posición le gustaba más jugar.

El niño respondió que más que buscar una posición en el terreno de juego, estaba buscando su posición en el mundo, en el Universo en definitiva, y que había observado que la vida de los hombres es, al fin y al cabo, la vida en convivencia, y que en ello tenían que decir mucho las diversas teorías políticas que se habían ido desarrollando a lo largo de la Historia. Yo, prosiguió el niño, me inclino por que la teoría marxista tiene que decir mucho todavía; ya sabe, aquélla que estuvo influenciada por el principio utilitarista de la felicidad del mayor número que ofreció la Revolución Francesa, y la Revolución Industrial, que convirtió al hombre económico en lo más respetable de la sociedad, lo que llevó al espíritu reivindicativo de las masas; ésa cuyos antecedentes son las teorías de Babeuf, Blanc, seguidas de posturas más radicales como las de Proudhon, que a su vez influyeron en otros revolucionarios como Bakunin, pero que al final el que puso el punto sobre la i fue Marx, con su pretensión de hacer del socialismo una ciencia. Él fue, en definitiva, el que aportó a la ideología socialista una filosofía, el materialismo dialéctico; una sociología, el materialismo histórico; y un proyecto político revolucionario. Y soy de la opinión de que, pese aparentar su desaparición, quedando sólo unos reductos que se dicen comunistas en todo el orbe, aún tiene mucho que decir, porque de lo contrario este neoliberalismo salvaje, en el que todos tienen derecho a todo, nos llevará a la hecatombe. Sin embargo creo que de nada sirve que esos poderes invisibles se puedan asentar en otros lugares donde no se les ponga trabas. Por ello todo esto se debería perfeccionar con la idea kantiana de una ciudadanía universal, aunque haya que llegar a ella con una especie de revolución permanente. Pero sí, en el campo de fútbol me encuentro bien en el puesto de interior izquierdo.

El otro niño, que le había dado el pase, tras una clara intención de jugar sin balón adentrándose entre dos contrincantes, y no habiéndose reanudado el juego, se dirigió al de la banda prácticamente gritándole, hijoputa, ¿vas a sacar o qué?

El señor mayor, continuó paseando, en silencio, diciéndose a sí mismo que en la vida volvería a preguntarle nada a un niño de seis años, se quedaría, sentenció interiormente, en la comodidad de lo ya sabido, en sus días iguales.

Era mayo, última hora de la tarde, y declinaban los segundos como declinaba el último Sol, y anduvo, deshaciéndose de sus pasos y su sombra; pasos que lo llevarían a casa, a, un rato después, buscar la cena, como se dice en mi pueblo.

El entierro…

La tarde empezó mal: no pensaba quedarme durmiendo y, por ello, no puse ninguna alarma en el móvil ni nada parecido. Cuando desperté no era demasiado tarde pero tuve que hacerlo todo deprisa, me sentí agobiado, debo confesarlo.

El caso es que llegué a tiempo. Allí estaba él, sigiloso, humilde; pasaba entre la gente sin afán de protagonismo. La gente le decía, Fernando, te acompaño en el sentimiento, y él, quitándole hierro al asunto, se limitaba a dar las gracias por su presencia y añadía un todo llega, todo llega.

Después se acercó a su hijo, le dio un beso en la frente y le dijo que no lo olvidara jamás y que siempre tuviera presente las cosas que le había enseñado, principalmente, aquello que más recalcaba, llévate bien con los bancos. Luego se dirigió a su mujer,  le dijo que la quería y le dio un beso en los labios –sin humedades-.

Se dirigió a su ataúd, se metió en él, se acomodó y cerró los ojos.
Una hora más tarde lo enterramos.
Llovía.

Así será: soy carne de francotirador en autobús secuestrado.

Tomaré en un autobús con destino a cualquier parte, a mitad de trayecto sacaré mi pistola y encañonaré al conductor y echaré las cortinillas de todas las ventanillas. Un autobús parado en medio de la carretera unos minutos despertará las sospechas, una patrulla de la Guardia Civil husmeará y verán lo que ocurre; dentro la gente está un poco asustada pero no es lo que esperaban… ya ha pasado un rato y estoy consiguiendo lo que me proponía. El caso es que llegarán los negociadores, me harán llegar un teléfono y yo les diré que de momento quiero un montón de hamburguesas con otro montón de Coca-Colas, al rato pediré un arroz y conejo, y luego unas gachasmigas, y las quiero ya, diré para que me tomen en serio. Fuera cundirá el pánico, pero lo que no saben, siempre hay un velo que nos tapa los ojos, es que dentro estamos comiendo, riendo a veces, les explico las ventajas de una dictadura de los osos amorosos y les hablo de la noche en que llegué borracho y lloré con un párrafo de San Manuel Bueno Mártir… He dejado una cortinilla un poco descorrida, el francotirador ve mi nuca y el camino expedito, aprieta el gatillo y así acaba mi existencia: en el último momento todo tiene sentido, he sido escuchado y tengo el estómago lleno.

Fernando caminando por la acera.

Fernando recorría la avenida por la acera a la cual se abrían las puertas de los comercios, de los que salían ráfagas de aire frío y cataratas de música electrónica. Era una tarde de verano en una calle del centro de una ciudad en rebajas. Las bolsas de los comercios tomaban la iniciativa, y las personas que las portaban eran, en verdad, quienes las seguían. Iba pensando en sus cosas, como siempre, pero atento al tráfico humano, y a una velocidad acorde con las circunstancias.
La persona que venía de frente, la que iba a chocar con él, no. Iba también ensimismado en sus pensamientos: vaya casualidad que me comprara un coche de gasolina y a los cinco meses perdiera el trabajo, y que el de ahora esté tan lejos. Hubiera sido mejor comprarlo diesel; lo peor es el horario, y, aún más, los compañeros, que llevan años y años en la empresa y me miran raro, como el nuevo… seré el nuevo siempre, me han puesto esa etiqueta. La diferencia es que esta persona, la que iba a chocar con Fernando, no iba atenta a las trayectorias de los demás ocupantes de la acera por la que circulaba. Iba, más bien, con la cabeza gacha, con los ojos dirigidos al pavimento, objeto, en ese instante, de sus maldiciones; aunque el gesto de su cara era el del que pensaba encontrar en él, en el suelo, consuelo y respuestas.
Como digo, chocaron: el hombro del segundo hombre se clavó en la clavícula de Fernando, llevándose éste la peor parte ya que su inercia era menor.
Fernando logró mantener el equilibrio. Pensó en aquello que aprendió de joven de boca de su tío preferido, el sabio no dice lo que piensa, piensa lo que dice. Él, aparte, lo había visto claro, en un intento de dotarlo de significado lo imaginaba así: todo lo que decimos sale del corazón, sube por el cuello hasta el cerebro y sólo después de ese filtro alcanza el exterior a través de la boca. Veía este trasvase de pensamiento claro y evidente, como un analista un flujo de datos. Por otra parte, desde muy joven, se interesó por todo lo que caía en sus manos referente a la empatía, eso de ponerse en el lugar del otro, y dio por sentado que el otro hombre, en un momento de sufrimiento (se imaginó tres causas posibles en un segundo, pero no acertó en ninguna), había cometido un pequeño error. Todos somos humanos.
Entonces Fernando lo miró a los ojos y le dijo: ¡Hijodeputa!