Labios.

El recato del otoño homicida:
hojas que crujen – nervaduras
rotas – debajo
del peso de las sombras
(hasta donde la memoria llega
ese rumor es presagio de muerte).

Un beso, llamarada de leves notas,
hacia la piel extinta, se pliega,
como la zarpa hambrienta de la bestia:
un sollozo en la garganta.
Se hace tarde, la dicha no espera,
la luz se ahoga en heridas indolentes.

Y sin embargo, tus labios
siguen siendo la medida de mi cuerpo:
un lento avanzar de aguas
hacia la estepa deshabitada;
un lento rugir de fauces vanas
hacia la noche incandescente.

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Ojos.

No te lo pude decir con la mirada
pese a que mis ojos se clavaban en tu rostro:
Siempre andando a ciegas por el universo de mi ombligo.

Quizás el río en que fluía
la luz violácea de la tarde
– en sus oscuros meandros, en sus cenagales invisibles –
no fuera más que un tiempo lleno de vivencias desdeñables.
Triviales paisajes tatuados por el viento
en la piel de la costumbre – fuego sobre fuego -.
Quizás la palabra cayera por su peso
en la tierra agrietada, bajo la el mármol de un eco entumecido.

Busqué en las voces de otros:
en sus metáforas, en sus símbolos,
en sus símiles… en el cielo de sus fauces
– por si algo quedaba reservado al misterio -;
cómo decírtelo;
sólo quedó la silueta de un hombre
renco, arqueado hacia el lado,
acercándose a Dios con el oído más próximo
al suelo – quién sabe
qué futuros -; y
una página en blanco llena de vacíos:
de posibles, de anhelos, de miedos.

Hay diminutos seres sin materia ni conciencia
en torreones de granito: neblina de memorias,
preludio de cuerpos
desnudos; tierra prometida, frenesí de corales
espectrales, regocijo de músicas
venideras:

Páginas en blanco virginales e inexploradas
para que las anegues con torrentes
de tinta, de luna:
y de sueños.