El hombre del saco

Los mares de la calma en que habita la esperanza
los ojos que miran fijamente la luz de las cosas
la espera que marca y te transforma en otro
cuando las manos entumecidas se tornan en un puño.

Se resisten las voces a quedar calladas en el abismo
sólo claudican los malos amantes en la noche oscura
y vuelven los ídolos en sus pedestales a ser sólo ídolos
y los dioses vagan por el Olimpo ociosos, sin gracia.

Vuelve tu boca a pronunciar ese nombre ante el espejo
y las formas y los colores, todos evocan tu cuerpo,
baten las alas las aves a lo lejos, en el horizonte,
mientras la nube pasa con su nariz de payaso
para quedarse inmóvil una fracción de segundo:

Quizás eso sea la eternidad, algo más mundana
de lo que nos contaron.
Quizás el tiempo no cese, sólo nuestros ojos
que ávidos de calma inventan el instante
en que todo llega y nada pasa de largo.

Quizás, ahora, en mi cama tumbado,
el espacio y el tiempo sólo sean la mortal mentira
con la que con forma de hombre del saco
me enseñaron a tener miedo del hombre y la alegría.

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¡Ay corazón!

¡Ay corazón! ¡Ay corazón ignorante!
desterrado de este tiempo
desterrado de este aire
hundido a ras de suelo.

¡Ay ignorancia que late
en mi pecho! Y digo
con palabras de amante:
¡De miedo tiemblo! ¡Herido!

¡Ay si fueras tierra,
camino,
verdad que verdad encierra!
¡Solo, conmigo!

¡Frío, sí, frío en mi pecho!
Aún noto tu cuchillo
acero y espalda uno
lecho, humilde lecho
chiquillo, humilde chiquillo
¡Mar, humilde Neptuno!