olvidado en el insomnio de tu nombre…

Cuando
te falte la claridad en la antesala de la noche
pero aún estés a tiempo
de descorrer humo neblinas y mares;

cuando
tus lágrimas corran sin tristeza, sólo heridas,
por la piel aletargada de los labios en silencio
y quemada por astros taciturnos y somnolientos;

cuando
quieras coger todos los trenes
y dispersarte y extenderse – despacio –
por los límites de la memoria del asombro;

cuando
el vértigo nazca de las sombras
de copas de ceniza y cristales ciegos
hasta techar el cielo del cielo… de tu boca;

cuando
abras tu cuaderno polvoriento y no recuerdes
el número y la excusa que había en tus ojos…
y sonrías;

entonces
sabrás – sólo entonces –
que has tropezado con mi cuerpo
que tengo la costumbre de ir dejando
moribundo, por el suelo,
olvidado en el insomnio de tu nombre…
sin saberlo.

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Intentando aprender a escribir (4)

Por mucho que brillara el arco iris que tus ojos anunciaban, y que los corceles de luz que impresionaban mi retina con esbozos de tu ser en su costado relincharan, por lo bajo, casi rozando el cálido suelo (¿acaso insinuaban el silencio que quedaría en el vacío más absoluto de la mañana?); por mucho que la madrugada se cubriera de música que brotaba de los altavoces viejos y sucios y que, como una cascada, terminaba humedeciendo la superficie de losas irregulares… por mucho que ahora yo diga (y comprendo al pronunciar estas palabras que, a veces, resistirse no cambia nada)… en la tierra se pudren los recuerdos; siempre. Serías eso: un recuerdo que a las horas comenzaría a esfumarse, el resto de un árbol después del incendio; un nombre colgado del vacío que crujía al romperse; un rostro que comenzaba a poblarse con la neblina de la desmemoria; unas palabras (o su eco, no lo tengo claro) que desmenuzaron los minutos siguientes y que no pude recomponer: Una idea, la salvación que me hacía falta – ni más ni menos – en ese instante.

El sol salió y calentó las cañas que escoltan el eterno devenir de las aguas de aquel río anónimo, y el asfalto del que mucho después emanaría el vapor que dibuja en el aire el fantasma que un día seremos. Todos volvimos a nuestra vida cotidiana. Mas a veces, como ese sueño que no recordamos de la noche anterior, pero que a la hora del café, a media mañana, descarga detrás de nuestros ojos, como un hachazo certero, unos datos mínimos; sé que estuve frente a ti. Incluso así, por mucho que quiera evocarte, unos labios moviéndose en una atmósfera confusa es lo único que se dibuja en la pizarra de mi existencia (a la que sigo mirando con ojos de niño), junto a cuatro quimeras tontas que aún me quedan; una suerte de belleza que impresionó (debió ser así) mis sentidos. Y la tristeza de no tener la memoria de un libro que siempre cuenta el mismo relato; nada. O poco más que nada. Una mísera batalla perdida en las fronteras del alba.

Dios estaba al lado. Bailaba. No me llevo bien con Él y me da cosa preguntarle si recuerda tu nombre. Me parece egoísta, ventajista, oportunista… no, eso no se hace.