Una siesta de septiembre.

El pasillo en que el acontecimiento se desarrolla es desahogado, suficientemente espacioso; la luz, aunque tenue, me permite observarlo todo, no hay zonas en penumbra; lo capto todo perfectamente, al modo de una cámara de seguridad instalada en el techo, con una cierta inclinación respecto a la horizontalidad del mismo. ¿Quién eres tú, qué recuerdo o futuro evocas, qué imponderable, de quién? Te veo desde el momento justo y no tengo sino que imaginar qué te ha llevado allí, porque eso no lo he contemplado, pero se me aparece como claro y evidente al despertar. Forma parte de la narración, lo sé, estoy seguro. Todo comienza en el giro. Levantas el talón de tu pie izquierdo, dejando sólo la parte delantera, de una suerte de madera pisando el firme reluciente; y con el derecho te impulsas, haciendo, como digo, un viraje de ciento ochenta grados sobre el eje imaginario que atraviesa tu cuerpo, de arriba hacia abajo; volviendo por donde creo que viniste; y ahí queda él, el otro, con el encendedor asido por su mano derecha, con su pulgar que acaba de activar el mecanismo de la llama, y su brazo formando un ángulo de noventa grados con respecto al resto del cuerpo. Su rostro empieza a curvarse, se dibuja en él una sonrisa torcida, aviesa… ¡si has sido tú quien le pidió fuego! Cómo lo dejas así, sin hacerle caso… Cómo actúa la vergüenza, qué pudores nos inculcaron de niños. Es el otro el que lo pasa mal, puedo leerlo en su estampa; la que dice, que no me haya visto nadie… mientras tú, personaje principal de este sueño, te alejas, con garbo, con una desenvoltura que presagia que vas de eso, de soberbio, de altanero; alguien, que estando por encima del bien y mal, mira la vida y la muerte con unos ojos nuevos… La escena me hace tanta gracia, es tal lo vívido, lo real, lo elocuente de este sueño, que despierto de él entre sonrisas, con una hilaridad desproporcionada, de una siesta que recordaré siempre.

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Nubes.

Ahí está:
en el cielo, atrapada
en la tarde, inaugurando
abismos, postergando
humedades o promesas de humedades
a estas tierras endurecidas y cansadas
tras el paso del verano.
Plomiza y fatigada, y a aun así
inextinguible modelo de decoro…
Sus accidentes, la inclinación
con que la luz recibe,
su textura…
hacen que no aparente otra cosa:
una nube, diría
cualquiera; y sin embargo
es palabra, respira
y piensa
en el ritmo que imprimirá
a sus granos, a sus cristales
trasparentes
antes de lanzarlos contra el mundo
y despertar
ese olor a mojado de las cosas
con que, sin saberlo,
crecimos.

Otros relatos breves del tiempo primero.

Cuando una puerta se cierra…

Clac, cerró la puerta y se le cayó el cielo encima. Se había dejado las llaves dentro. Era viernes y, como casi todos menos cuando no tenía guardia, se iba a pasar el fin de semana a su pueblo, a casa de sus padres.

Se lo pasó relativamente bien, aunque por la noche de ese viernes no salió, excusándose con que estaba cansada. El sábado aprovechó el tiempo, tanto en tareas domésticas, como al poner al día unos apuntes del trabajo, y, respecto al ocio, lo disfrutó, mucho. El domingo fue otra historia.

Cien evasivas le hicieron falta para hacerle creer a su familia de que el lunes no trabajaba. El martes igual; el miércoles la llamaron del trabajo. Chica, qué te pasa, debías haber entrado a trabajar el lunes y no sabemos nada de ti, le dijo el responsable de personal del hospital. Ella, como quien enuncia que dos y dos son cuatro, le dijo que el viernes se había dejado las llaves del piso de alquiler en donde vivía durante la semana dentro y que no podía ir a trabajar sin tener dónde quedarse. Que mientras que tuviera turno de mañana podía utilizar el transporte público y volver a casa de los padres, pero que con el resto de horarios tan arduos necesitaba un alojamiento, y que como no podía acceder a su vivienda, pues eso, que aún no había encontrado la manera de casar su obligación profesional con la necesidad de tener un hogar. Oye, dijo el interlocutor, pues llamas a una cerrajería, te abren la puerta, te cambian la cerradura y ya está. Ella se negó en rotundo. Me niego en rotundo, dijo, no está bien ir forzando cerraduras. Damos por sentada nuestra libertad y nuestro derecho a la propiedad, y no veo bien servir de ejemplo a nadie forzando una cerradura. No puede ser. La sociedad que conocemos se desmoronaría si todo el mundo actuara así, dando ese ejemplo. Imposible. El interlocutor le dio un ultimátum, tenía que ir a trabajar. Pues no, dijo ella, si hace falta ahora mismo renuncio a mi puesto.

Escribió su escrito de renuncia, lo copió en un pendrive y se fue a la papelería de la esquina a que se lo imprimieran, firmarlo y mandarlo por fax al departamento de personal. De paso le dijo que imprimiera también una copia que llevaba en ese mismo dispositivo de su currículum. Desde ahí se fue a dos grandes supermercados que había cerca en busca de un trabajo.

El día siguiente, jueves, se sentó a la mesa, verduras a la plancha y un par de filetes. Su padre le pidió explicaciones por aquella extraña semana, ella jugueteaba con su filete, lo dejó de súbito, se levantó ágilmente cogiendo la cabellera del progenitor con una mano, poniendo el cuchillo, asido con la otra, manchado de cerdo, en su cuello. Si se vuelve a hablar en esta casa de algo relacionado con lo que ya sabéis, os mato. Se volvió a sentar, siguió cortando el filete y, de golpe, una risa de perturbada asomó a su rostro, dirigiendo la mirada hacia su madre y diciéndole, con voz gutural, ¿has visto lo que ha hecho la cochina de tu hija?, frase que recordaba recurrentemente de la película El Exorcista, pero que en la vida había tenido la ocasión de mencionar en una situación tan hecha a medida como ésta. Nunca más se habló de ello, todos continuaron como si nada hubiera pasado, como si todo fuera así desde siempre y para siempre.

Por la tarde recibió la llamada de uno de los supermercados, la contratación era inminente, en principio porque se acercaba la temporada estival y había que cubrir las vacaciones de los empleados fijos. El lunes siguiente empezó a trabajar, y, por lo menos conscientemente, no echó de menos la medicina ni nada parecido, andaba reponiendo pan de molde, refrescos, y demás objetos dispuestos para su venta, felizmente, como si la realidad fuera un colchón mullido sobre el que caer. Y caía con gracia.

En ese período de tiempo continuó pagando el alquiler del piso de la capital de provincia, así como el mínimo del agua, luz… Pero algo en su interior le decía que esa no era la postura correcta. Se empezó a notar porque cuando salía del trabajo, unas veces con un compañero, otras con otra, iba al bar de la esquina al terminar la jornada laboral a tomar unas cervezas. Sin saberlo, empezó a tomarle el gusto a ese aturdimiento, el fuego que acudía a sus mejillas, el olvidarse de su pasado de un modo tan simple.

Del mismo modo, empezó a salir todos los fines de semana y a beber con el único límite que el presupuesto mensual le ponía, gastos de alquiler de un piso que no usaba, luz… Por ello, porque el dinero no era infinito, muchas veces salía y bebía algo, rematando la faena al llegar a su habitación, en soledad y silencio; ginebra a palo seco, sin hielo siquiera, maldiciendo al inventor del dosificador. Pronto conoció las drogas, en todas sus vertientes, en una escalada peligrosa. Luego bajas laborales, especialistas en deshabituación, y, finalmente, una granja para toxicómanos, donde, una tarde soleada, mientras que ataba en alto una tomatera para que sus tomates no rozaran el suelo, se dijo, cuando una puerta se cierra, ninguna se abre. Ninguna. Nunca.

Un pase demasiado largo…

Este señor mayor iba por un parque, con árboles más o menos altos, y la vegetación más o menos cuidada. En él había un pequeño campo de fútbol en el que jugaban unos niños que rondarían los seis o siete años. Uno de ellos le pasó el balón a otro, y, aunque el pase era demasiado largo, desmedido, un rival tocó con la punta de su deportivo el balón, haciendo, ahora sí, imposible el control, y saliendo, el mismo, por la línea de banda. El señor, con demasiada ropa para esta época del año, se agachó y recogió el balón, ofreciéndoselo al niño, y, mientras hacía el gesto de dárselo, le preguntó, por decir algo, en qué posición le gustaba más jugar.

El niño respondió que más que buscar una posición en el terreno de juego, estaba buscando su posición en el mundo, en el Universo en definitiva, y que había observado que la vida de los hombres es, al fin y al cabo, la vida en convivencia, y que en ello tenían que decir mucho las diversas teorías políticas que se habían ido desarrollando a lo largo de la Historia. Yo, prosiguió el niño, me inclino por que la teoría marxista tiene que decir mucho todavía; ya sabe, aquélla que estuvo influenciada por el principio utilitarista de la felicidad del mayor número que ofreció la Revolución Francesa, y la Revolución Industrial, que convirtió al hombre económico en lo más respetable de la sociedad, lo que llevó al espíritu reivindicativo de las masas; ésa cuyos antecedentes son las teorías de Babeuf, Blanc, seguidas de posturas más radicales como las de Proudhon, que a su vez influyeron en otros revolucionarios como Bakunin, pero que al final el que puso el punto sobre la i fue Marx, con su pretensión de hacer del socialismo una ciencia. Él fue, en definitiva, el que aportó a la ideología socialista una filosofía, el materialismo dialéctico; una sociología, el materialismo histórico; y un proyecto político revolucionario. Y soy de la opinión de que, pese aparentar su desaparición, quedando sólo unos reductos que se dicen comunistas en todo el orbe, aún tiene mucho que decir, porque de lo contrario este neoliberalismo salvaje, en el que todos tienen derecho a todo, nos llevará a la hecatombe. Sin embargo creo que de nada sirve que esos poderes invisibles se puedan asentar en otros lugares donde no se les ponga trabas. Por ello todo esto se debería perfeccionar con la idea kantiana de una ciudadanía universal, aunque haya que llegar a ella con una especie de revolución permanente. Pero sí, en el campo de fútbol me encuentro bien en el puesto de interior izquierdo.

El otro niño, que le había dado el pase, tras una clara intención de jugar sin balón adentrándose entre dos contrincantes, y no habiéndose reanudado el juego, se dirigió al de la banda prácticamente gritándole, hijoputa, ¿vas a sacar o qué?

El señor mayor, continuó paseando, en silencio, diciéndose a sí mismo que en la vida volvería a preguntarle nada a un niño de seis años, se quedaría, sentenció interiormente, en la comodidad de lo ya sabido, en sus días iguales.

Era mayo, última hora de la tarde, y declinaban los segundos como declinaba el último Sol, y anduvo, deshaciéndose de sus pasos y su sombra; pasos que lo llevarían a casa, a, un rato después, buscar la cena, como se dice en mi pueblo.

El entierro…

La tarde empezó mal: no pensaba quedarme durmiendo y, por ello, no puse ninguna alarma en el móvil ni nada parecido. Cuando desperté no era demasiado tarde pero tuve que hacerlo todo deprisa, me sentí agobiado, debo confesarlo.

El caso es que llegué a tiempo. Allí estaba él, sigiloso, humilde; pasaba entre la gente sin afán de protagonismo. La gente le decía, Fernando, te acompaño en el sentimiento, y él, quitándole hierro al asunto, se limitaba a dar las gracias por su presencia y añadía un todo llega, todo llega.

Después se acercó a su hijo, le dio un beso en la frente y le dijo que no lo olvidara jamás y que siempre tuviera presente las cosas que le había enseñado, principalmente, aquello que más recalcaba, llévate bien con los bancos. Luego se dirigió a su mujer,  le dijo que la quería y le dio un beso en los labios –sin humedades-.

Se dirigió a su ataúd, se metió en él, se acomodó y cerró los ojos.
Una hora más tarde lo enterramos.
Llovía.

Así será: soy carne de francotirador en autobús secuestrado.

Tomaré en un autobús con destino a cualquier parte, a mitad de trayecto sacaré mi pistola y encañonaré al conductor y echaré las cortinillas de todas las ventanillas. Un autobús parado en medio de la carretera unos minutos despertará las sospechas, una patrulla de la Guardia Civil husmeará y verán lo que ocurre; dentro la gente está un poco asustada pero no es lo que esperaban… ya ha pasado un rato y estoy consiguiendo lo que me proponía. El caso es que llegarán los negociadores, me harán llegar un teléfono y yo les diré que de momento quiero un montón de hamburguesas con otro montón de Coca-Colas, al rato pediré un arroz y conejo, y luego unas gachasmigas, y las quiero ya, diré para que me tomen en serio. Fuera cundirá el pánico, pero lo que no saben, siempre hay un velo que nos tapa los ojos, es que dentro estamos comiendo, riendo a veces, les explico las ventajas de una dictadura de los osos amorosos y les hablo de la noche en que llegué borracho y lloré con un párrafo de San Manuel Bueno Mártir… He dejado una cortinilla un poco descorrida, el francotirador ve mi nuca y el camino expedito, aprieta el gatillo y así acaba mi existencia: en el último momento todo tiene sentido, he sido escuchado y tengo el estómago lleno.

Fernando caminando por la acera.

Fernando recorría la avenida por la acera a la cual se abrían las puertas de los comercios, de los que salían ráfagas de aire frío y cataratas de música electrónica. Era una tarde de verano en una calle del centro de una ciudad en rebajas. Las bolsas de los comercios tomaban la iniciativa, y las personas que las portaban eran, en verdad, quienes las seguían. Iba pensando en sus cosas, como siempre, pero atento al tráfico humano, y a una velocidad acorde con las circunstancias.
La persona que venía de frente, la que iba a chocar con él, no. Iba también ensimismado en sus pensamientos: vaya casualidad que me comprara un coche de gasolina y a los cinco meses perdiera el trabajo, y que el de ahora esté tan lejos. Hubiera sido mejor comprarlo diesel; lo peor es el horario, y, aún más, los compañeros, que llevan años y años en la empresa y me miran raro, como el nuevo… seré el nuevo siempre, me han puesto esa etiqueta. La diferencia es que esta persona, la que iba a chocar con Fernando, no iba atenta a las trayectorias de los demás ocupantes de la acera por la que circulaba. Iba, más bien, con la cabeza gacha, con los ojos dirigidos al pavimento, objeto, en ese instante, de sus maldiciones; aunque el gesto de su cara era el del que pensaba encontrar en él, en el suelo, consuelo y respuestas.
Como digo, chocaron: el hombro del segundo hombre se clavó en la clavícula de Fernando, llevándose éste la peor parte ya que su inercia era menor.
Fernando logró mantener el equilibrio. Pensó en aquello que aprendió de joven de boca de su tío preferido, el sabio no dice lo que piensa, piensa lo que dice. Él, aparte, lo había visto claro, en un intento de dotarlo de significado lo imaginaba así: todo lo que decimos sale del corazón, sube por el cuello hasta el cerebro y sólo después de ese filtro alcanza el exterior a través de la boca. Veía este trasvase de pensamiento claro y evidente, como un analista un flujo de datos. Por otra parte, desde muy joven, se interesó por todo lo que caía en sus manos referente a la empatía, eso de ponerse en el lugar del otro, y dio por sentado que el otro hombre, en un momento de sufrimiento (se imaginó tres causas posibles en un segundo, pero no acertó en ninguna), había cometido un pequeño error. Todos somos humanos.
Entonces Fernando lo miró a los ojos y le dijo: ¡Hijodeputa!

El olvido en tres actos y un amanecer.

Todo nace en el silencio y muere en él.

En el silencio…

Al fondo,
en la estancia,
el artista juega con sus pinceles:

Intenta representar lo etéreo: el tiempo evaporándose a golpe de sol.
Busca lo conocido – se dice -, la luz que te ha de guiar por el lienzo;
y comienza por las lágrimas que inventan la ausencia de nadie,
la imagen que se deforma en los fragmentos de un espejo roto,
los corazones ofrecidos
en la hora decisiva del día.

Todo lo demás permanece:
Las sílabas desmenuzadas que invocan el resto de la ciudad,
el submundo de los ecos como coros de verdades,
los dinteles de la luz en cada gota de rocío – fulgor ahogado
en el repiqueteo de una campaña que acaba con el sueño
y nos hunde en otro sueño, como
un martillo golpeando un metal incandescente y mudo -;
y el atisbo de masacre por si todo cesara
en su mente
antes
de que salga de sus manos la obra de su vida;

como un verso que se ahoga
en la garganta
– por la rabia –;
antes de ver la luz del día.

En otro lugar del destiempo…

Vuela, como un ave, con su batir de alas, con la evocación del silencio
– la potencia a un instante de convertirse en acto -,
como el misterio de la última palabra pronunciada por el moribundo;
el cóctel molotov lanzado contra los tanques de la desmemoria:
El último discurso que en su mente habita:
La imagen
de ella,
el reflejo del fuego
en sus ojos:
La hora de la verdad: ese
evitar el silencio por miedo a oírse
a sí mismo: La posibilidad misma
de olvidarla: La hora
tan temida.

En un lugar del sueño…

En medio del rugir del viento
cuando se pierde
por los esqueletos de los árboles

se duerme:

Todos los relojes de arena de la noche toda…
sus cristales se fragmentan
y los granos – gramíneas de lo que fue tiempo –
forman un macizo ante sus ojos.

Asciende,
en su camino se suceden las estaciones, confusamente:
nieva mientras la tierra da su fruto, mientras
los árboles tienen y no tienen su vestido…

A veces es un niño,
a veces es un viejo.

Llega a la cima, se da cuenta
que ha dejado en el camino todo
y todo olvida.

Se van sellando sus pupilas
por la luz que, por momentos,
se le acerca:

Busca lo conocido – se dice -, la luz que te ha de guiar por el lienzo;
¡La estrella que te ha de orientar en la noche más negra!

Y despierta
y ya no es el mismo.

Amanece

Amanece:
Pasea, vigilante,
por la orilla del mar:
Se detiene un instante,
y una ola, minúscula,
llega hasta sus pies;
no lo alcanza.

En su huída,
la arena se disfraza de humedad delicada;
la mira, conscientemente,
y, de entre los gránulos resplandecientes,
elije uno más oscuro;
lo observa, tristemente,
y se dice y se repite
– intuyendo y sospechando
con una claridad meridiana
que no admite, que niega, su propia mente -:

Aquí estuvo el amor.

Y se olvida de sí mismo
continuando su camino…

El viento, la marea
– cuando suba –;
borraran sus huellas:
él será niebla espesa;
y el mar
quimera, y olvido, y quimera…

Voz en off (del poeta)


Se me antoja misteriosa
la pérdida de este personaje
que no existe:
Siempre tendré en mi recuerdo
su olvido.

De fondo, una música, un sonido
– casi imperceptible –:
Una sucesión de segundos, la fricción
de cada uno con el siguiente… – casi inaudible -,

porque

todo nace en el silencio y muere en él.

Baldosas policromadas.

Te abrigan las sombras
de las casas de pórticos cerrados
y ventanas
entreabiertas donde
nacen los latidos de la siesta
– rumiando minerales, las gargantas anónimas
y languidecidas, funden roncos sonidos animales -;
Te fijas en el motivo
que los cuadraditos de baldosas policromadas
dibujan en la acera
y, como un reto,
procuras que tus pasos se adecúen
para no pisar las líneas.
Llegas
antes que yo: observas
la decoración de este café
y te asombra su limpieza.
Te acomodas (¿Quiere algo? No,
espero a alguien)
Y aparezco
con la frente de sudor inundada.
He venido por la acera soleada
(¡Error: agosto, en qué pensaba!)
Eso sí
procurando no pisar las líneas
que los cuadraditos de baldosas policromadas
dibujan en la acera.