Es la hora más antigua…

Es la hora más antigua:
la noche esculpida en lápidas indiferentes,
variaciones de hechos en el éter confuso,
danza de sonidos, de fechas y de olores
familiarmente dispuestos

como siempre
    como siempre.

(¿Qué asombro arrancarle a la nada?)

¿Quién
quién acusa a su propia desgana?
¿Quién
quién busca en sus adentros el responsable?

¿De qué herida
    que creímos cosida
    – cerrada –
se escapa un haz de sombra funesto
    -por suerte leve –
anegando la madrugada?

¿Qué manos – cómplices –
acuden a cerrarla?

Las de siempre
    las de siempre.

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Tinta.

Marcaba la página de un libro
con otro, y éste
con otro más pequeño;
éste con uno diminuto,
y éste,
con la lágrima que caía por su rostro
por los ojos cansados.

La tinta, casi corrida,
era el principio, a la mañana siguiente,
para seguir buscando una verdad
que los sueños le negaban.

Charcos.

Sin brújula ni sextante;
sólo pasión y flaqueza.

Con la comisura de los labios reseca
de hablar solo por las calles,
de pisar rostros de esperanzas que
se dibujaban en los charcos,
la noche ciega de estrellas
las estrellas heridas de asco;
y ella, ella, ella…

Sus ojos abisales de un negro profundo
e inconsciente – qué miran, qué fortaleza
remueven, qué sangre
han crispado -.

Su cabello del color del tabaco, y ese
mechón que cae sobre su frente
esbozando
las zonas erógenas de la luna: su
cara oscura – aferrarse
a su espalda sin ver su rostro -:
cráteres de olvido.

Mueve sus caderas al son
de la lengua bífida de serpiente
que nunca
logró arrancar de su costado.

Y su afilada guadaña
y su arista reluciente:
Una cana al aire….
Ya inventará mil excusas
cuando le pidan explicaciones.

Presentación de un amor.

Indómita, bravía la sombra del tiempo;
el telón cae, y en la caída, en el último segundo,
el que parece que da sentido a todo,
– el luminoso tejer de la corona del espacio -,
queda atrapado en la tela de araña de tus manos bohemias.
Musita la palabra última y certera
cual música susurrada por la boca de los ciegos,
que de no ver, todo nombran en su esencia,
sin infamias de formas y colores,
sin trazos, sin contornos; sólo el tacto de sus manos
que ahora se hace palabra…
y haces eternos los amores y sus causas,
celeste el cielo, hondo el abismo en que sucumbe
el viento que nace del iris de tu calma…
y todo cesa, y la muerte no es tanta,
y cae la noche, y la sombra del tiempo
se oculta – indecisa, vacilante –
por si no cuentas con ella
mañana.

Una noticia embarazosa.

Sonó el radio despertador.

La voz que emanaba de la emisora de costumbre era hueca y confusa, o así la percibía. Fernando abrió el ojo izquierdo, luego el derecho, y luego la boca para emitir un sonido gutural que delataba que no había descansado. Aguzó el oído cuando la locutora procedió a enumerar la combinación de números ganadores de la Lotería de los Calvos del día siguiente. Sólo tenía que esperar un día, había pillado un pellizco.

Sin embargo lo embargó el pesar de una cuenta pendiente sin resolver, tenía que hablar con ella. Mierda, pensó.

Descalzo fue al baño. Hoy no me ducho, no me gusta echar mal olor; se limitó, a su pesar a situarse encorvado en el lavabo. Un chorro de agua del desagüe brotó, mojó su cara y, formando remolinos concéntricos justo al lado de sus ojeras, se encaminó hacia el grifo donde fue a desaparecer. Llegó a su cuarto, abrió el cajón de la ropa interior. Un par de calcetines verdes correctamente ovillados de desenmarañaron situándose uno al lado de otro, y, con el correspondiente balanceo de caderas – como un dúo perfecto de bailarinas de cabaret – le dijeron, Fernando, ponnos a nosotros, recuerda, unos calcetines verdes son los mejores para dar una mala noticia. Quiso mirar a otro lado, eludir la responsabilidad, quitar de en medio de su vida eso… pero sólo halló una pared que, al derribarse, mostraba un bosque de árboles invertidos con hojas verdes con forma de calcetín que, de dos en dos, le decían, ponnos a nosotros, es lo mejor para dar una mala noticia.

Bajó a la calle, con el par de calcetines verdes, los cuales evocaban episodios juveniles en un campamento de verano de un país que absorbió el olvido. Arqueó la ceja derecha y un taxi lo paró.

De camino al trabajo, en el taxi, no pudo escabullirse del pensamiento que lo envolvía. Quiso mirar hacia otro lado y probó a guiar sus pupilas hacia arriba, hacia arriba… con tal mala suerte que no midió su fuerza y quedaron fijadas hacia el cerebro, donde, ahora sí, el pensamiento parecía más nítido. Por suerte un golpe de tos volvió todo a su origen.

Subió a su despacho, saludó como siempre a todos los compañeros y clavó la mirada en ella, coraje, se dijo, coraje.

– Mira X., tengo que hablar contigo.
– Habla.
– No, aquí no.

Un zumbido en el centro justo de la cabeza, la boca seca, la frente con el sudor frío: el puzle de nerviosismo que sostenía su ser.

Al final la coyuntura de tiempos y espacios que sus colegas ocupaban los situaron en la ocasión perfecta para la confesión.

– X., no sé cómo decírtelo, dijo balbuceando (de hecho, mezcló silencio incómodo y una leve partícula de saliva que involuntariamente fue catapultada su boca en la pronunciación de  la “te” de “decír-TE-lo” y que vino a posarse en la solapa de ella. Ni se dieron cuenta); y por fin lo dijo: ¿Recuerdas X., hace dos meses, el día que fuimos a cenar al salir del trabajo, y que acabó en mi piso… ya sabes? Pues me he quedado embarazado.

Aquí acabó el sueño… más bien la pesadilla.

Tras lo confuso del despertar respiró profundamente y se sonrió. Le quedaba media hora hasta que sonara el radio despertador. La vivió como un regalo, arrebujándose entre sábanas y cubierta desordenadas por los movimientos pesarosos de la noche que acababa.

Fernando se dirigió a la ducha y en ese preciso instante sonó su móvil. Vio en la pantalla en contacto y dijo:

– Dime X. qué temprano para llamar ¿no?
– Sí, es importante, tenemos que hablar, y pronto.