Todo sobra

Este oasis de un otoño de color:
ya es bastante.
Empezar a darle sentido a lo que soy:
todo sobra.
Dejar atrás
ese quebrar de huesos suspendidos en el aire…
y en el miedo.
Y sólo un anhelo, que no me alcance
nunca más
la geometría de la indiferencia.

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Desnudos

Estamos porque hemos venido, parece
una idiotez
lo que digo, pero digo
estamos porque hemos venido, y ya es mucho
que los jirones que nos hemos dejado en el tiempo, en
los bares (llorando), en los espejos del día después
(temblando), en el río
en que nos bañamos, y el vino
que esperaba a la salida, o el frío
de las largas noches en vela, que calaba
hasta los huesos; la hiel
y el cansancio, no han sido
suficientes
para que no vengamos
a este día.
Venimos, y acatamos la sentencia
del tiempo que nos queda
mirando
al futuro,
con esperanza y con decencia,
desnudos.
Desnudos, como nacimos.

deshojar el tiempo en cenizas y esperanza

Yo quisiera comprender esa poesía:
los meandros del río que dibujas cuando andas.
Los pasos que constituirán tu vida
no obedecerán a una biografía, ni un destino; por mucho
que lo prometan los silencios y las sombras.
Como el ancho desierto que atravieso cada día
a ciegas:
clavo
mis ojos en un pensamiento firme:
¿Qué constituye los cimientos
de la vida?
… siempre está la culpa
que me canta al oído mi desdicha
gris, intrascendente: como el mudo grito ahogado
de los muertos y los nudos vegetales de sus huesos:
osamentas que desfilan en vano por los aledaños del olvido…
y un río que me quema:
estela
de tus aguas:
y mi naufragio.
Todo se funde en el ocaso
(me he perdido cien veces huyendo de la noche hacia la aurora…)
Después
nada,
siquiera
el vibrar de mi garganta (contengo
el aliento con angustia)
Nada, nada, nada, nada:
los cuatro puntos cardinales de este cuerpo.
Baja, te espero,
donde dios sueña el sueño de los hombres
donde los espejos no reflejan imagen alguna
donde el amor escapó por vez primera
de las sombras
y vio la luz:
y la luz penetró las aguas:
claridades efímeras; sólo eso… sólo eso…
el resto
palabras.
Entro
entro en ti
como la luz en la noche destruyendo lo sabido:
certeza de la carne y su nado a contramuerte:
deshojar el tiempo en cenizas y esperanza.

… matando el tiempo hasta que el tiempo me mate …

Detalles y matices esperan durmiendo
tras la piel: siempre,
con la persistencia del pan
que se amasa
día tras día; siempre (hoy nevará en el infierno,
y las placentas de las madres envolverán el frío primero;
seres que desde la sombra la luz alcanzan: ilusiones:
la vejez se lleva en la sangre: sin vela
no hay noche)
Siempre el soliloquio ante el espejo o la estampida
si el cristal contradice mis palabras:
Siempre
matando el tiempo hasta que el tiempo me mate.
Siempre,
siempre vuelve la primavera tras la imperiosa llamada del amor
y la luz se adentra por mis ojos
hasta que miren y crean, o por lo menos
recuerden
por qué enfermaron… A veces
me veo en el espejo, junto a mí,
diciéndome al oído: eres
la vieja guardia, y sabes
cómo matar el tiempo hasta que el tiempo te mate.

Abro los ojos a la hora en que la noche se marcha a casa
y quedo solo ante el espejo.

Otro mañana que es hoy: la sustancia
sobre la que se edifican los anhelos.

hacia el pan de mediodía…

Volaré
hacia el pan del mediodía
y en las comisuras de los labios
un sabor a ti…
La destreza de las horas bajando
el sol hacia el horizonte, haciendo
las sombras más alargadas sobre las aceras de la calle:
la tarde se llenará de zancadas alargadas y pasos hacia la nada
que conducen a una casa
vacía.
Volarán
las sombras hacia la noche para hacerla más oscura
confundiendo los caminos de las criaturas de Dios
para que el pan de cada día sólo sea
la tortura repetida de un recuerdo sin objeto:
un bosquejo borroso en la nebulosa de mi frente.
Echo de menos
un camino de vuelta a la alegría
la sonrisa reflejada en una botella de vino
los duendes de la locura revoloteando
por mi lengua
al hacerte promesas que nunca cumpliré.

con la seriedad del payaso que envejece de golpe…

Las nubes se visten de piedra
con la seriedad del payaso que envejece de golpe
las solitarias calles pintadas de tiza
miran el cielo
y rehúsan la luz huidiza que queda y aun así
todo lo impregna

Pasan los días como trenes mudos por estaciones de piedra
como hombres de piedra en estaciones mudas
sosteniendo un billete hacia la nada

El decorado del mundo se resquebraja
ante la mirada ausente de un busto de piedra
queda un segundo horizonte de piedras mudas
en el instante en que se comprende
que la mitad de la vida se ha ido
levantar la vista y sentir el vértigo

Pende un reloj del cielo
donde el tiempo transcurre rápido
donde el tiempo parece frío
hay un corazón de piedra en mi pecho helado
sostengo un billete hacia la nada

Evito como puedo
la resaca de las horas
el carmín apagado de un atardecer que hoy
no es visible
el ladrido de un perro que divide el tiempo en dos
y el gato que se aparta de mi camino en el instante que paso
y que queda en tierra de nadie: en tiempo de nadie

Los coches aparcados en la calle atestiguan
que llego a casa con la cara violácea del cadáver
lo juran y perjuran por los ídolos los dioses solitarios los altos campanarios donde
el tañido de las campanas
recuerda
que nada no nos protege
ni a mí ni a ti ni a las pequeñas cosas
baila el silencio en la garganta
las nubes se entumecen en el cielo
por el olor cortante
a ceniza
siento la mordedura de unos dientes invisibles
el grito de una garganta que alguien olvidó en la calle
la soledad que pesa en mis párpados
los pasos indecisos que me llevan a casa donde
¡sólo tengo unos versos por trinchera!

El hombre del saco

Los mares de la calma en que habita la esperanza
los ojos que miran fijamente la luz de las cosas
la espera que marca y te transforma en otro
cuando las manos entumecidas se tornan en un puño.

Se resisten las voces a quedar calladas en el abismo
sólo claudican los malos amantes en la noche oscura
y vuelven los ídolos en sus pedestales a ser sólo ídolos
y los dioses vagan por el Olimpo ociosos, sin gracia.

Vuelve tu boca a pronunciar ese nombre ante el espejo
y las formas y los colores, todos evocan tu cuerpo,
baten las alas las aves a lo lejos, en el horizonte,
mientras la nube pasa con su nariz de payaso
para quedarse inmóvil una fracción de segundo:

Quizás eso sea la eternidad, algo más mundana
de lo que nos contaron.
Quizás el tiempo no cese, sólo nuestros ojos
que ávidos de calma inventan el instante
en que todo llega y nada pasa de largo.

Quizás, ahora, en mi cama tumbado,
el espacio y el tiempo sólo sean la mortal mentira
con la que con forma de hombre del saco
me enseñaron a tener miedo del hombre y la alegría.