Sin título (1)

Porque mi esperanza fue tal
– en aquel momento –
que los niños que jugaban en la acera
volvieron su vista al unísono,
¿Quién será aquel esperpento?
– pensaron
con palabras que por la edad
aún no les correspondían -.

Yo no voy a hablaros
de lo que sentí después,
porque
cuando se mira al pasado
– los años, unas cuantas horas –
de las sensaciones y los sentimientos,
todo es mentira:
juraría que el tiempo
siempre nubla la mirada.

Os voy a hablar de lo que hice
con tamaña esperanza:
nada.

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Buscándote

Algún día me encontrarás borracho por los bares,
cabizbajo, con un sabor metálico en la garganta,
apoyado en la barra mugrienta de la derrota;
y no será a ti a quien busque.

Secuestrando los olores de mis congéneres
y el calor humano que olvidan
cuando pasan.  Alguno
me dirá que estoy vivo, y que
con eso basta; entreabriré la boca, libando
la poesía en el aire; esquivando
las serpientes que cuelgan del techo, de camino
a la calle.

De camino a un sueño en que siga buscándote
sin ser a ti a quien busque.
Espero… y ya conozco
todos los tic tac de la tardanza; sé
del último pensamiento de las moscas:
revolotear por todo tu cuerpo y que me apartes
con desprecio…

Merodeará la vergüenza por el marco
del espejo
que me mire de madrugada; antesala
de las horas que pase buscándote
en mis sábanas.

Y no será a ti a quien busque.
Y no será a ti a quien busque.

Algún día encontraré tus ojos y miraré por ellos
el mundo.
Quizás comprenda,
entonces, que la única poesía
es saber vivir con uno a cuestas; y,
así, sin castigos – ni tuyo ni mío -,
seguir buscándote.

Sueño

Así pasó la noche,
soñando apresuradamente con despertar
y soñar el día;
desdeñando realidades y vilezas,
creando un mundo y un lenguaje:
un código con que circundar la vida,
y unos labios humedecidos de fatiga
de nombrarlo:
de tallar, a fuerza de voces, sus diminutos detalles
en el granito de la memoria
para saber que existimos.

Un hombre solo y una mujer sola
con la extraña sensación
de que la sangre sigue su curso, a embestidas,
bajo el légamo de la piel – donde el orfebre del ocaso
nos dio el verbo y nos arrojó a la tierra -,
sin tener en cuenta el témpano de hielo tras la retina
y el remanso en el corazón de unas leves ascuas ardiendo,
del que sueña
despierto.

Todo para que tal vez, como está escrito,
el tiempo torne verdadero al escaparse entre los dedos
incendiando los engranajes del olvido;
y que el recuerdo de cualquier día
se vaya cubriendo de polvo y telas de araña
como los muebles de una casa abandonada,
como el que se abandona al sueño
y – quién sabe -, a la vida:
al lento transcurrir de los años que cierra las heridas.

Pasos

Algunas tardes pasa una sombra;
resta palabras
a cada paso
del libro que leo, hasta
que queda en blanco.
Luego, en el polvo muriente que va
desde mis ojos al horizonte,
sus pasos se extravían
como se perdieron las cicatrices
bajo tu piel violácea,
como el suelo helado
bajo la nieve.

La noche partió contigo
y sólo queda la caracola de la tristeza
que puebla mis oídos
de los gemidos de otros.

Así sé que no estoy solo
y que cuando amanezca
la luz andará pisando las huellas de los pasos de sus hijos.

Pesimismo sin puntuación

    Tú vienes
de la tierra de la miel y las estrellas
de la pátina y la sombra sobre el tiempo
de los árboles carcomidos y el errante
    cielo
que acoge las heridas de las pérdidas
la melancólica luz sobre los campos

    Tú vas
hacía el cúmulo de nombres y de rostros
por el vasto mar de las pisadas
por el numerario bosque de lápidas esdrújulas
por el aluvión de las cenizas de la infancia
    que quiebran en domingo y en mayo
y en bisiesto
y en el frío más solitario

    Y mientras
con la cólera del exilio de las lágrimas
con los ojos rojos de
no
dar
crédito
del despotismo del dolor
con que alguien dispara
al pecho
de un recuerdo
de un solo recuerdo
    limpio
enmarcado en madera pobre y sabia
en el salón de cualquier casa
sabes
que algún día
    todo será
la forma caprichosa que tenga el olvido
en el fondo del mar de los ojos del que mira
    nada

Sopor

Me mostró la palma de su mano;
tras la piel casi transparente vislumbré
las cenizas de todos los ocasos, los astros,
los mares… que vio en su vida;
después
la cirugía
del suicida tallada en su muñeca,
– faltó poco -.
El fulgor de tanta belleza debió ser insoportable.

Levanté la vista con la guía
de su brazo
y contemplé sus ojos;
tras ellos la grandeza del universo
flotando entre lágrimas sin forma,
contenidas…
y con voz de otoño
sólo dijo:
soy la suma de mis heridas;
tan sólo.

… en Babia (Babia la llaman) …

Porque quizás sólo sea eso…

Ya sabes, estás
hablando – ¿te has fijado alguna vez
en el color de las palabras? -: del paso del tiempo,
de los ojos que te miraron, una sola vez en la vida, sin miedo;
fruslerías con las que has construido un discurso:
un edificio que siempre empiezas por el tejado
y, lógicamente, se tambalea… sin embargo
no importa: son almas amigas las que cierran el círculo
(en medio hay unos cubitos derritiéndose; unos vasos
exudando su pasado); y todo
está perdonado de antemano. Luego
otro – al que el hilo de tus palabras ha rozado la mejilla -,
da un respingo y edifica otro castillo en el aire
que también oscila sobre el terreno movedizo
de cualquier
noche de verano…

Nada, nada te ata.

Incluso puedes elegir el silencio, o
sisear una melodía imaginaria que sólo existe en ti
y que se enrosca al origen de tu ser – ¿qué será
eso? -. Te quedas
en Babia (Babia la llaman); en un
bucle de instantes que hacían pompas con chicles
de sabores siderales (aunque jurarías que eran de fresa).

La libertad debe estar enfundada en nuestra piel;
dentro, bien adentro. Es saberse en paz (más
o menos), en discutir, a veces, con otro que vive contigo
bajo tu mismo pellejo,
y un tercero que da fe del enfrentamiento.

Universos, universos…
cuando estoy en paz llenaría de silencio universos
enteros… cuando estoy en guerra
contra mí mismo, de palabras y de gritos y de lágrimas
henchiría el cielo…  quemaría el viento:
mi Babia particular: donde
estoy yo, conmigo, con mi otro yo… a veces, cientos…

Porque quizás
la libertad sólo sea eso…
Una cosa diminuta, casi invisible…
Quizás la libertad no sea tal sólo al practicarla
sino tan sólo el saber que está disponible:
agazapada, afilando las uñas aceradas
con que vaciar las cuencas de los ojos
al que viene a venderte una guerra que no es tuya.

Hay quien tiene bastante con gritarse a sí mismo.