Llanto

– Qué, ¿cuánto hace que has llegado?

– Nada, déjalo, hace cinco minutos.

– Supongo que las manías de cada uno son las que son, y la tuya es llegar antes de la hora acordada.

– Prefiero esperar a hacer esperar. Además, no sabía dónde iba a aparcar y he tomado tiempo de sobra. Por cierto, muy bonito tu nuevo barrio, en las afueras sin estar demasiado lejos del centro, o por lo menos de los colegios, los comercios, supermercados… tranquilo. Me gusta.

>> Oye, una cosa; al minuto de llegar ese hombre del final de la barra ha entrado, no ha dicho palabra alguna, se ha sentado… parece extraño. Tiene la cara desencajada, parece un alma en pena.

– El pobre… qué lástima. Me contaron su historia. ¿Sabes? Fue uno de los primeros vecinos de este barrio, cuando aún no había adosados ni nada de nada. Su casa está un poco más lejos; al terminar la última calle todavía hay que continuar unas decenas de metros por un camino de tierra. Se tuvo que mudar hace ya años.

>> Hace diecisiete años tuvo un hijo. Nació y se puso a llorar. Todo normal ¿no? Pues no. Nunca dejó de llorar. Días después de su alumbramiento le hicieron pruebas y más pruebas; nada, no sacaron nada. Era normal, todos sus órganos normales… pero no paraba de llorar. Sólo cuando dormía. Y cada vez que despertaba lloraba de nuevo.

>> Ese hombre lo ha pasado realmente mal. Y su mujer también. Viene un par de veces a la semana, le ponen un gin tonic y lo deja ahí, sobre la barra. Al final los hielos se derriten y se va, sin probar un solo trago.

>> Según me contaron al llegar al barrio, su hijo no sabe hablar, ni andar… nada. Pasa el día de la cama a un sillón especial (tienen que atarlo para que no se caiga hacia delante), y vuelta a la cama. Ya son diecisiete años llorando. Piénsalo, siempre llorando. Nunca mostró atención por nada, lógicamente; jamás pronunció “mamá” o “papá”. Se alimenta con una sonda, tienen que cambiarle los pañales y bañarlo como si fuera un crío pequeño. Siempre acaba durmiéndose, como si ya no pudiera llorar más, pero al despertar, lo mismo… un día, otro día…

>> Ha estado hospitalizado varias veces a punto de morir. La madre tuvo que dejar su trabajo; el padre, por suerte, trabaja en la empresa de un amigo, de un buen amigo según me dijeron; así que puede faltar cuando no puede más, y no le tienen muy en cuenta su rendimiento.

>> Cuentan que un día, el perro que tenían cuando el niño era aún muy pequeño, fue a ladrar, o sea, que hizo todos los ademanes y movimientos que hacen los perros en tales casos, pero que no salió ladrido alguno de su cuerpo. Otro día la radio no funcionaba, y la televisión tampoco. Sin embargo el padre acercó el oído al altavoz y oyó una especie de murmullo. Probó con unos auriculares y sí se oía. Era como si todos los sonidos de su casa hubieran cesado, como si se hubieran replegado sobre ellos mismos, como si hubieran cedido su espacio al llanto. Por aquel entonces él y su mujer hacía tiempo que no se hablaban. Una vida así agrieta el alma de cualquiera, pienso yo.

El hombre del final de la barra terminó de verter el refresco en el tubo de cristal hasta que el líquido alcanzó prácticamente el borde. Entonces empujó con la punta del dedo índice de la mano izquierda los cubitos hasta el fondo. Después pasó la yema de su dedo índice derecho alrededor del borde del cristal dibujando círculos, sintiendo cómo las burbujas que salpicaban explotaban en el aire, humedeciendo la piel de dicho dedo.

– Otra cosa; hace tiempo vivía aquí un viejecito, decía, siendo aún muy pequeño el niño, que lo había puesto Dios en el mundo para que nos recordara las injusticias; o que, quizás, fuera para que supiéramos que el mundo había muerto. Así – decía -, un día cesarán todos los sonidos y sólo quedará el llanto de los inocentes, del que éste es sólo una avanzadilla… Quizás el viejo fuera un pobre loco… no lo sé.

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Nocturno.

En las altas fronteras del ocaso,
en la arista de la vigilia del mundo,
donde la caprichosa luz del día
se desangra
y las bestias gimen su desgracia
– o su alegría –;
está el tiempo aferrándose
a la crestería de la silueta de tu cuerpo
plácidamente desnudo.

Recuerdo
el noctambulismo de luna,
la presteza
de la oscuridad más clara,
los ojos que miran la tierra
– quizás un cielo lleno de pupilas -;
el oráculo del corazón
divagando en sí o en no
sobre los hombros de los hombres;
y la cercanía: la fraternidad
más bien
de los labios
hablando del pasado más real
y el futuro más posible…
todo franqueza: la misma
con que la muerte trata a sus hijos.

Párvulos.

– Todo debe ser intercambiable; nada imprescindible. Mi madre ha mandado a paseo a mi padre, creo que está viviendo ahora entre la casa del campo y la de su hermana. Me lo imagino triste, recapacitando por qué se ha ido todo a la mierda. ¿Sabes Miguelito? Mamá lo ha sustituido por un tío con pelo largo, un poco más joven que ella. Se pasa la mitad del día bebiendo latas de cerveza y la otra mitad en el balcón fumando. Mi madre le ha dicho que no quiere la casa llena de humo, que a ella no le molesta especialmente, pero que quiere proteger mis pulmoncitos. Ya ves el tío cabrón, cuando lleva unas cuantas cervezas se dirige a mí, metiéndose la mano por el pantalón, no sé si será para arrascarse o para recolocarse el paquete; y luego me toca la frente. Casi emocionado, como si quisiera reprimir las lágrimas, me dice, te voy a querer como si fueras hijo mío. Ya ves, todo intercambiable.
– Joder Fernandito, debes pasarlo mal. Ya sabes, los caminos del alcohol son inescrutables. Luisita me contó algo parecido; su padre no paraba de bromear con que un día se iba a ir con una más joven y de la noche a la mañana hizo tabla rasa con su vida. Ahora ni se molesta en saber de ella…
– En otro orden de cosas, como dicen los puestos en oratoria, está buena la seño, ¿no?
– Y que lo digas, no me puedo quitar sus tetas de la cabeza. Cuando viene y se agacha, o cuando me apretuja contra ellas… Joder.
– ¿Por qué será esto así? ¿Por qué nos daremos cuenta de todo como adultos y de golpe, en unos meses volvemos a ser niños sin puñetera idea de la vida? Mira mi hermano que como sabes es sólo un año mayor que yo… Aún recuerdo nuestra última noche de compartir esta clase de conciencia: Nos reímos de mi tío Juan a más no poder con lo de comprar acciones de la CAM, de cómo le decía a mi padre que se animara, que eso no era nada arriesgado. A la mañana siguiente, mi hermano se despertó y era un chiquillo inocente sin memoria de su primera etapa. Cómo me jodió aquello. Yo, que no sabía que le había llegado la hora – recuerdo que era sábado -; al despertarnos le dije, con un grado de ironía supina, sin que mi madre nos oyera, nada, que hubiera invertido en Nueva Rumasa… y se quedó alelado, como si no hablara mi idioma.
– Ya te digo, yo a veces pienso que es el desencanto que acumulamos en tan poco tiempo lo que hace que nuestra mente se ponga a cero.
– La siguiente redención debe ser la muerte, ¿no?
– Supongo, pero para eso aún queda mucho… Mira a la seño… y disfruta.

Esta luz

Esta luz que me atormenta
y quema;
esta luz ciega…
Bajo sus sombras alzaré los brazos,
pediré – clamor de nervios en alto –
el bálsamo de tus labios a la tarde
herida de muerte
– herida de lluvia, herida de flores,
herida de mayo, de sol… de pesares –.
Llegaré hasta tu rostro arrancando girones
al aire.
Llegaré hasta el cáliz de tu boca
mientras el ocaso traga horizontes
mientras las nubes se alejan
– lentas, informes -;
    mientras renace la noche…
        con sus garras de amante;
            con sus exiguos luceros
                y nobles razones.

Sienes…

Me llevas
– el sol ilumina el camino –
por los senderos inhóspitos de la memoria.
Me fundo con las grietas de la tierra
cuando mi semblante se desvanece
al verte
al oírte
al olerte.

Hay algo sagrado debajo
de la corteza árida del orbe:
una suerte de humedad cautiva,
una bifurcación, en donde
lo que soy
y lo que puede ser
convergen
en un punto imaginario, tembloroso,
que recojo con mis manos huecas: mudas
de gritarme.

Como un solsticio que se posa en mi pecho
inaugurando el nuevo día; no hay
pasado que pese, ni
horas que pasen
sin sentido.
Todo tiene su mensaje;
la palabra, a su sustancia adherida,
es música,
un todo etéreo, zigzagueante,
ante la mirada
atónita al pensarte; hay más:
hay sombras festivas
labios en sangre
pies desnudos andando
hacia la tarde…

Calzadas, caminos,
veredas, senderos,
por las que caminan lo que pudieron ser
y no fueron
mi amor, mis amigos,
todo lo que conozco;
y una danza de manos huecas recogiendo su otra vida:
la que no vivieron…

Y unas lucecitas, como luciérnagas,
como mariposas en llamas,
que tornan y retornan
– con el inocente vuelo del sosiego de las mieles –,
al silencio, al comienzo,
al pensamiento primero…
al cósmico latir de la sangre en las sienes.