Sabéis…

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¿Sabéis lo que es vivir sin Dios y sin amor?
Abrir los ojos y decir,
otra vez yo.
Mirar al esternón,
bajo él, a media mañana, y decirle a tu corazón,
por qué no te paras.
Soy un tántalo de barro arrojado al mundo, sin sentido
alguno.

Un rugido omnívoro
(nada nadie!)
que hasta el tiempo fagocita o come:
los paraguas y las almas olvidados en el paisaje,
trayectorias y tratados.

Y las farolas – espeso el aire-
titilan y desesperan
abatidas de tanta noche!

Sin título

Como un muñeco de barro tropezando contra el mundo
no quiero el libre albedrío, dónde están
el bien la justicia la belleza
como un muñeco de barro tropezando contra el tiempo
un gemido quizás un aullido, de hambre y pena
o un silencio
un remanso de tiempo entre dos latidos.

La eterna espera

La eterna espera, suave,
casi pasa, como
un río seco: del silencio
del guijarro a los ecos
de los muertos.

Casi pasa, como
mi rostro indolente: ¿Quién
puso el cansancio
arriba, en la frente: la firme dovela
que se resquebraja y se
deshoja
en cisnes blancos.

Noche de alumbrado amarillo
y de pasos perdidos,
pasa
la eterna espera
cuando,
con pies descalzos
avanzo hacia tu río de luna:
del silencio de sus cráteres
a los trinos de los pájaros.

Canas

Mira vencido el día
que camina a tu lado,
las escamas de la noche,
estrellas frías, azules de sueño.
Las horas y los minutos
como una humareda,
como el polvo solo
mintiéndose a los ojos;
en una tierra donde no pasa nada
sólo los días en la portada
del periódico.

Ceniza, eso queda,
el tiempo mirándose las uñas,
manto de plata que fuera fuego
devorando las laderas y las sombras.

Sin título

Mira
la poesía de las últimas cosas,
las alas de un ángel de hierro estrellándose contra el tiempo
pastoso y frío, como el letargo.
Mira
qué forma tienen las horas
húmedas, como la lengua de este muerto
que desciende hasta tu sexo.
O mira
cómo la vida entra por los ojos,
ojos que sellan la luz en un ocaso,
bajo los árboles centenarios del recuerdo sin nombre
ni ámbar, ciegos en mi
mirarte; te enseñaré
que en el vicio está el ocio
y que el ocio de los ocios es amarse, con eso,
con todo, ¿sabes, cómo de oscuro estaba fuera de ti?
¡Quiero volver con los pies llagados
a las causas de la luz y de la muerte que me alcanza,
una y otra vez, envejeciendo incomprensible,
pálido y frio como el sonido de la nada!

Prohibido!!!

Ante la mirada metálica del tiempo,
con su resaca, llevando mar adentro
las caracolas donde dicen habitan los recuerdos,
las sombras, los sueños, las ciudades,
el triste tallo, que de vida,
ha venido a morir en el suelo;
nada queda, salvo la luz
besando los cristales de la arena
vacía
como la música sin música ni nubes,
sólo la luz baja y sin sentido,
o el amor después del amor cayéndose del pecho…

Prohibido!!!

Dejar atrás
los pasos pequeños como moscas
las uñas que hieren y aman
el viento que embriaga al desnudo
el llanto!
Dejar, cada
mañana, al salir de casa,
el fuego, el verso, los huesos,
como un gusano frío y quejumbroso
que vive del miedo y de la cera
de los labios de los muertos:
como la tumba del olvido
cavada en el mercurio de las canas.

Prohibido!!!

Prohibido
rendirse si no es en sus labios
pese haber sido sombra, o más que sombra
vapor que se dispersa ante los ojos,
nada!

Y van cayendo mis miembros:
pestañas, párpados,
sangre, que vivirá en los ríos
hasta el mar del olvido,
ojos ciegos y antiguos
o pies cansados de buscarte.

Y la luna sonríe
porque tallo
el poemario que lleva la cuenta
de las veces que he amado
siendo nada!!!

(algo es algo)

hasta cuándo!

Penden los jazmines hacia el abismo sin número
con sombras azuladas como el asfalto en la tarde,
de reojo miran al cielo que con su sol los castiga
con esquirlas de luz o fundiendo metales.
Caen con la gracia del olvido hacia la tarde sin aire.
Quizás, por la noche, inunden el mundo
con su fragancias de pétalos hechos carne,
doblando las esquinas del sueño, cuando
los hombres, tras los párpados, se vacíen
de verbo y conciencia a un mundo sin nadie.
¡Sólo los muertos rasgando la tierra,
sólo las sombras, encorvadas, cantando
a las máculas de la Luna, sus pesares!
Volvamos a ese jazmín que cuelga del cielo,
volvamos al canto, a la voz hueca
de los muertos: volvamos
a las efemérides del olvido, al ciego
sentimiento sin objeto, borrado por el tiempo;
al látigo amargo que lleva la cuenta de las lágrimas;
al desierto con su oasis de esperanza que sólo es,
a la postre, un espejismo; y al espejo
que refleja a un hombre con una copa de vino en la mano
diciendo
celebro lo que he perdido
celebro lo que he perdido
celebro lo que he perdido…
hasta cuándo!!!

Rumor de sombras

Cierro los ojos vacíos y pretéritos
como el universo corriendo hacia la nada
como un pájaro muerto en la tarde de julio
donde el desierto avanza
mientras el hombre duerme la siesta
y sueña sus pesares.

Los cierro, porque una mosca
se posa en mis párpados
creyéndome cadáver…

Esta mosca que, con su zumbar,
niega hasta la nada, leve
espacio sin aire en donde
me disuelvo gota a gota
como un monstruo terrible
que busca en tus ojos el amparo
frente a un sol que no se apaga.

¡Desde dónde mirar,
dime, este baile de máscaras
o de muertos arañando y mordiendo
la cara de un dios que les sonríe:
Ya estáis aquí….!

Abro los ojos:
¡Rumor de sombras hacia el infierno de nadie!

X

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Tan distante y tan confuso
como este cielo que ante mis brazos
abiertos se abre,
tan mineral apagado en lágrimas,
tan vacío…
sólo la memoria del aire
o los jirones del tiempo
que mecen los árboles,
el polvo, alguna sombra:
un baile sin saberlo!

Así surge el deseo:
un desierto
yermo e inmóvil
pero dotado de misterio,
alas del recuerdo
que celebran la carne;
único e imperecedero
como una blasfemia lanzada contra la tarde.
Puños y dientes apretados
con la rabia de tantos años y de tanta sangre
(círculos concéntricos!)
Espuma que rompe contra las rocas
y moja este papel en blanco
en donde intento atraparte.
Como quien acude a tu centro
y grita
este yo, egoísta y obsceno.

No busquéis nada que me salve
en el último verso.
Ni un espejo que se rompa
siendo todo sólo un sueño.
No, este yo,
egoísta y obceno!

sin fin ni principio…

Levanto la vista
sobre el horizonte de la piel que me ha acogido
salgo
del vientre donde olvido la sed ahogada del deseo
hacia la noche sola
de las palabras a la deriva como pájaros,
o los cuerpos sin vida
que buscan otro cuerpo
para ser algo más que los metales,
o la fórmula de la luz en retirada
que queda en los espejos en la mañana sin nombre.

Acaricio
la mano aún cómplice en el llanto
en el entreacto del insomnio, cuando
la sal acude a mi boca
– qué importa que estés más fría que de costumbre: debes
soñar con la brisa gélida del tiempo.

Vuelvo
a mi respiración para encontrarme
vivo
en la certeza del amor:  única esperanza con la que cruzo
los días
como círculos concéntricos sin fin ni principio…

Ciclo de vida

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Savia que se deshiela
volviendo a andar en círculos
bajo la corteza de plata mortecina,
como la claridad que emerge
a tientas desde la muerte
y puebla la mañana,
he visto las flores tomar
los tallos ayer dormidos
sin mesura y sin batalla,
con el solo ritual de la memoria
de un ciclo con los años ensayado:
pulpa de qué fruto acariciando qué boca.

Poesía

Ahí está mi pecado impune
el verso y el beso que entregué
al gran ventanal de la memoria
-tuya y mía-:
raíces o ceniza; fuego
en la garganta; caricia
secreta del deseo; ritmo
como sangre que palpita… y sin embargo
nada o menos que nada…
-mudo asombro!-.
Vuelvo a levantar entre estas manos
la tinta y el paso solitario
de este corazón que los días me entregaron:

Hice
lo que pude.

Pero en toda noche desgarrada
estallas como las estrellas buscando su camino
-a modo de esperanza!-,
vagas entre las farolas y las sombras de los muertos
y no sé
en qué latido
vuelvo de mis lágrimas a tus labios,
a toda la luz que lleva tu nombre
y que enciende los campos a pesar
de que sólo sean polvo un día…

Dejadme un verso solo!
Dejadme una piedra sola y fría!

y un latido
y un latido!

zumbar acompasado: libélulas
argenta y nácar: luna de nadie
brisa de agosto: en qué noche…

poesía hasta que el mundo hable
del latido común de todos los hombres!

Escorados hacia el lado de Dios

En los álamos escorados hacia el lado de Dios te veo
en cada paso que piso y en los sueños que ascienden
del polvo culpable de los caminos que anduve
en la noche sin fin que mordí con dientes de rabia:

te veo

en los ojos que me miran en silencio mientras lloro
y en la música que emana desde otras latitudes
en las culturas que he dinamitado con mi disfraz
de egocentrismo de ególatra y de mí para mí mismo:

te veo

en las huellas que dejo cada mañana
de camino al sexto dia sin sentido como el quinto
en estas cuatro paredes que aprietan mi pecho
diezmado tras cada guerra que libro con el espejo

te veo

en los presagios en los desánimos en el destino tan cierto
de las lenguas blancas de los muertos que seremos
mientras bailan las palabras al otro lado de las lápidas
bajo la sombra alargada de cipreses solitarios

escorados hacia el lado de Dios, tan ciegos!

Azul

Queman
los ojos al mirar
con los ojos del sueño.

Azul
esfera azul a la deriva, ni un paso
sin recuerdo.

¡No despiertes jamás!

¡Savia en los labios de la tarde,
dorado ámbar, crisálida de los rumbos fugitivos,
no despertéis jamás!

Ya despertará el tiempo, sin mirar
hacia atrás, para ser tiempo.
Ya despertará el tiempo, para andar
por los andamios repetidos  de la noche, y ser tiempo.

Intentará penetrar
con su veneno
por la exclamación de las pestañas
por el naufragio de las pupilas narcóticas
por el eco sin custodia de los pasos sin dueño…
para ser sólo tiempo.

¡Tiempo, aparta,
y cabalga, Azul, por la suma de los días:
sólo fuego
en el laberinto de la sangre
celebrando
un corazón irrepetible
que arde en nuestro pecho!

¡Gracias
por no despertar!

Amarillento

He hecho
acopio de luz durante
el largo verano
hasta sentir la vida
a flor de piel.

En vano…
como siempre, en vano…

El frío y la oscuridad
sólo traerán un camino polvoriento
por donde andará la muerte – el letargo,
acaso -, tarareando con voz
trémula
la melodía del fracaso.

Otro otoño amarillento
en el lienzo de la vida,
y las hojas amarillas
cayendo, mientras
la gravedad y el tiempo
las envejecen con su aliento…

cubriendo el cadáver
de este cuerpo
que estrené en verano.

c4

Ya conoces al animal
y su reconstrucción en la mañana:
su alma fría en niebla
los ojos y los estallidos de la sangre.

Ha devorado estrellas y sueños
y ahora es un divagar en el tiempo:
tiempo que echa a andar
como un eco volátil y etéreo.

Ya conoces al animal y – por lo que
intuyes -, su antídoto:
la luz de la memoria diáfana
la luz de las manos inocentes
la luz de las sombras deformes.

La luz, luz y diamante,
la luz que promete
más luz.

Está herido como un remordimiento que corroe.
Está herido como un rayo que grita.

Hombre en luz, verso
en la tarde, bestia
en la inmensidad de la noche.

c3

Como la brisa
que pasa a hurtadillas entre los dedos afilados de los pinos,
o una quimera que era sólo polvo
antes de que la pisase, sin querer, esta mañana
al salir de casa: así, abandonándome al abandono,
te entregaría
el cadáver del amor, para que lo vieses
de cerca,
el conjuro de los besos que me dieron
antes de olvidarme,
y el olor de la nuca de alguna diosa.

Fingiría la lejanía del marfil
tener la llave que todo lo cierra
y las heridas que se abren
con una sola palabra;
la certeza del detalle
quemando una pupila.

Qué no haremos andando en círculo
mirando de soslayo
pasado y origen y avaricia
de vivir…

y la brisa
enredándose y enredándose en la mentira
del tiempo escribiendo sobre el tiempo,
como una nota anónima que dejamos
para que nos descubra al día siguiente
y nos recuerde
que sólo somos la hipérbole de un fracaso.

c2

El tiempo barajando las vidas
la fría razón tratando de abrirse paso en nuestro pecho
la magia de la conciencia queriendo detener un segundo
la imagen, que como la niebla, fluye ante nuestros ojos.

El eco, el remordimiento y el caos
que con mentiras hemos domado,
o,
las cifras que se descuelgan del campanario
– vigilante -. El mundo
de los sueños,
la espuma suicida en el romper de las olas.

El vacío
el dolor
las dudas:
la vida, cuatro letras y un desorden
y el ancla del amor

frente al desfiladero de la muerte.

c1

Soy tinta. Sueño
con caer en un libro en blanco,
romper el silencio con mis huesos quebrados…
y contar tu historia:
los amantes que pasaron por tu cama
– los nuevos amantes se ríen de sus predecesores,
ventilan
sus secretos: Ley
de vida -.

De momento
hago acopio de sol para el largo invierno de mi soledad; ¿Dónde
moriré este año?

Vuelvo
a los surcos de las sábanas que hicieron no sé ya qué cuerpos… pero
tu cama…

Y el amor que avisa a la muerte para que afile su guadaña.

Y miro con los ojos del tedio…

Y miro
con los ojos del tedio
cómo se alarga mi sombra al caer la tarde:
sillón de mimbre (dicen que de mi abuelo,
como podría haber sido
el río, de tanto mirarlo: La otra opción
era
mirar la posguerra y el hambre).

Zarandeo de palmeras,
claroscuro del alma,
cae la noche y me escoro
hacia delante
para mirar el miedo a los ojos.

Lujuria y hogueras – titilar del fuego
encerrando cien formas en huída constante -;
al caer la noche, carne
que lacerarán las estrellas. En mí
habito. Una línea divide en dos el horizonte:
cresterías coronadas por el peine de los pinos
en cuyos brazos se pierde el aire.
Y silban, y llaman, y emplazan, y citan
– de memoria –
a la humedad palpitante.

como la espuma en las oquedades del silencio

Déjame ir, que me vacíe
como la espuma en las oquedades del silencio,
en los azules y púrpuras – cielo:
irremediable cielo.

Estoy
frente a ti: nunca
he existido – certidumbre
inexorable como el tiempo.

Soy
un espejo frente al tiempo – paso
con pasos lentos.
Llevo – y no digo tengo – un interrogante
en mi pecho: o un sinfín
de preguntas a la puerta de un sabio ciego.

Heridas, tantas
veces herido – llaga
que no cabe en un color: metal
que agoniza: que se quiebra
en la mortal mentira:
volcán, amor, ceniza.

Tantas
palabras como sumas
de tantas vidas – ¿Recuerdas
cómo buscaba tu espalda
o tu sombra ?– como una nube
vaciándose de agua: estertor,
más tiempo: pedía
más tiempo: tú yo, más tiempo: nace,
resucita, muere
en la tarde, al fondo: rojo,
como un silencio exhausto
en un día de agosto: polvo
que nace germina y que
apenas se conoce.

Extralimitación final para un silencio;
gramíneas, ojos, espuma.
Vuela
la tarde hacia su ocaso
hacia la luz que se vence
sobre su planta. Hermética y triste,
buscando un lugar donde guarecerse
del timbal de las pesadillas – martilleo
de la culpa en las sienes.

Oquedades, espuma:
Vientre.

¿Puedo?

Si indagan, si quiebran
mis huesos como una tortura
de mercurio
¿Puedo
decirles tu nombre?

Si paseo, y guardan la noche
una hilera de ventanas con cortinas
descorridas
y avanza junio a mi lado
y me detengo en los bares
donde canto mis pesares
como una letanía
que alcanza la mañana ya
sin mí a su lado.

Si vuelvo sobre mis pasos
con un corazón menos y carcomidos
los nudos sarmentosos de la memoria
y una lengua blanca con gusanos metódicos.

Si sólo quedara el misterio y la ceniza
queriendo ser el verso de lo eterno
y la cara oculta de la luna
donde se citan tantos nombres
silenciados en la plata del silencio…

¿Puedo?

… el pecado orgulloso de masturbarme pensando en ti cada día…

La primavera avanza
sobre el recuerdo del invierno,
mis ojos vibran
inyectados en fuego.

Me siento
como una maraña de viento
enredándose
entre las velas de este barco, dando
la razón al ingenio,

o el pecado orgulloso
de masturbarme pensando en ti
cada día

podría amarte de memoria:
carne trémula, exhorto de vida,
piedra sobre piedra se erige mi verbo,
hacia tu cuello, hacia tus labios,
y sin embargo
la voz se me entrecorta ante
tanto miedo ante
tanto frío ante
tanto invierno que se repite
bajo mis pasos, como un desfile
de miradas ausentes y cristales rotos:
escoltados por los muertos que seremos.

…Retratos en blanco y negro

Hablan de mapas, yo
de la geometría de la memoria:
de espacios que se vacían de cuerpos
mientras la lluvia cae
despacio, sin futuro.

… De retratos en blanco y negro;  me debo
al intento de comprender cada historia,
amigo o enemigo, prójimo, al fin
y al cabo.

… De retratos en blanco y negro
que acuden a mi mente
mi entras yo, ay tiempo infinito,
comienzo a borrarme, a fundirme,
gesto a gesto, despacio y sin futuro,
con quien quiera guardarme en su recuerdo.

La música pendular como el humo del azufre…

La música pendular como el humo del azufre
el pensamiento se adelanta a unos días en Castilla
voces que se descolgarán de los balcones a mi paso
recordándome quien nunca seré, y que llego
tarde al trabajo, con barba de una semana
y con los ojos hinchados de la fiebre del deseo;
una jaula que contiene – bisagras
entumecidas – el canto húmedo del mundo y de las sensaciones
disolviéndose como un ansiolítico bajo la lengua
con pasos lentos y cicatrices:
fantasmas que temen haberse olvidado el libro
que ojeaban de madrugada
en los descansos de la culpa.
Yo me adelanto un paso hacia el regazo del verano
pidiéndole permiso, como un niño,
al hombre
que me mira desde el espejo.

La noche que se ha vuelto inmortal de tanto insomnio…

Me asustan las ausencias angulosas de tanta lejanía,
los claroscuros, más bien sombras, de la soledad,
la noche que se ha vuelto inmortal de tanto insomnio:
temor de que la mañana se olvide de tu nombre
cuando cruce la puerta para seguir los pasos de la rutina.

Mientras tanto, me vigila otro yo desde la fotografía
en la que comparto sonrisas con mi hermano,
en algún viaje en que me dejé un jirón de mi tiempo
hablando de proyectos que el miedo a vivir borraría:
como siempre.

Aunque quizás el futuro esté aún en su sitio
y sea tan sólo
salir de casa sin volver la vista
hacia el invierno y las excusas,

¡sólo abril y su luz tibia
y la frágil firmeza del que tarda en decidirse!

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Así cayó sobre sus rodillas
aovillado en medio de la noche sola
crujiendo sus huesos sobre el tapete de la vida
sorbiendo los mocos nerviosos la ceniza
de su cadáver
enjugando sus lágrimas con pañuelos de tela.

Así nos pregunta en silencio
con un gesto que lo reduce
a la nada a la tierra al asfalto a los coches
torpemente aparcados a un trabajo
de apariencias a una
máscara común de voces iguales,
por qué tuvo que despertar y perderlo todo
ese sueño que valía más que toda su historia,
por qué verse obligado
a decir que una pesadilla es sólo
lo que va detrás de que los ojos se abran – algunos
lo llaman día-;
cuando aquella madrugada le había dado tanto:

aún nota que el corazón le palpita.

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Hago las veces de narrador omnisciente. Si quisiéramos reproducir fielmente el diálogo de esta tarde de invierno adoptaríamos otra solución, pero no, me ha tocado a mí (¡a mí, que no existo!)

No voy a centrarme en la puntualidad con la que los dos personajes han acudido a su cita, ni los elementos de esta terraza de café, ni la tarde, aunque soleada, fría en que se desarrolla el encuentro. Ni en los pormenores del oficio de ella, a saber, la venta de bienes inmuebles, ni de lo que ha llevado a él a buscar una segunda residencia. Por supuesto nada de indumentarias ni gestos, nada de pormenorización de lo que consumen, ni los gestos amistosos de ambos, ni del camarero al preguntar qué desean. Ni de los argumentos de ella al hacerle ver que entre las fincas en su haber es más recomendable, porque sólo es un poco más cara, sólo un poco, prácticamente nada, la de dos dormitorios, y porque si alguna vez el mercado inmobiliario arrancara y quisiera después desprenderse de ella, le sería más fácil hacerlo, debido a que un apartamento de un solo dormitorio limita en gran manera el número de posibles compradores. Sólo voy a citar entre comillas el argumento de él  al decantarse por el pequeño apartamento, como una daga imaginaria que se clava en el pecho de su interlocutora dejándola sin respiración ni palabras: “Mi soledad cabe en tan poco”.

¡Ay corazón!

¡Ay corazón! ¡Ay corazón ignorante!
desterrado de este tiempo
desterrado de este aire
hundido a ras de suelo.

¡Ay ignorancia que late
en mi pecho! Y digo
con palabras de amante:
¡De miedo tiemblo! ¡Herido!

¡Ay si fueras tierra,
camino,
verdad que verdad encierra!
¡Solo, conmigo!

¡Frío, sí, frío en mi pecho!
Aún noto tu cuchillo
acero y espalda uno
lecho, humilde lecho
chiquillo, humilde chiquillo
¡Mar, humilde Neptuno!

Podrías…

Podrías ser la ventana entreabierta
en la que han muerto tantos veranos
un perro que lame las heridas
de una roca que hiere el horizonte
un domingo cansado de andar
la semana con los pies llagados
el plumero que le salió a la vecina
un poco más allá de los dedos
cuatro paredes que recogen la luz
de una lámpara que cuelga y siente
el vértigo de la existencia; o un río
que erosiona la vida con diplomacia
que convierte la noche en alba
como un mago que confunde al prójimo
la ley del silencio en la casa
de un predicado que mira ausente.
Podrías ser la ventana entreabierta
por la que se deslizó la noche
y durmió a mi lado: o un poema
que ayuda a cambiar de estación
de piel de sangre de ideas
viejas como mis penas, o
una hoja que se equivoca de otoño
y traza, en su caída, la silueta
de alguien que amé
una tarde que me equivoqué de vida.
La melodía que olvidé
en los aledaños de tu vestido
un casa tallada en piedra
un sueño durmiendo en la acera
la arena tostándose al sol
en una playa de nudistas
flores desnudas temblando
en el tallo de una caricia
un rayo que cae del cielo
y arranca cientos de aplausos
el lenguaje que hay oculto
en el zumbido de no sé qué insecto.
Podrías ser tantas cosas…
y todas son la misma: el lento transcurrir del tiempo
con que se llenan siempre los días.

Comida de domingo

– ¡Venga, la comida está lista… pero dónde vais ahora… tenéis edad para volar y aún parecéis críos! – En un gesto de complicidad buscó la mirada de su nuera, Julia, que ya estaba sentada a la mesa. Sonrío levemente.

– Ahora mismo – contestó Fernando a su casi anciana madre, mientras terminaba de subir las escaleras con un balanceo de cabeza dirigido a Juan indicándole el camino a la que había sido su habitación de niños.
– Tengo que decirte algo; anoche me maté. Estaba en el baño, abrí el grifo, y me concentré en aguantar la respiración, como un reto infantil, hasta que el agua caliente saliera. No sé si me quemé de golpe o vi que no volvía la respiración cuando quise… el caso es que me caí hacia atrás y me di con la cabeza en el lavabo. Estaba muerto pero no podía hacerle eso a Julia. Ni ella ni yo estamos preparados. Creo que fue en una película de Woody Allen en la que un personaje le decía a otro que la entropía es aquello por lo que no podemos volver a meter la pasta de dientes en su tubo, o eso creo recordar. Por suerte no fue mucha la herida ni el cerebro que se salió. Pude hacer un arreglo tapándomelo con el pelo, casi no se nota.

– Un momento, ¿es carmín lo que llevas en los labios?

– Sí, estaban demasiado violáceos esta mañana al levantarme.

– Lo siento nene, lo siento mucho. ¿Qué vas a hacer?

– No puedo… así de golpe no puedo que Julia lo sepa… han sido muchos años de un lado para otro, por el trabajo, sin echar raíces (claro, amigos tuvimos en cada sitio… pero… ya me entiendes, todo parecía provisional, cualquier día otro destino… joder, ahora que estábamos todos tan cerca, nuestros padres, Carmen y tú!); en definitiva; teniéndonos el uno al otro solamente. He pensado en ir desapareciendo poco a poco, para que se vaya haciendo a la idea de una forma casi inconsciente. Creo que va a ser lo mejor. He pensado que después de comer y volver a casa, sentarme al lado de ella en el sofá e inspirar haciéndome oír, y aguantar la respiración cada vez más tiempo, hasta dejar de respirar, alargar los silencios en cada conversación hasta que no espere respuesta. No volver a dejar la ropa que vaya poniéndome en el cesto de la ropa sucia, ir deshaciéndome de ella, tirarla a la basura. Lo mismo que el perfume que dice que le encanta… Deshacerme de mis discos… esperar a que se duerma y salirme al salón, ir dejándole toda la cama a ella sola… No puedo hacerlo de otra forma… Terminar de irme poco a poco. Venga bajemos a comer, luego me pregunta qué hablo contigo que ella no pueda oír… ya sabes de forma pícara, creo que es para darle la razón a la mamá de que somos algo infantiles. Cuánto os voy a echar de menos, a todos.

–  Y yo a ti, Fernando.

Poema con hipervínculo

No sé si sueño con bailar o bailo.
Alguien dejó este poema sobre mi mesa
para que yo creyera escribirlo; ¿Sabes
lo que es querer estirar de su primer verso
hasta arrancarlo; sabes lo que es suspirar contra el destino
cansado de luchar,
y cansado de rendirse? Sin embargo
hoy ni me canso ni lucho ni me rindo: sólo
bailo.
Y cuando la Luna
sacuda sus máculas sobre los capós de los coches
y se incendie la memoria con esta melodía que ahora me atrapa
– aunque ruja la nada, aunque de los brocales de no sé qué minas
sean escupidas las flechas  que sitiaron mi pueblo mis raíces y mi esperanza;
hasta que pueda decir qué bello es el silencio cuando no hay remordimientos -; sólo
diré:
ven, baila.
Y leo este poema que alguien dejó en mi mesa, y veo
cómo se extienden sus versos hasta llegar al final de la página;
y sigo… y bailo
en el borde afilado del papel que paso.
Mis hombros me insuflan la vida
– o la vida de este cuerpo que alguien dejó sobre una silla
frente a un poema sobre una mesa
para que creyera escribirlo -.
Y bailo
y la música me mece
y me pesan los párpados
y me acomodo a cada nota
sin perder de vista esta libreta.
Y no sé nada, sólo
que una voz rota que todo lo inunda
se ha quedado con mi casa
sin pagar un solo recibo de la hipoteca.

http://www.youtube.com/watch?v=d3sk_37W04c

Inundaciones

Movimientos:
sístole y diástole cabalgan en los labios,
respiración entrecortada – jadeos
que empapelan las paredes, desteñidas
por el tiempo: presente que suma
inspiraciones pasadas -, lenguas
que reciben su forma
del negativo
de la piel salada;
conjugación de humedades,
dedos buscando oquedades
primitivas
que el olvido
olvidó de borrar; jirones
de noche y de luna…
miradas en penumbra…
gemidos ahogados:
inundaciones.

Intentando aprender a escribir (4)

Por mucho que brillara el arco iris que tus ojos anunciaban, y que los corceles de luz que impresionaban mi retina con esbozos de tu ser en su costado relincharan, por lo bajo, casi rozando el cálido suelo (¿acaso insinuaban el silencio que quedaría en el vacío más absoluto de la mañana?); por mucho que la madrugada se cubriera de música que brotaba de los altavoces viejos y sucios y que, como una cascada, terminaba humedeciendo la superficie de losas irregulares… por mucho que ahora yo diga (y comprendo al pronunciar estas palabras que, a veces, resistirse no cambia nada)… en la tierra se pudren los recuerdos; siempre. Serías eso: un recuerdo que a las horas comenzaría a esfumarse, el resto de un árbol después del incendio; un nombre colgado del vacío que crujía al romperse; un rostro que comenzaba a poblarse con la neblina de la desmemoria; unas palabras (o su eco, no lo tengo claro) que desmenuzaron los minutos siguientes y que no pude recomponer: Una idea, la salvación que me hacía falta – ni más ni menos – en ese instante.

El sol salió y calentó las cañas que escoltan el eterno devenir de las aguas de aquel río anónimo, y el asfalto del que mucho después emanaría el vapor que dibuja en el aire el fantasma que un día seremos. Todos volvimos a nuestra vida cotidiana. Mas a veces, como ese sueño que no recordamos de la noche anterior, pero que a la hora del café, a media mañana, descarga detrás de nuestros ojos, como un hachazo certero, unos datos mínimos; sé que estuve frente a ti. Incluso así, por mucho que quiera evocarte, unos labios moviéndose en una atmósfera confusa es lo único que se dibuja en la pizarra de mi existencia (a la que sigo mirando con ojos de niño), junto a cuatro quimeras tontas que aún me quedan; una suerte de belleza que impresionó (debió ser así) mis sentidos. Y la tristeza de no tener la memoria de un libro que siempre cuenta el mismo relato; nada. O poco más que nada. Una mísera batalla perdida en las fronteras del alba.

Dios estaba al lado. Bailaba. No me llevo bien con Él y me da cosa preguntarle si recuerda tu nombre. Me parece egoísta, ventajista, oportunista… no, eso no se hace.