Dos mujeres para una vida.

La una

Cuando un hombre muere
el mundo se olvida de todos un poco.
Vuelve a salir el sol
algo más difuso,
la noche se vuelve algo más fría
y el cielo, menos azul.

Si ese hombre es un ser querido
nos olvidamos de nosotros mismos
un instante;
el sol se oculta una fracción de segundo
y esa falta de luz
es su alma;
lo que recordaremos siempre
desde la alegría
o la pena.

Cuando murió mi abuela
fui yo quien murió del todo,
o por lo menos,
empecé a vivir de otra manera:
comprendí lo que era la ausencia.

La otra

Escribo cuanto te pertenece
por obra u omisión:
la escultura de luz que es tu cuerpo
tus ojos: vidrios, nenúfares,
tus manos, que enlazan la sucesión de imágenes del mundo,
dando forma a las horas
al viento, perdón
al olvido, recuerdo
y a mi boca, palabra.

Escribo como te siento,
pausado,
recordando lo que aun no existe
con cierta nostalgia de lo que no será…

Eres eso, una página en blanco
que se llena con ríos de tinta
con sonrisas en la madrugada
con copas de luz que derraman tiempo…

Y se hace el camino
y voy dando pasos, certeros,
y voy asestando puñaladas a la desmemoria.

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Génesis.

Del rocío del amanecer de los tiempos surgieron las ideas
las voces anónimas que inventaron los gestos y las brumas
las distancias insalvables de las gentes, de ciertas gentes,
los odios, los amores y las alegrías y el pensamiento:
un pensamiento cotidiano que moldeaba el mundo…
y el mundo forjaba el pensamiento; ambos iban de la mano.

El hombre era el rocío, amanecer; tiempo:
el mundo no era nada sin él, sólo ceniza sin recuerdo.

Los ojos vieron ternura, dolor y tristeza en la cara del prójimo
y se obró en consecuencia: así surgió la esperanza
de no sabernos más solos de lo estrictamente necesario
por la vereda del río del diálogo, tan ambiguo;
y del soliloquio tan certero como la lengua de la iguana
con el que nos preparamos para pasar por el tiempo
tan incierto como hermoso, constante como el sol
y la muerte.

El fuego crepitó y se hizo el sonido,
una melodía que surcó los mares esféricos
e inundó el orbe de vida;
bailaron las sombras de la memoria
al son de instrumentos aun no pensados…
y volvió la voz una noche de hoguera
a relatar algo que no había existido
sangre que no se había derramado
viajes tan lejanos como inverosímiles
pero reales se sintieron; y partieron
a lugares inciertos… ¡y llegaron!

Y el hombre se supo alegre, gregario y humilde…

Y algunos no lo soportaron
y con lo que sabían, y la muerte,
otros seres crearon:
hombres sobrehumanos que dejaron de ser hombres
para ser deidades a las que el hombre les debería
lo que de por sí era del hombre…

Pero la esperanza era del hombre antes que los dioses
pero el amor era del hombre antes que los dioses
y el mundo era del hombre antes que los dioses…

Ahora es hora de que devuelvan lo que nos deben.

Ahora es hora de que el hombre vuelva a caminar sin miedo.

San Francisco Express.

Esta condena a que me someto
que es vivir día a día
como puedo;
dejar atrás en la estación del tren
ciertos recuerdos;
y partir… Las vibraciones
me inducen al sueño,
lento, monótono, superficial,
entreabro los ojos, curioseando el paisaje…

… un mundo nuevo
el exterior es un mundo nuevo
se suceden las figuras
como tiempos futuros
y a la vez pretéritos
a través del cristal…

Un niño, en otro asiento,
pide agua a su madre…
yo me hundo en sus adentros…
otra edad, libertad…

Pero hace frío y despierto,
y no hay ya un tren, sino cientos,
de lágrimas tirita mi cuerpo
heladas sus partes; a lo lejos
tu imagen… mas hoy
vuelvo a ser el mismo
una mezcla
de nuevas esperanzas
y viejos miedos.

“Pasajeros al tren”
se oye gritar.

Y no sé si debo…

Dos versiones de un mismo hecho (antiguo)

I

No sé de dónde vengo. Me cegaron
unos ojos y no recuerdo de quién son.
Eran azules y grises, como la muerte
y el hielo; eran acero: y espada.
Ahora grito y nadie me oye,
¿volveré a ser libre? y qué si no
(nadie me oye) ¿Ante quién
presentaré mis respetos si no hay
nadie al otro lado. Y
si envejezco en esta noche sola…?
¿Seré trigo o palabra?
¿Acero, espada? ¿Ojos
azules y grises? ¿Soldado
sin pueblo? ¿Verano o invierno?
¿Quién soy? A lo lejos
veo unos ojos, quiero saber de quién
son – acero – pero muero
sin saberlo.

II

Alegría, el soldado ha muerto
sin saber quién era, sin más dolor,
vagaba ya unos días entre la muerte
y la vida. Dos disparos tenía en su vientre
y tres días estuvo hablando, entre sueños,
de cuatro aceros – supongo que eran balas-
y de cinco nubes;
seis ojos, tres personas cuidaron de él. Él
decía: espada son tus ojos y acero, siempre
acero- Y entre sueños presentó sus respetos
a mi padre. Mi hermana
lloró su marcha. Ahora yace
en paz en el jardín, bajo él,
nadie nunca más lo oirá. Dos
disparos es lo único que oyó y después
el eterno sueño… ¡y el silencio!