Dos mujeres para una vida.

La una

Cuando un hombre muere
el mundo se olvida de todos un poco.
Vuelve a salir el sol
algo más difuso,
la noche se vuelve algo más fría
y el cielo, menos azul.

Si ese hombre es un ser querido
nos olvidamos de nosotros mismos
un instante;
el sol se oculta una fracción de segundo
y esa falta de luz
es su alma;
lo que recordaremos siempre
desde la alegría
o la pena.

Cuando murió mi abuela
fui yo quien murió del todo,
o por lo menos,
empecé a vivir de otra manera:
comprendí lo que era la ausencia.

La otra

Escribo cuanto te pertenece
por obra u omisión:
la escultura de luz que es tu cuerpo
tus ojos: vidrios, nenúfares,
tus manos, que enlazan la sucesión de imágenes del mundo,
dando forma a las horas
al viento, perdón
al olvido, recuerdo
y a mi boca, palabra.

Escribo como te siento,
pausado,
recordando lo que aun no existe
con cierta nostalgia de lo que no será…

Eres eso, una página en blanco
que se llena con ríos de tinta
con sonrisas en la madrugada
con copas de luz que derraman tiempo…

Y se hace el camino
y voy dando pasos, certeros,
y voy asestando puñaladas a la desmemoria.

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