hacia el pan de mediodía…

Volaré
hacia el pan del mediodía
y en las comisuras de los labios
un sabor a ti…
La destreza de las horas bajando
el sol hacia el horizonte, haciendo
las sombras más alargadas sobre las aceras de la calle:
la tarde se llenará de zancadas alargadas y pasos hacia la nada
que conducen a una casa
vacía.
Volarán
las sombras hacia la noche para hacerla más oscura
confundiendo los caminos de las criaturas de Dios
para que el pan de cada día sólo sea
la tortura repetida de un recuerdo sin objeto:
un bosquejo borroso en la nebulosa de mi frente.
Echo de menos
un camino de vuelta a la alegría
la sonrisa reflejada en una botella de vino
los duendes de la locura revoloteando
por mi lengua
al hacerte promesas que nunca cumpliré.

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olvidado en el insomnio de tu nombre…

Cuando
te falte la claridad en la antesala de la noche
pero aún estés a tiempo
de descorrer humo neblinas y mares;

cuando
tus lágrimas corran sin tristeza, sólo heridas,
por la piel aletargada de los labios en silencio
y quemada por astros taciturnos y somnolientos;

cuando
quieras coger todos los trenes
y dispersarte y extenderse – despacio –
por los límites de la memoria del asombro;

cuando
el vértigo nazca de las sombras
de copas de ceniza y cristales ciegos
hasta techar el cielo del cielo… de tu boca;

cuando
abras tu cuaderno polvoriento y no recuerdes
el número y la excusa que había en tus ojos…
y sonrías;

entonces
sabrás – sólo entonces –
que has tropezado con mi cuerpo
que tengo la costumbre de ir dejando
moribundo, por el suelo,
olvidado en el insomnio de tu nombre…
sin saberlo.

Nocturno.

En las altas fronteras del ocaso,
en la arista de la vigilia del mundo,
donde la caprichosa luz del día
se desangra
y las bestias gimen su desgracia
– o su alegría –;
está el tiempo aferrándose
a la crestería de la silueta de tu cuerpo
plácidamente desnudo.

Recuerdo
el noctambulismo de luna,
la presteza
de la oscuridad más clara,
los ojos que miran la tierra
– quizás un cielo lleno de pupilas -;
el oráculo del corazón
divagando en sí o en no
sobre los hombros de los hombres;
y la cercanía: la fraternidad
más bien
de los labios
hablando del pasado más real
y el futuro más posible…
todo franqueza: la misma
con que la muerte trata a sus hijos.

La ciudad duerme…

I

Es de noche, están
las estrellas que robaron la luz del día
en la soledad más púrpura.
Hay mandíbulas desencajadas lacerando el aire
con sucedáneos de palabras.

Hay termitas royendo, pensativas, mi cama.
El cielo adiestra las sombras
que lanzará desde sus minas, desde
las atalayas
de cometas pasajeros, desde
manantiales de ceniza,
hasta cubrir de cinc a sus criaturas.

Las iglesias, vacías;
sus cirios, apagados;
y deambulan lo que queda de los muertos
por los camposantos:
lentos, sucios, ateridos,
con llagas en las manos; y
una hendidura en los labios
donde la guadaña tejió el silencio.

Es el miedo a la noche
es el miedo a la muerte…
es el miedo.

II

Me despertó la madrugada
con un fuego de magnesio herido
con una voz colgada del cielo
con una serpiente enroscada en el tiempo.

La madrugada, llega de árboles,
y un viento gris lastimando
sus ramas:
una impronta de sueño en la roca
la humedad en los dedos de la nada.

Me despertó la madrugada
con su zarpa de acero callado
desgajando cuerpos y segundos.
Almas quietas, pesadas, cobrizas,
como el polvo – promesa de olvido –
sobre el cadáver del mundo.

Las estrellas se apagaron
al rugir la madrugada:
la monstruosa noche con granito ahogado,
el grito ahogado ahogando la claridad
que aún quedaba;
y la música – de cuerdas con llagas,
de viento magullado – que se perdía
por entre los muertos;
y el ladrido de un perro
– la angustia de sus colmillos amarillos -,
brotaba, a lo lejos, presa
de noche, de ingrávida noche;
de muerte, de telúrica muerte;
de niños con los ojos vacíos:
de miedo.

vaivén de silencios…

Sigo quieta en la plaza
la noche se apaga
el vaivén de silencios apenas
mueve la silueta de los árboles
ni un leve crujir de sus ramas cansadas
ni la savia corriendo por su cuerpo.

Mantengo el rumbo hacia la nada:
quieta.
La mirada clavada en el centro de la noche:
quieta.

En la noche de alguien
se estará desplomando algún sueño;
será un estrépito mudo cuando choque con el suelo.
Quebrará en fragmentos grises de polvo callado
en músicas ahogadas en la faz de la luna
en visiones que se persiguen
hasta dar con mi rostro.

Siempre así, siempre quieta,
recogiendo los sueños que gotean por las ventanas
entreabiertas
de la gente.

Al día siguiente
pasáis por mi lado con prisa de camino al trabajo
y algo os empuja a mirarme a los ojos.
Cuánto tiempo llevará aquí esta estatua, pensáis.
Y yo quieta
implorándole al cielo
que un día la sangre acuda a mi boca
para poder deciros
que los anhelos que perdisteis por el paso de los días iguales
están a buen recaudo.

Charcos.

Sin brújula ni sextante;
sólo pasión y flaqueza.

Con la comisura de los labios reseca
de hablar solo por las calles,
de pisar rostros de esperanzas que
se dibujaban en los charcos,
la noche ciega de estrellas
las estrellas heridas de asco;
y ella, ella, ella…

Sus ojos abisales de un negro profundo
e inconsciente – qué miran, qué fortaleza
remueven, qué sangre
han crispado -.

Su cabello del color del tabaco, y ese
mechón que cae sobre su frente
esbozando
las zonas erógenas de la luna: su
cara oscura – aferrarse
a su espalda sin ver su rostro -:
cráteres de olvido.

Mueve sus caderas al son
de la lengua bífida de serpiente
que nunca
logró arrancar de su costado.

Y su afilada guadaña
y su arista reluciente:
Una cana al aire….
Ya inventará mil excusas
cuando le pidan explicaciones.