Diciembre

Los mástiles de antenas hieren la noche,
los tejados helados, con su frente,
sostienen estrellas y sueños.
Avanza una pequeña nube hasta privar de luz lo que queda de mundo.

Diciembre queda suspendido entre las sienes
de esa persona que alguna vez nos dijo algo importante
mientras mirábamos el móvil con el rabillo del ojo.

Todo es quietud,
y en el silencio,
se puede oír cómo crecen las uñas,
cómo resbala la inmundicia debajo de las tapas del alcantarillado,
cómo laten los corazones bajo el pecho de la gente dormida
– al unísono –,
rogándole, inconscientes, a Dios, que el mundo sea un poco más cálido:
ese ahuecar las manos y echar el vaho dentro.

Dios estará en el trino de los pájaros
que aún quedan en invierno,
en el primer rayo de sol que quiebra soledades:
en todo lo que obviaremos cuando,
al despertar,
sólo nos importe nuestro rostro ante el espejo.

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Latidos

Diástole

…esparciéndose, como un metal fundido,
albergando formas rotas, huyendo
del redil del orden…

Perlada la frente del ímpetu:
la savia que explota en sus oídos sordos;
o el horizonte, que de un zarpazo,
robó a la tarde.

Sístole

Todo acude a su centro:
a la llamada del nombre;
al monólogo
que la ira
petrificó ante sus ojos:
el vacío con que el silencio
llenaría su vida – después del entreacto -:
la infinita libertad que trajo
– para siempre –
un no
pronunciado con el gesto serio
y frío
como esa tarde de diciembre.