Otoño en familia

 

Caigo como una hoja en el vasto otoño
las tonalidades languidecen
y pesan detrás de los párpados:
Tantas
    tantas imágenes mortecinas
roen los tuétanos de mi osamenta
como el tiempo invisible que deshace una pieza de música.

Las mieles de su entrepierna
    cuántas vidas para olvidarlas.

Acaso cae una nota de la noche
las pesadillas son anecdóticas – sintomáticas -: perros
abriéndome el cuello
buscando la palabra que me redima (recorre
un escalofrío las sombras hasta morir en mi espalda);
un soldado nazi en un tranvía – bancos de madera -:
lo asalta la belleza y tira su pistola: y llora
y despierto llorando.

Busco un sendero en la ceniza
que me lleve a la mañana
y ahí está mi familia para abrazarme
para decirme
    sin decir nada
        todo pasa.

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Burbujas

Pesa la mañana tras los párpados.
Casi a tientas – pájaros de ayer
arañan el cristal de la ventana;
¿o sus trinos? -. Solo,
traslúcido y pastoso
– apenas una sombra inanimada -.
Una vieja camisa, unos vaqueros,
una cazadora azul que sabe de memoria
el camino
al trabajo;
dan cierta forma humana
a este error de nacimiento.
Inspiro, aguato el aire
en el pecho
me sumerjo en el día y sus consecuencias.
A veces veo burbujas
que acarician, cuando suben,
mis mejillas: dicen
que hablo.

Podrías…

Podrías ser la ventana entreabierta
en la que han muerto tantos veranos
un perro que lame las heridas
de una roca que hiere el horizonte
un domingo cansado de andar
la semana con los pies llagados
el plumero que le salió a la vecina
un poco más allá de los dedos
cuatro paredes que recogen la luz
de una lámpara que cuelga y siente
el vértigo de la existencia; o un río
que erosiona la vida con diplomacia
que convierte la noche en alba
como un mago que confunde al prójimo
la ley del silencio en la casa
de un predicado que mira ausente.
Podrías ser la ventana entreabierta
por la que se deslizó la noche
y durmió a mi lado: o un poema
que ayuda a cambiar de estación
de piel de sangre de ideas
viejas como mis penas, o
una hoja que se equivoca de otoño
y traza, en su caída, la silueta
de alguien que amé
una tarde que me equivoqué de vida.
La melodía que olvidé
en los aledaños de tu vestido
un casa tallada en piedra
un sueño durmiendo en la acera
la arena tostándose al sol
en una playa de nudistas
flores desnudas temblando
en el tallo de una caricia
un rayo que cae del cielo
y arranca cientos de aplausos
el lenguaje que hay oculto
en el zumbido de no sé qué insecto.
Podrías ser tantas cosas…
y todas son la misma: el lento transcurrir del tiempo
con que se llenan siempre los días.

Muebles

A lo lejos
quedan a lo lejos habitaciones
vacías puertas cerradas palabras – ecos –
golpeando una y otra vez portalámparas jarrones
cisnes de cristal jarrones con forma
de cisnes
preguntas que quedaron en el aire. Muebles negros
bajo una fina capa de polvo o de tiempo
que mira por las ventanas
la maleza que crece y queda en suspenso.
Y duermo y despierto y duermo y despierto
y en el sueño del día y de la noche
un silencio estridente arde y amenaza
la calle
    con entrar por los cristales
el trino de los pájaros
    con insultarme
el espejo
    con escupirme.
Vuelvo sobre mis pasos por entre los muebles
del otoñó (quizás de otra casa pero
el mismo polvo)
con el miedo de tropezar con algún muerto
o alguna tumba cavada en el suelo;
y a tientas, entre olor a vinagre,
salgo a la calle: septiembre y carcoma y octubre con sábados inmóviles (años iguales
por venir entre la niebla de los años).
La ceremonia del viento enroscado
en la tarde
me trastoca:
Pienso en los juegos de palabras y la magia
que subía por la senda de tu cuello hasta tu boca.
Pienso que basta con cerrar los ojos para estar solo.
Vuelvo adentro de cualquier casa – de la misma
casa -, y
como siempre, ebrio de tiempo que me sobra,
mis dedos dibujan formas irreconocibles en el polvo de los muebles:
mesas y sillas pensando sillas y mesas; y una alfombra:
huellas de juegos infantiles: añoranza.
Pienso en la calidez de la carne, en el aliento alcohólico de los cobardes rompiendo
los muebles al llegar a casa, en las lágrimas que llenan la noche
y el alba (podríamos escribir en círculo
hasta comprender el odio atropellando los pasos
del odio).
Habría ido a buscarte
más allá de la música
más allá de la forma
más allá de la memoria: entre los coches mal aparcados y la ceniza
de las hojas de los árboles de ceniza
y de la lluvia que limpia
la tarde y el olvido
    y de la luz que todo lo ciega…
        cualquier amor sin nombre
            cualquier habitación vacía.
Podría haber perseguido mi sombra
por las paredes de las casas por los adoquines
de la calle. Podría haber perseguido mi sombra
entre gemidos de los rostros que dicen que tuve;
y mi verso en la piel traslúcida de los muertos
o en las tapias de los huertos que rodeaban mi pueblo…
El corazón sigue latiendo y es todo lo que tengo.
Todo lo demás es la soledad asomándose a una ventana entreabierta.
Así es la vida: las huellas que deja el tiempo
en la carne, las huellas
que deja el amor en los labios
de nadie.

Naipes

Me derramo por las calles como huída del presente
y la tarde y las nubes de la tarde encienden un latido
llego a casa y los dominios del blanco
papel
esperan
que las larvas que la muerte posó en mi lengua
– las cadenas del silencio, la arcilla con que el tiempo
esculpe mi indolencia -; estallen en palabras
y sólo quede un hombre soñando el sueño
de los hombres:
el telúrico rugir del universo
el pálpito esdrújulo de la sangre por la carne
galopando…

Yo, que he conocido
las llagas hirviendo en la lengua del caballo
la propiedad sin cercas
la distancia entre dos lágrimas
la canción de la derrota de las hojas amarillas
hacia el mundo
goteando…

Yo, que siempre he acabado en mí mismo,
hoy empiezo otra partida – y me río de los naipes
que dicen que repartió el destino -,
sobre este papel
en blanco.

Zapatillas de casa

De mañana
el claroscuro deshace los sueños
la memoria nos sitúa en el raíl de la existencia
de nuevo
bajo una piel ya vieja.
Al pie de la cama: zapatillas de casa,
mirando a ras de suelo hasta ese momento,
ven cómo los fantasmas infantiles se funden con el dibujo del suelo
y desaparecen.
Huimos hacia delante con cara de adultos impasibles
aunque a veces
un frío se encarama a nuestra espalda
y la memoria del olvido golpea en nuestras sienes
quebrando la dovela del arco de la frente
que sostenía toda entereza:
por un momento nos asedia la tristeza.
Un leve suspiro, y seguimos
sacudiéndonos las dudas; afianzando un personaje,
huyendo hacia delante con gesto resuelto – hasta arrogante -;
hundiendo nuestra vista en la tinta de la prensa…
en cada nota de la realidad que nos distrae:

pero los fantasmas
bajo la cama
esperan.

Raíces

        Un día pensé
entrar en un poema con una bala entre los dientes,
    mordiéndola, para resistir
el tormento del asfalto reclamando la suela
cabizbaja de mis zapatos – los pasos en la desgana
        de una calle cualquiera
en la hora de la recogida selectiva de desgracias -,
las ojeras de una vida en círculo, el suspiro
que por repetición se ha grabado en el espejo: mañana
        seré otro.

        ¿Oís
cómo acecha el otoño desde no sé qué cielo con el tesón de los héroes
o los mendigos las tardes de lluvia?

¡Y no estás
        y así es el futuro!
Alguien debe cuidar con mucha ternura
este deseo que, como hoy,
        me doblega:
Desvalido levanto la mirada
ante mi propia herida:
soy: una vela que se consume
al abrigo de tu luz
        y mi mentira…
y quizás, yo, así, con un reloj en la garganta (como siempre y como
nunca: dos únicas horas en una esfera macilenta)
te encuentre sentada en un vértice del otoño
con las piernas cruzadas esperando un recuerdo
que ya es ceniza (Oíd: ceniza: raíces
        y ceniza)