El olvido en tres actos y un amanecer.

Todo nace en el silencio y muere en él.

En el silencio…

Al fondo,
en la estancia,
el artista juega con sus pinceles:

Intenta representar lo etéreo: el tiempo evaporándose a golpe de sol.
Busca lo conocido – se dice -, la luz que te ha de guiar por el lienzo;
y comienza por las lágrimas que inventan la ausencia de nadie,
la imagen que se deforma en los fragmentos de un espejo roto,
los corazones ofrecidos
en la hora decisiva del día.

Todo lo demás permanece:
Las sílabas desmenuzadas que invocan el resto de la ciudad,
el submundo de los ecos como coros de verdades,
los dinteles de la luz en cada gota de rocío – fulgor ahogado
en el repiqueteo de una campaña que acaba con el sueño
y nos hunde en otro sueño, como
un martillo golpeando un metal incandescente y mudo -;
y el atisbo de masacre por si todo cesara
en su mente
antes
de que salga de sus manos la obra de su vida;

como un verso que se ahoga
en la garganta
– por la rabia –;
antes de ver la luz del día.

En otro lugar del destiempo…

Vuela, como un ave, con su batir de alas, con la evocación del silencio
– la potencia a un instante de convertirse en acto -,
como el misterio de la última palabra pronunciada por el moribundo;
el cóctel molotov lanzado contra los tanques de la desmemoria:
El último discurso que en su mente habita:
La imagen
de ella,
el reflejo del fuego
en sus ojos:
La hora de la verdad: ese
evitar el silencio por miedo a oírse
a sí mismo: La posibilidad misma
de olvidarla: La hora
tan temida.

En un lugar del sueño…

En medio del rugir del viento
cuando se pierde
por los esqueletos de los árboles

se duerme:

Todos los relojes de arena de la noche toda…
sus cristales se fragmentan
y los granos – gramíneas de lo que fue tiempo –
forman un macizo ante sus ojos.

Asciende,
en su camino se suceden las estaciones, confusamente:
nieva mientras la tierra da su fruto, mientras
los árboles tienen y no tienen su vestido…

A veces es un niño,
a veces es un viejo.

Llega a la cima, se da cuenta
que ha dejado en el camino todo
y todo olvida.

Se van sellando sus pupilas
por la luz que, por momentos,
se le acerca:

Busca lo conocido – se dice -, la luz que te ha de guiar por el lienzo;
¡La estrella que te ha de orientar en la noche más negra!

Y despierta
y ya no es el mismo.

Amanece

Amanece:
Pasea, vigilante,
por la orilla del mar:
Se detiene un instante,
y una ola, minúscula,
llega hasta sus pies;
no lo alcanza.

En su huída,
la arena se disfraza de humedad delicada;
la mira, conscientemente,
y, de entre los gránulos resplandecientes,
elije uno más oscuro;
lo observa, tristemente,
y se dice y se repite
– intuyendo y sospechando
con una claridad meridiana
que no admite, que niega, su propia mente -:

Aquí estuvo el amor.

Y se olvida de sí mismo
continuando su camino…

El viento, la marea
– cuando suba –;
borraran sus huellas:
él será niebla espesa;
y el mar
quimera, y olvido, y quimera…

Voz en off (del poeta)


Se me antoja misteriosa
la pérdida de este personaje
que no existe:
Siempre tendré en mi recuerdo
su olvido.

De fondo, una música, un sonido
– casi imperceptible –:
Una sucesión de segundos, la fricción
de cada uno con el siguiente… – casi inaudible -,

porque

todo nace en el silencio y muere en él.

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