Cena de verano.

Cenando, en verano,
afuera de cuatro paredes de una casa que fue vieja
en un lugar donde se dice
que no hubo nada;
al refugio – si puede decirse –
del bochorno del recién estrenado julio
descubrí
la forma pura de las palabras.

Hasta en el silencio, aun en la noche ciega
de la eternidad de unas horas,
vi cómo se sucedían con el ritmo
de los labios de los muertos;
caí en que los huesos
– ceniza petrificada –
son silencio, y no por ello,
en los instantes callados – cuando
sólo quedan las miradas -,
dejan de ser ritmo
de pasos que se atropellan
caminos que callan
rocas que gritan
crestería de una sierra conocida,
que al atardecer, en llamas estalla.

Las palabras de los que vivían ausentes
llegaban por otros medios
al corazón del corro unánime que formábamos:
como una punzada,
un dardo lanzado desde más allá del tiempo
– ¿sabes? -,
para incendiarnos.

Y hablamos, como siempre,
hablamos…
hasta que alguien dijo
no nos queda tabaco.

Y marchamos.

El coro de los ecos
– ahora sin propietarios -,
siguió hablando y hablando.

Aún oigo las palabras perdidas
– ya sin destinatario -,
y las miradas dirigidas
a alguien que ya no está
enfrente, sentado.

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