Intentando aprender a escribir (2)

Cuál sería la probabilidad de que nuestros caminos hubieran convergido hasta llevarnos aquí, hasta este banco, tú y yo, viejos y cansados: juntos; se preguntaba mientras movía sus ojos dentro de su órbita, levantándolos, primero a derechas y luego a izquierdas, atrayendo una mixtura de memoria e imaginación a ese instante; buscando una respuesta. Lo poco que sabía de matemáticas inundó su cerebro levemente, le resultó familiar que en el denominador había que poner los casos posibles… su mente estuvo a punto de desbordarse, cuántos futuros me esperaban, cuántos cruces de caminos me hubieran llevado a uno u otro, cuántos desprecié sin siquiera mirar adónde podían llevarme, cuántos hice míos arrepintiéndome al segundo. Fue corto el itinerario trazado mentalmente; se deshizo de este pensamiento con un movimiento casi involuntario de su cuerpo buscando una postura más cómoda en el banco de madera desgastado, pintado de azul (muy cerca, en otro banco similar, sentadas a horcajadas había dos chicas de unos quince años: hasta que no me pida perdón de rodillas, nada…) El sol, en su cénit, brillaba y calentaba de un modo extraordinario para las fechas del año que corrían, lo cual no impidió que acomodara la bufanda más estrechamente a su cuello; un cuello pálido, casi verde, en el cada vena se distinguía (anda, no seas tonta, no se lo tengas en cuenta… ah, ¿sabes? el otro día, su amigo, el que siempre va con él… se me quedó mirando las tetas fijamente, sin importarle que yo me hubiera dado cuenta… ya ves, ¿te puedes creer que hasta me gustó que lo hiciera?)
Se escoró hacia un lado dejando la oquedad necesaria para que su mano derecha sacara un paquete de tabaco del bolsillo derecho del abrigo y, lentamente, extrajo un cigarro del mismo, llevándoselo a la boca todavía más pausadamente. Del mismo modo sacó su encendedor y prendió el cigarro. Expulsó el humo de la primera calada y quedó ensimismado viendo como prácticamente quedaba suspendido en el aire. No corría la más mínima brisa. Ni el tiempo. Para él se había estancado, la rutina de sus días, jubilado, sin obligaciones, solo en casa… inexorable pero muy lento, lentísimo … así corría. Cada día los mismos gestos, las mismas situaciones, las mismas conversaciones con vecinos y con los pocos amigos que le quedaban (la muerte había empezado su batida) y que rara vez estaban disponibles para una simple partida al dominó o una conversación medianamente interesante… y un momento todos días, cada día de los últimos años, donde le asaltaba el enigma de qué tendría que haber ocurrido para estar con ella, en ese instante, unas veces en el banco del parque, o sentada a la misma mesa que él, o haciendo la compra… y la cascada de bifurcaciones en el camino de la vida que lo llevaron hasta ahí, a estar sirviéndose la cena, después de volver del parque y haber caído, hacía rato, la tarde, solo en un día un poco más caluroso de la cuenta de su particular invierno.

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