Intentando aprender a escribir (1)

Ahí estaba él, detrás del cristal: el frío artificial conservaba su cuerpo. Dejé al azar que los familiares, por las horas que llevaban el velatorio o por el cansancio acumulado, se alejaran. Daba por seguro que me iba a guiñar un ojo y a echarse mano al paquete. Azar y segundos… pero no, estaba muerto. Muerto. En mi retina había quedado la impronta de su risa; el recuerdo de su cuerpo haciendo ademanes solemnes; su voz, dispuesta para la Historia… y al final, cuando no podía más, escapársele un bufido entre los labios que no era más que el no poder aguantar la primera carcajada que preludiaba la catarata infinita de las que seguían (¡Los huevos, los huevos me voy a poner serio, esta vida no se la merece!) Y el rostro de la persona que acababa de conocerlo y lo había encasillado en una categoría errónea. Categorías… je, je… para él había un estante aislado (por más que lo intento no logro ponerle al lado a nadie): un compartimento estanco. Con la solidez del granito, así lo recuerdo… y sobre todo eso; su sonrisa. Aquella vez que la amiga de la novia de un amigo (que la mayoría conoceríamos esa noche) llegó tarde a la cena, y él puso el tono todavía más pomposo, y se cargó de datos que nadie podía comprobar y que resultarían ser falsos (y nosotros asintiendo, siguiéndole el juego… qué andará pensando el cabrón), y de movimientos hechos sobre sí mismo en la silla: cómo se echaba hacia delante, y luego se repantigaba, y así, unas pocas veces que parecían demasiadas (porque nosotros sí esperábamos el desenlace). Y la pobre que se le quedó observando (él no paró de hablar, aunque sí la miró de reojo), desde muy cerca – el único asiento libre estaba a su lado -; supongo que la imagen de él entraba por sus ojos y por el nervio óptico atravesaba su cerebro y, una vez allí, pensaría sin tampoco detenerse mucho, a ver a qué clase de personas lo adscribía (a mí me pasa)… y entonces ¡zas!, le echó la mano al culo sin más, un poco amistosa e impersonalmente, la verdad… (ella quedó sin defensa posible, paralizada en cuerpo y alma), y le dijo, ¿a que te has quedado de piedra? Pues yo también. La próxima vez llega a tu hora, bonita, que somos tiempo y a mí el mío no me sobra. Y la cara de circunstancia de la pobre muchacha… igual que ahora la suya detrás del cristal, y es que me parece mentira verlo ahí tumbado, apagado para siempre, muerto. Muerto.

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