Café idealizado en anochecer de sábado de octubre

Cenicero: punto de fuga.
Gestos sin dueño,
calle peatonal cualquiera.
Hay hojas de reclamaciones a disposición de los consumidores de otoño -:
Labios y dientes pintan
adjetivos, muerden vocativos: hablan.
Solitarios que tararean,
maquinalmente, lo que quedó después del olvido
de la melodía nasal de un padre subiendo las escaleras;
(Volvamos)
Carmines y pestañas moviéndose: hablan.
Migajas de palabras
caen sin peso sobre el pecho de los sábados.

Resbala la llovizna por toldos de franjas color rojo veneciano;
terrazas: frío que empieza a ser frío
después de que el sol ahogue un beso en los párpados de la tarde
y el horizonte se desvanezca;
canción última, cristales de octubre,
humo que asciende
paciente
de una taza de café de loza blanca,
tintineos de cuchara
miradas perdidas fijas en el centro de la nada.

Faros que iluminan el escape del coche que lo antecede:
fantasmas.

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