Rumor de sombras

Cierro los ojos vacíos y pretéritos
como el universo corriendo hacia la nada
como un pájaro muerto en la tarde de julio
donde el desierto avanza
mientras el hombre duerme la siesta
y sueña sus pesares.

Los cierro, porque una mosca
se posa en mis párpados
creyéndome cadáver…

Esta mosca que, con su zumbar,
niega hasta la nada, leve
espacio sin aire en donde
me disuelvo gota a gota
como un monstruo terrible
que busca en tus ojos el amparo
frente a un sol que no se apaga.

¡Desde dónde mirar,
dime, este baile de máscaras
o de muertos arañando y mordiendo
la cara de un dios que les sonríe:
Ya estáis aquí….!

Abro los ojos:
¡Rumor de sombras hacia el infierno de nadie!

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Tan distante y tan confuso
como este cielo que ante mis brazos
abiertos se abre,
tan mineral apagado en lágrimas,
tan vacío…
sólo la memoria del aire
o los jirones del tiempo
que mecen los árboles,
el polvo, alguna sombra:
un baile sin saberlo!

Así surge el deseo:
un desierto
yermo e inmóvil
pero dotado de misterio,
alas del recuerdo
que celebran la carne;
único e imperecedero
como una blasfemia lanzada contra la tarde.
Puños y dientes apretados
con la rabia de tantos años y de tanta sangre
(círculos concéntricos!)
Espuma que rompe contra las rocas
y moja este papel en blanco
en donde intento atraparte.
Como quien acude a tu centro
y grita
este yo, egoísta y obsceno.

No busquéis nada que me salve
en el último verso.
Ni un espejo que se rompa
siendo todo sólo un sueño.
No, este yo,
egoísta y obceno!

sin fin ni principio…

Levanto la vista
sobre el horizonte de la piel que me ha acogido
salgo
del vientre donde olvido la sed ahogada del deseo
hacia la noche sola
de las palabras a la deriva como pájaros,
o los cuerpos sin vida
que buscan otro cuerpo
para ser algo más que los metales,
o la fórmula de la luz en retirada
que queda en los espejos en la mañana sin nombre.

Acaricio
la mano aún cómplice en el llanto
en el entreacto del insomnio, cuando
la sal acude a mi boca
– qué importa que estés más fría que de costumbre: debes
soñar con la brisa gélida del tiempo.

Vuelvo
a mi respiración para encontrarme
vivo
en la certeza del amor:  única esperanza con la que cruzo
los días
como círculos concéntricos sin fin ni principio…

Ciclo de vida

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Savia que se deshiela
volviendo a andar en círculos
bajo la corteza de plata mortecina,
como la claridad que emerge
a tientas desde la muerte
y puebla la mañana,
he visto las flores tomar
los tallos ayer dormidos
sin mesura y sin batalla,
con el solo ritual de la memoria
de un ciclo con los años ensayado:
pulpa de qué fruto acariciando qué boca.

Poesía

Ahí está mi pecado impune
el verso y el beso que entregué
al gran ventanal de la memoria
-tuya y mía-:
raíces o ceniza; fuego
en la garganta; caricia
secreta del deseo; ritmo
como sangre que palpita… y sin embargo
nada o menos que nada…
-mudo asombro!-.
Vuelvo a levantar entre estas manos
la tinta y el paso solitario
de este corazón que los días me entregaron:

Hice
lo que pude.

Pero en toda noche desgarrada
estallas como las estrellas buscando su camino
-a modo de esperanza!-,
vagas entre las farolas y las sombras de los muertos
y no sé
en qué latido
vuelvo de mis lágrimas a tus labios,
a toda la luz que lleva tu nombre
y que enciende los campos a pesar
de que sólo sean polvo un día…

Dejadme un verso solo!
Dejadme una piedra sola y fría!

y un latido
y un latido!

zumbar acompasado: libélulas
argenta y nácar: luna de nadie
brisa de agosto: en qué noche…

poesía hasta que el mundo hable
del latido común de todos los hombres!

Escorados hacia el lado de Dios

En los álamos escorados hacia el lado de Dios te veo
en cada paso que piso y en los sueños que ascienden
del polvo culpable de los caminos que anduve
en la noche sin fin que mordí con dientes de rabia:

te veo

en los ojos que me miran en silencio mientras lloro
y en la música que emana desde otras latitudes
en las culturas que he dinamitado con mi disfraz
de egocentrismo de ególatra y de mí para mí mismo:

te veo

en las huellas que dejo cada mañana
de camino al sexto dia sin sentido como el quinto
en estas cuatro paredes que aprietan mi pecho
diezmado tras cada guerra que libro con el espejo

te veo

en los presagios en los desánimos en el destino tan cierto
de las lenguas blancas de los muertos que seremos
mientras bailan las palabras al otro lado de las lápidas
bajo la sombra alargada de cipreses solitarios

escorados hacia el lado de Dios, tan ciegos!