Intentando aprender a escribir (3)

Fue a dejarle una nota a su mujer, tenía que salir de improviso y cayó en la cuenta de que era mejor dejarle el recado por escrito, en un papel, en un sitio visible, por si ella llegaba antes de que él volviera. Cogió un folio y un bolígrafo, se dejó caer sobre una sencilla silla que había delante del escritorio, se acomodó, dispuso el folio oblicuamente y fue a coger el bolígrafo. Se fijó en que en la parte izquierda de la uña del dedo índice de la mano derecha le sobresalía un pequeño pellejito (diminuto). Pensó en morderlo levemente para quitarlo de ahí, no le gustaba que sobresaliera. En los últimos tiempos había dejado el café y los atracones de tabaco, se sentía una persona tranquila… tampoco se mordía las uñas… nunca en esos últimos tiempos. Bueno… pensó. Tras mirarse el dedo indicado unos segundos, se lo llevó a la boca, tanteando que la piel saliente cayera justo entre los dos incisivos a la derecha de la línea longitudinal que divide en dos la boca de arriba hacia abajo. Cerró un poco los dientes, apretando el dedo contra ellos y terminó de juntarlos en el sitio que supuso se cortaría sólo la parte saliente de piel, añadiendo un movimiento lateral de mandíbulas exacto que terminaría de rasgar el trocito de piel. Retiró el dedo de la boca, lo alejó lentamente dejándolo al alcance justo (ni muy lejos ni muy cerca) de sus ojos, y evaluó lo que había hecho. Error, había arrancado más de lo necesario… sí, el trozo sobresaliente desapareció, pero el corte había sido impreciso, también se llevó un poco de piel de más, un poco de piel que produjo un hundimiento respecto a la continuidad de su tejido. Hubiera sido mejor rasgarlo con la uña del pulgar, hubiera sido menos agresivo y el resultado más favorable, pensó. Volvió a llevarse el dedo a la boca, dejando esta vez los incisivos más abiertos, y calculando con el tacto de su lengua la diagonal que haría falta para que el paso de la zona de piel intacta a la zona que había quedado en depresión fuera más suave, cuarenta y cinco grados exactos, pensó. Ajustó el dedo y mordió. Otro error, sólo había logrado ampliar la zona de depresión al terminar la operación, y el paso de la zona alta a la baja de su piel seguía siendo (o así lo consideró al mirarlo) demasiado burdo. Volvió al mismo procedimiento, esta vez concentrándose más en su lengua, y cortó de nuevo un poco más de piel. Al rechinar sus dientes para terminar de practicar el corte sintió algo en su lengua, un sabor conocido: sangre. Succionó la zona con su boca, siempre tanteando con la lengua la herida, pero no se cortó la pequeña hemorragia, y luego, dado el infructuoso primer intento, retiro el dedo índice de la boca y apretó la yema de su pulgar contra el mismo. Estuvo así unos segundos, mientras el pensamiento de que hubiera sido mejor estarse quieto atravesaba su mente. Desunió ambos dedos y el leve salir de sangre había cesado; ahora el problema era (no lo había previsto) que la yema de su pulgar derecho y los alrededores de la herida estaban manchados de sangre casi seca. Sacó la lengua húmeda y la pasó por el pulgar, limpiando la zona y sintiendo el sabor de la sangre. Procedió a hacer lo mismo con la herida pero ésta, a causa de la saliva, volvió a sangrar. Entonces apretó la yema del pulgar contra la herida, jurando que cuando cesara la sangre no volvería a humedecer (ni limpiar) con la lengua nada, que la dejaría así hasta que estuviera seguro que no iba a volver a brotar, y entonces sí limpiaría, pulgar y herida (con una precisión milimétrica por lo menos hasta la comisura de la misma), con un pañuelo ligeramente húmedo, o algo por el estilo.
Entonces se abrió la puerta de la casa y su mujer, desde allí, levantando la voz sin llegar a gritar, le dijo que habían acabado antes en el trabajo y que ya estaba en casa. Él arrugó el folio, lo tiró una papelera negra que había a la derecha de la mesa, y le dijo que tenía que salir un momento, que había pensado en dejarle una nota, pero que ya no hacía falta.

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