Camarada…

Yo he de volver a las trincheras,
a esos surcos en la tierra hechos del orgullo
humano,
a rescatarte del olvido;
porque de nombrarte mis uñas están ensangrentadas
y el sol, con sus ráfagas de frío,
ha secado el sudor de mi paciencia.
Intento situarte donde te mereces,
no puedo saber si tu entierro
estuvo a tu altura…
(alguien me dijo… bueno, alguien me dijo…)

Dicen que el mundo
se ha vuelto gris; yo
no me canso, de poner mi voz
al servicio de la ironía; de quitarle
hierro al asunto y al mundo
para que nada me haga daño.
Y sin embrago, si no gris,
al menos algo deslucido, veo
cada amanecer de camino al trabajo.

Y me armo de oficio y de sonrisas;
mas, a veces, lloro por dentro.

Algún día me acompañarás en la jornada
en vez de quedarte en el espejo
como cada mañana; camarada.

Las bocinas de los coches…

Las bocinas de los coches
quebraron el silencio muy de mañana:
la luz de las farolas, a punto
de extinguirse, se entremezclaba
con la claridad del recién estrenado día.

A aquello lo llamaban escapada,
a ir reloj en mano
visitando la ciudad, sus plazas,
sus barrios,
como si fuera un trabajo – arduo –
ser simplemente turista.
Como si fuera una falta
– imperdonable –
no ver en un fin de semana
todos los rincones y sus misterios.

Al coger el coche para la vuelta
– sin haberlo visto todo, claro,
pero con el cuerpo del otro
en la memoria de los labios del uno -,
casi anochecía.

Las farolas, encendiéndose;
su luz se entremezclaba
con los últimos vestigios
de los rayos de sol renuentes
a poner fin a su existencia,
pero que como un niño obediente
caminaban – cabizbajas – a su cuarto.
Esas farolas – las recuerdo un poco sucias,
con manchas de la última lluvia –,
velarían la noche
en que algunos hacen memoria con los labios.

Titulares.

Recuerdo el indeciso verano
que llenaban de pasos errantes
las sombras de los árboles
a ambos lados de la calle.
La fotografía que vigilaba
expectante
la sobremesa de café,
y el humo llenando la estancia.
Las promesas del nuevo día
que el periódico, muy de mañana,
hería de muerte.
Y es que
nada pasa hasta que alguien
lee la noticia.
Debe ser que la desdicha
no es tal
sin unos ojos con los que ensañarse.
Cayó el otoño:
las aceras, bajo un manto de hojas;
las mañanas se vistieron de chaquetas finas
azules, rojas, verdes;
y del quiosco, como el agua
que rebosa del vaso,
seguían brotando titulares
con letras negras del color de la muerte.

vaivén de silencios…

Sigo quieta en la plaza
la noche se apaga
el vaivén de silencios apenas
mueve la silueta de los árboles
ni un leve crujir de sus ramas cansadas
ni la savia corriendo por su cuerpo.

Mantengo el rumbo hacia la nada:
quieta.
La mirada clavada en el centro de la noche:
quieta.

En la noche de alguien
se estará desplomando algún sueño;
será un estrépito mudo cuando choque con el suelo.
Quebrará en fragmentos grises de polvo callado
en músicas ahogadas en la faz de la luna
en visiones que se persiguen
hasta dar con mi rostro.

Siempre así, siempre quieta,
recogiendo los sueños que gotean por las ventanas
entreabiertas
de la gente.

Al día siguiente
pasáis por mi lado con prisa de camino al trabajo
y algo os empuja a mirarme a los ojos.
Cuánto tiempo llevará aquí esta estatua, pensáis.
Y yo quieta
implorándole al cielo
que un día la sangre acuda a mi boca
para poder deciros
que los anhelos que perdisteis por el paso de los días iguales
están a buen recaudo.

El despertador suena

Los hombres duermen,
las estrellas azules
velan sus sueños. El dolor
acumulado del día
se desdibuja o desvanece
al borde de almohadas blancas
o en mesitas de noche
junto a un vaso de agua mediado.

Ellos, con sus pijamas verdes
de siempre – casi infantiles –,
buscan maquinalmente un postura
más cómoda
cuando algún miembro de su cuerpo
empieza a entumecerse.

A las siete
el despertador suena
y el dolor acude al centro de sus pechos.

La voz quebrada.

Me rodean los brazos de esta tarde
con suaves guantes de lana dorada
oigo los orfeones de los rayos de sol
con sus reminiscencias de luna: ceniza
y grana.

Este día
esta luz
esta atalaya
de mis horas;
vuelvo la vista:
de granito veo mi cuerpo.
Miro hacia delante:
roja lava.

Miro a mi diestra con ojos siniestros,
                con ojos amarillos; hay otros, la tarde
                se espesa. Somos cientos flotando en el aire.

Hoy callo: rumio el silencio bajando
la vista – ¿Quién sabe? -.
¿Estaré naciendo de nuevo, madre?

Me sirvo
de estos versos
para descubrir el mundo:
misterioso, palpitante…

Nazco de nuevo; nazco, a cada paso nazco…
– Creo en las palabras, en el parir
de los ecos: preludio de voces -.

También está cansado mi verso
y sin embargo
renace.

¿Se convertirá mi voz quebrada
en timbales: un grito
desde el centro del páramo
hacia afuera: minando la tarde ?

¿En timbales…?
¿En timbales…?

¡En timbales!

La humedad, certera. Las palabras
                se ahogan: como un ojo cerrado,
                   como un labio cerrado: un beso machito.
                              Somos cientos galopando en la espuma.

¡Hacia Ti tiendo;
te busco; atropello
los pasos; alcanzo
mi sombra; muerdo
el aire!
A cada golpe de ira
a cada paso: ¿callo o grito?
¿Silencio o timbales?
Hablo conmigo con los tímpanos rotos
de miedo; con los ojos ya huecos
de lágrimas; con mis manos gastadas
de vértigo. Y callas – o callo,
quién sabe -.

Me miran los que pasan,
por el paseo que hay junto al río,
buscándote.

Y callas – o callo,
quién sabe -.

Somos cientos casi hundidos
                en el agua, ya no sabemos,
                a ciencia cierta, si algo nos arrastra;
                los cabellos se enredan uniendo
                una figura a otra figura, un cadáver
                a otro cadáver. El hedor
                debe ser insoportable. El mar espera
                – o el olvido, quién sabe -:
                Cuando llegue será tarde.
                Cuando lleguemos será tarde.
                Cuando hables

                      será tarde.

Es la hora más antigua…

Es la hora más antigua:
la noche esculpida en lápidas indiferentes,
variaciones de hechos en el éter confuso,
danza de sonidos, de fechas y de olores
familiarmente dispuestos

como siempre
    como siempre.

(¿Qué asombro arrancarle a la nada?)

¿Quién
quién acusa a su propia desgana?
¿Quién
quién busca en sus adentros el responsable?

¿De qué herida
    que creímos cosida
    – cerrada –
se escapa un haz de sombra funesto
    -por suerte leve –
anegando la madrugada?

¿Qué manos – cómplices –
acuden a cerrarla?

Las de siempre
    las de siempre.

Tinta.

Marcaba la página de un libro
con otro, y éste
con otro más pequeño;
éste con uno diminuto,
y éste,
con la lágrima que caía por su rostro
por los ojos cansados.

La tinta, casi corrida,
era el principio, a la mañana siguiente,
para seguir buscando una verdad
que los sueños le negaban.

Charcos.

Sin brújula ni sextante;
sólo pasión y flaqueza.

Con la comisura de los labios reseca
de hablar solo por las calles,
de pisar rostros de esperanzas que
se dibujaban en los charcos,
la noche ciega de estrellas
las estrellas heridas de asco;
y ella, ella, ella…

Sus ojos abisales de un negro profundo
e inconsciente – qué miran, qué fortaleza
remueven, qué sangre
han crispado -.

Su cabello del color del tabaco, y ese
mechón que cae sobre su frente
esbozando
las zonas erógenas de la luna: su
cara oscura – aferrarse
a su espalda sin ver su rostro -:
cráteres de olvido.

Mueve sus caderas al son
de la lengua bífida de serpiente
que nunca
logró arrancar de su costado.

Y su afilada guadaña
y su arista reluciente:
Una cana al aire….
Ya inventará mil excusas
cuando le pidan explicaciones.

Presentación de un amor.

Indómita, bravía la sombra del tiempo;
el telón cae, y en la caída, en el último segundo,
el que parece que da sentido a todo,
– el luminoso tejer de la corona del espacio -,
queda atrapado en la tela de araña de tus manos bohemias.
Musita la palabra última y certera
cual música susurrada por la boca de los ciegos,
que de no ver, todo nombran en su esencia,
sin infamias de formas y colores,
sin trazos, sin contornos; sólo el tacto de sus manos
que ahora se hace palabra…
y haces eternos los amores y sus causas,
celeste el cielo, hondo el abismo en que sucumbe
el viento que nace del iris de tu calma…
y todo cesa, y la muerte no es tanta,
y cae la noche, y la sombra del tiempo
se oculta – indecisa, vacilante –
por si no cuentas con ella
mañana.

Una noticia embarazosa.

Sonó el radio despertador.

La voz que emanaba de la emisora de costumbre era hueca y confusa, o así la percibía. Fernando abrió el ojo izquierdo, luego el derecho, y luego la boca para emitir un sonido gutural que delataba que no había descansado. Aguzó el oído cuando la locutora procedió a enumerar la combinación de números ganadores de la Lotería de los Calvos del día siguiente. Sólo tenía que esperar un día, había pillado un pellizco.

Sin embargo lo embargó el pesar de una cuenta pendiente sin resolver, tenía que hablar con ella. Mierda, pensó.

Descalzo fue al baño. Hoy no me ducho, no me gusta echar mal olor; se limitó, a su pesar a situarse encorvado en el lavabo. Un chorro de agua del desagüe brotó, mojó su cara y, formando remolinos concéntricos justo al lado de sus ojeras, se encaminó hacia el grifo donde fue a desaparecer. Llegó a su cuarto, abrió el cajón de la ropa interior. Un par de calcetines verdes correctamente ovillados de desenmarañaron situándose uno al lado de otro, y, con el correspondiente balanceo de caderas – como un dúo perfecto de bailarinas de cabaret – le dijeron, Fernando, ponnos a nosotros, recuerda, unos calcetines verdes son los mejores para dar una mala noticia. Quiso mirar a otro lado, eludir la responsabilidad, quitar de en medio de su vida eso… pero sólo halló una pared que, al derribarse, mostraba un bosque de árboles invertidos con hojas verdes con forma de calcetín que, de dos en dos, le decían, ponnos a nosotros, es lo mejor para dar una mala noticia.

Bajó a la calle, con el par de calcetines verdes, los cuales evocaban episodios juveniles en un campamento de verano de un país que absorbió el olvido. Arqueó la ceja derecha y un taxi lo paró.

De camino al trabajo, en el taxi, no pudo escabullirse del pensamiento que lo envolvía. Quiso mirar hacia otro lado y probó a guiar sus pupilas hacia arriba, hacia arriba… con tal mala suerte que no midió su fuerza y quedaron fijadas hacia el cerebro, donde, ahora sí, el pensamiento parecía más nítido. Por suerte un golpe de tos volvió todo a su origen.

Subió a su despacho, saludó como siempre a todos los compañeros y clavó la mirada en ella, coraje, se dijo, coraje.

– Mira X., tengo que hablar contigo.
– Habla.
– No, aquí no.

Un zumbido en el centro justo de la cabeza, la boca seca, la frente con el sudor frío: el puzle de nerviosismo que sostenía su ser.

Al final la coyuntura de tiempos y espacios que sus colegas ocupaban los situaron en la ocasión perfecta para la confesión.

– X., no sé cómo decírtelo, dijo balbuceando (de hecho, mezcló silencio incómodo y una leve partícula de saliva que involuntariamente fue catapultada su boca en la pronunciación de  la “te” de “decír-TE-lo” y que vino a posarse en la solapa de ella. Ni se dieron cuenta); y por fin lo dijo: ¿Recuerdas X., hace dos meses, el día que fuimos a cenar al salir del trabajo, y que acabó en mi piso… ya sabes? Pues me he quedado embarazado.

Aquí acabó el sueño… más bien la pesadilla.

Tras lo confuso del despertar respiró profundamente y se sonrió. Le quedaba media hora hasta que sonara el radio despertador. La vivió como un regalo, arrebujándose entre sábanas y cubierta desordenadas por los movimientos pesarosos de la noche que acababa.

Fernando se dirigió a la ducha y en ese preciso instante sonó su móvil. Vio en la pantalla en contacto y dijo:

– Dime X. qué temprano para llamar ¿no?
– Sí, es importante, tenemos que hablar, y pronto.

Labios.

El recato del otoño homicida:
hojas que crujen – nervaduras
rotas – debajo
del peso de las sombras
(hasta donde la memoria llega
ese rumor es presagio de muerte).

Un beso, llamarada de leves notas,
hacia la piel extinta, se pliega,
como la zarpa hambrienta de la bestia:
un sollozo en la garganta.
Se hace tarde, la dicha no espera,
la luz se ahoga en heridas indolentes.

Y sin embargo, tus labios
siguen siendo la medida de mi cuerpo:
un lento avanzar de aguas
hacia la estepa deshabitada;
un lento rugir de fauces vanas
hacia la noche incandescente.

Ojos.

No te lo pude decir con la mirada
pese a que mis ojos se clavaban en tu rostro:
Siempre andando a ciegas por el universo de mi ombligo.

Quizás el río en que fluía
la luz violácea de la tarde
– en sus oscuros meandros, en sus cenagales invisibles –
no fuera más que un tiempo lleno de vivencias desdeñables.
Triviales paisajes tatuados por el viento
en la piel de la costumbre – fuego sobre fuego -.
Quizás la palabra cayera por su peso
en la tierra agrietada, bajo la el mármol de un eco entumecido.

Busqué en las voces de otros:
en sus metáforas, en sus símbolos,
en sus símiles… en el cielo de sus fauces
– por si algo quedaba reservado al misterio -;
cómo decírtelo;
sólo quedó la silueta de un hombre
renco, arqueado hacia el lado,
acercándose a Dios con el oído más próximo
al suelo – quién sabe
qué futuros -; y
una página en blanco llena de vacíos:
de posibles, de anhelos, de miedos.

Hay diminutos seres sin materia ni conciencia
en torreones de granito: neblina de memorias,
preludio de cuerpos
desnudos; tierra prometida, frenesí de corales
espectrales, regocijo de músicas
venideras:

Páginas en blanco virginales e inexploradas
para que las anegues con torrentes
de tinta, de luna:
y de sueños.

Una siesta de septiembre.

El pasillo en que el acontecimiento se desarrolla es desahogado, suficientemente espacioso; la luz, aunque tenue, me permite observarlo todo, no hay zonas en penumbra; lo capto todo perfectamente, al modo de una cámara de seguridad instalada en el techo, con una cierta inclinación respecto a la horizontalidad del mismo. ¿Quién eres tú, qué recuerdo o futuro evocas, qué imponderable, de quién? Te veo desde el momento justo y no tengo sino que imaginar qué te ha llevado allí, porque eso no lo he contemplado, pero se me aparece como claro y evidente al despertar. Forma parte de la narración, lo sé, estoy seguro. Todo comienza en el giro. Levantas el talón de tu pie izquierdo, dejando sólo la parte delantera, de una suerte de madera pisando el firme reluciente; y con el derecho te impulsas, haciendo, como digo, un viraje de ciento ochenta grados sobre el eje imaginario que atraviesa tu cuerpo, de arriba hacia abajo; volviendo por donde creo que viniste; y ahí queda él, el otro, con el encendedor asido por su mano derecha, con su pulgar que acaba de activar el mecanismo de la llama, y su brazo formando un ángulo de noventa grados con respecto al resto del cuerpo. Su rostro empieza a curvarse, se dibuja en él una sonrisa torcida, aviesa… ¡si has sido tú quien le pidió fuego! Cómo lo dejas así, sin hacerle caso… Cómo actúa la vergüenza, qué pudores nos inculcaron de niños. Es el otro el que lo pasa mal, puedo leerlo en su estampa; la que dice, que no me haya visto nadie… mientras tú, personaje principal de este sueño, te alejas, con garbo, con una desenvoltura que presagia que vas de eso, de soberbio, de altanero; alguien, que estando por encima del bien y mal, mira la vida y la muerte con unos ojos nuevos… La escena me hace tanta gracia, es tal lo vívido, lo real, lo elocuente de este sueño, que despierto de él entre sonrisas, con una hilaridad desproporcionada, de una siesta que recordaré siempre.

Nubes.

Ahí está:
en el cielo, atrapada
en la tarde, inaugurando
abismos, postergando
humedades o promesas de humedades
a estas tierras endurecidas y cansadas
tras el paso del verano.
Plomiza y fatigada, y a aun así
inextinguible modelo de decoro…
Sus accidentes, la inclinación
con que la luz recibe,
su textura…
hacen que no aparente otra cosa:
una nube, diría
cualquiera; y sin embargo
es palabra, respira
y piensa
en el ritmo que imprimirá
a sus granos, a sus cristales
trasparentes
antes de lanzarlos contra el mundo
y despertar
ese olor a mojado de las cosas
con que, sin saberlo,
crecimos.

Otros relatos breves del tiempo primero.

Cuando una puerta se cierra…

Clac, cerró la puerta y se le cayó el cielo encima. Se había dejado las llaves dentro. Era viernes y, como casi todos menos cuando no tenía guardia, se iba a pasar el fin de semana a su pueblo, a casa de sus padres.

Se lo pasó relativamente bien, aunque por la noche de ese viernes no salió, excusándose con que estaba cansada. El sábado aprovechó el tiempo, tanto en tareas domésticas, como al poner al día unos apuntes del trabajo, y, respecto al ocio, lo disfrutó, mucho. El domingo fue otra historia.

Cien evasivas le hicieron falta para hacerle creer a su familia de que el lunes no trabajaba. El martes igual; el miércoles la llamaron del trabajo. Chica, qué te pasa, debías haber entrado a trabajar el lunes y no sabemos nada de ti, le dijo el responsable de personal del hospital. Ella, como quien enuncia que dos y dos son cuatro, le dijo que el viernes se había dejado las llaves del piso de alquiler en donde vivía durante la semana dentro y que no podía ir a trabajar sin tener dónde quedarse. Que mientras que tuviera turno de mañana podía utilizar el transporte público y volver a casa de los padres, pero que con el resto de horarios tan arduos necesitaba un alojamiento, y que como no podía acceder a su vivienda, pues eso, que aún no había encontrado la manera de casar su obligación profesional con la necesidad de tener un hogar. Oye, dijo el interlocutor, pues llamas a una cerrajería, te abren la puerta, te cambian la cerradura y ya está. Ella se negó en rotundo. Me niego en rotundo, dijo, no está bien ir forzando cerraduras. Damos por sentada nuestra libertad y nuestro derecho a la propiedad, y no veo bien servir de ejemplo a nadie forzando una cerradura. No puede ser. La sociedad que conocemos se desmoronaría si todo el mundo actuara así, dando ese ejemplo. Imposible. El interlocutor le dio un ultimátum, tenía que ir a trabajar. Pues no, dijo ella, si hace falta ahora mismo renuncio a mi puesto.

Escribió su escrito de renuncia, lo copió en un pendrive y se fue a la papelería de la esquina a que se lo imprimieran, firmarlo y mandarlo por fax al departamento de personal. De paso le dijo que imprimiera también una copia que llevaba en ese mismo dispositivo de su currículum. Desde ahí se fue a dos grandes supermercados que había cerca en busca de un trabajo.

El día siguiente, jueves, se sentó a la mesa, verduras a la plancha y un par de filetes. Su padre le pidió explicaciones por aquella extraña semana, ella jugueteaba con su filete, lo dejó de súbito, se levantó ágilmente cogiendo la cabellera del progenitor con una mano, poniendo el cuchillo, asido con la otra, manchado de cerdo, en su cuello. Si se vuelve a hablar en esta casa de algo relacionado con lo que ya sabéis, os mato. Se volvió a sentar, siguió cortando el filete y, de golpe, una risa de perturbada asomó a su rostro, dirigiendo la mirada hacia su madre y diciéndole, con voz gutural, ¿has visto lo que ha hecho la cochina de tu hija?, frase que recordaba recurrentemente de la película El Exorcista, pero que en la vida había tenido la ocasión de mencionar en una situación tan hecha a medida como ésta. Nunca más se habló de ello, todos continuaron como si nada hubiera pasado, como si todo fuera así desde siempre y para siempre.

Por la tarde recibió la llamada de uno de los supermercados, la contratación era inminente, en principio porque se acercaba la temporada estival y había que cubrir las vacaciones de los empleados fijos. El lunes siguiente empezó a trabajar, y, por lo menos conscientemente, no echó de menos la medicina ni nada parecido, andaba reponiendo pan de molde, refrescos, y demás objetos dispuestos para su venta, felizmente, como si la realidad fuera un colchón mullido sobre el que caer. Y caía con gracia.

En ese período de tiempo continuó pagando el alquiler del piso de la capital de provincia, así como el mínimo del agua, luz… Pero algo en su interior le decía que esa no era la postura correcta. Se empezó a notar porque cuando salía del trabajo, unas veces con un compañero, otras con otra, iba al bar de la esquina al terminar la jornada laboral a tomar unas cervezas. Sin saberlo, empezó a tomarle el gusto a ese aturdimiento, el fuego que acudía a sus mejillas, el olvidarse de su pasado de un modo tan simple.

Del mismo modo, empezó a salir todos los fines de semana y a beber con el único límite que el presupuesto mensual le ponía, gastos de alquiler de un piso que no usaba, luz… Por ello, porque el dinero no era infinito, muchas veces salía y bebía algo, rematando la faena al llegar a su habitación, en soledad y silencio; ginebra a palo seco, sin hielo siquiera, maldiciendo al inventor del dosificador. Pronto conoció las drogas, en todas sus vertientes, en una escalada peligrosa. Luego bajas laborales, especialistas en deshabituación, y, finalmente, una granja para toxicómanos, donde, una tarde soleada, mientras que ataba en alto una tomatera para que sus tomates no rozaran el suelo, se dijo, cuando una puerta se cierra, ninguna se abre. Ninguna. Nunca.

Un pase demasiado largo…

Este señor mayor iba por un parque, con árboles más o menos altos, y la vegetación más o menos cuidada. En él había un pequeño campo de fútbol en el que jugaban unos niños que rondarían los seis o siete años. Uno de ellos le pasó el balón a otro, y, aunque el pase era demasiado largo, desmedido, un rival tocó con la punta de su deportivo el balón, haciendo, ahora sí, imposible el control, y saliendo, el mismo, por la línea de banda. El señor, con demasiada ropa para esta época del año, se agachó y recogió el balón, ofreciéndoselo al niño, y, mientras hacía el gesto de dárselo, le preguntó, por decir algo, en qué posición le gustaba más jugar.

El niño respondió que más que buscar una posición en el terreno de juego, estaba buscando su posición en el mundo, en el Universo en definitiva, y que había observado que la vida de los hombres es, al fin y al cabo, la vida en convivencia, y que en ello tenían que decir mucho las diversas teorías políticas que se habían ido desarrollando a lo largo de la Historia. Yo, prosiguió el niño, me inclino por que la teoría marxista tiene que decir mucho todavía; ya sabe, aquélla que estuvo influenciada por el principio utilitarista de la felicidad del mayor número que ofreció la Revolución Francesa, y la Revolución Industrial, que convirtió al hombre económico en lo más respetable de la sociedad, lo que llevó al espíritu reivindicativo de las masas; ésa cuyos antecedentes son las teorías de Babeuf, Blanc, seguidas de posturas más radicales como las de Proudhon, que a su vez influyeron en otros revolucionarios como Bakunin, pero que al final el que puso el punto sobre la i fue Marx, con su pretensión de hacer del socialismo una ciencia. Él fue, en definitiva, el que aportó a la ideología socialista una filosofía, el materialismo dialéctico; una sociología, el materialismo histórico; y un proyecto político revolucionario. Y soy de la opinión de que, pese aparentar su desaparición, quedando sólo unos reductos que se dicen comunistas en todo el orbe, aún tiene mucho que decir, porque de lo contrario este neoliberalismo salvaje, en el que todos tienen derecho a todo, nos llevará a la hecatombe. Sin embargo creo que de nada sirve que esos poderes invisibles se puedan asentar en otros lugares donde no se les ponga trabas. Por ello todo esto se debería perfeccionar con la idea kantiana de una ciudadanía universal, aunque haya que llegar a ella con una especie de revolución permanente. Pero sí, en el campo de fútbol me encuentro bien en el puesto de interior izquierdo.

El otro niño, que le había dado el pase, tras una clara intención de jugar sin balón adentrándose entre dos contrincantes, y no habiéndose reanudado el juego, se dirigió al de la banda prácticamente gritándole, hijoputa, ¿vas a sacar o qué?

El señor mayor, continuó paseando, en silencio, diciéndose a sí mismo que en la vida volvería a preguntarle nada a un niño de seis años, se quedaría, sentenció interiormente, en la comodidad de lo ya sabido, en sus días iguales.

Era mayo, última hora de la tarde, y declinaban los segundos como declinaba el último Sol, y anduvo, deshaciéndose de sus pasos y su sombra; pasos que lo llevarían a casa, a, un rato después, buscar la cena, como se dice en mi pueblo.

El entierro…

La tarde empezó mal: no pensaba quedarme durmiendo y, por ello, no puse ninguna alarma en el móvil ni nada parecido. Cuando desperté no era demasiado tarde pero tuve que hacerlo todo deprisa, me sentí agobiado, debo confesarlo.

El caso es que llegué a tiempo. Allí estaba él, sigiloso, humilde; pasaba entre la gente sin afán de protagonismo. La gente le decía, Fernando, te acompaño en el sentimiento, y él, quitándole hierro al asunto, se limitaba a dar las gracias por su presencia y añadía un todo llega, todo llega.

Después se acercó a su hijo, le dio un beso en la frente y le dijo que no lo olvidara jamás y que siempre tuviera presente las cosas que le había enseñado, principalmente, aquello que más recalcaba, llévate bien con los bancos. Luego se dirigió a su mujer,  le dijo que la quería y le dio un beso en los labios –sin humedades-.

Se dirigió a su ataúd, se metió en él, se acomodó y cerró los ojos.
Una hora más tarde lo enterramos.
Llovía.

Así será: soy carne de francotirador en autobús secuestrado.

Tomaré en un autobús con destino a cualquier parte, a mitad de trayecto sacaré mi pistola y encañonaré al conductor y echaré las cortinillas de todas las ventanillas. Un autobús parado en medio de la carretera unos minutos despertará las sospechas, una patrulla de la Guardia Civil husmeará y verán lo que ocurre; dentro la gente está un poco asustada pero no es lo que esperaban… ya ha pasado un rato y estoy consiguiendo lo que me proponía. El caso es que llegarán los negociadores, me harán llegar un teléfono y yo les diré que de momento quiero un montón de hamburguesas con otro montón de Coca-Colas, al rato pediré un arroz y conejo, y luego unas gachasmigas, y las quiero ya, diré para que me tomen en serio. Fuera cundirá el pánico, pero lo que no saben, siempre hay un velo que nos tapa los ojos, es que dentro estamos comiendo, riendo a veces, les explico las ventajas de una dictadura de los osos amorosos y les hablo de la noche en que llegué borracho y lloré con un párrafo de San Manuel Bueno Mártir… He dejado una cortinilla un poco descorrida, el francotirador ve mi nuca y el camino expedito, aprieta el gatillo y así acaba mi existencia: en el último momento todo tiene sentido, he sido escuchado y tengo el estómago lleno.

Fernando caminando por la acera.

Fernando recorría la avenida por la acera a la cual se abrían las puertas de los comercios, de los que salían ráfagas de aire frío y cataratas de música electrónica. Era una tarde de verano en una calle del centro de una ciudad en rebajas. Las bolsas de los comercios tomaban la iniciativa, y las personas que las portaban eran, en verdad, quienes las seguían. Iba pensando en sus cosas, como siempre, pero atento al tráfico humano, y a una velocidad acorde con las circunstancias.
La persona que venía de frente, la que iba a chocar con él, no. Iba también ensimismado en sus pensamientos: vaya casualidad que me comprara un coche de gasolina y a los cinco meses perdiera el trabajo, y que el de ahora esté tan lejos. Hubiera sido mejor comprarlo diesel; lo peor es el horario, y, aún más, los compañeros, que llevan años y años en la empresa y me miran raro, como el nuevo… seré el nuevo siempre, me han puesto esa etiqueta. La diferencia es que esta persona, la que iba a chocar con Fernando, no iba atenta a las trayectorias de los demás ocupantes de la acera por la que circulaba. Iba, más bien, con la cabeza gacha, con los ojos dirigidos al pavimento, objeto, en ese instante, de sus maldiciones; aunque el gesto de su cara era el del que pensaba encontrar en él, en el suelo, consuelo y respuestas.
Como digo, chocaron: el hombro del segundo hombre se clavó en la clavícula de Fernando, llevándose éste la peor parte ya que su inercia era menor.
Fernando logró mantener el equilibrio. Pensó en aquello que aprendió de joven de boca de su tío preferido, el sabio no dice lo que piensa, piensa lo que dice. Él, aparte, lo había visto claro, en un intento de dotarlo de significado lo imaginaba así: todo lo que decimos sale del corazón, sube por el cuello hasta el cerebro y sólo después de ese filtro alcanza el exterior a través de la boca. Veía este trasvase de pensamiento claro y evidente, como un analista un flujo de datos. Por otra parte, desde muy joven, se interesó por todo lo que caía en sus manos referente a la empatía, eso de ponerse en el lugar del otro, y dio por sentado que el otro hombre, en un momento de sufrimiento (se imaginó tres causas posibles en un segundo, pero no acertó en ninguna), había cometido un pequeño error. Todos somos humanos.
Entonces Fernando lo miró a los ojos y le dijo: ¡Hijodeputa!

El olvido en tres actos y un amanecer.

Todo nace en el silencio y muere en él.

En el silencio…

Al fondo,
en la estancia,
el artista juega con sus pinceles:

Intenta representar lo etéreo: el tiempo evaporándose a golpe de sol.
Busca lo conocido – se dice -, la luz que te ha de guiar por el lienzo;
y comienza por las lágrimas que inventan la ausencia de nadie,
la imagen que se deforma en los fragmentos de un espejo roto,
los corazones ofrecidos
en la hora decisiva del día.

Todo lo demás permanece:
Las sílabas desmenuzadas que invocan el resto de la ciudad,
el submundo de los ecos como coros de verdades,
los dinteles de la luz en cada gota de rocío – fulgor ahogado
en el repiqueteo de una campaña que acaba con el sueño
y nos hunde en otro sueño, como
un martillo golpeando un metal incandescente y mudo -;
y el atisbo de masacre por si todo cesara
en su mente
antes
de que salga de sus manos la obra de su vida;

como un verso que se ahoga
en la garganta
– por la rabia –;
antes de ver la luz del día.

En otro lugar del destiempo…

Vuela, como un ave, con su batir de alas, con la evocación del silencio
– la potencia a un instante de convertirse en acto -,
como el misterio de la última palabra pronunciada por el moribundo;
el cóctel molotov lanzado contra los tanques de la desmemoria:
El último discurso que en su mente habita:
La imagen
de ella,
el reflejo del fuego
en sus ojos:
La hora de la verdad: ese
evitar el silencio por miedo a oírse
a sí mismo: La posibilidad misma
de olvidarla: La hora
tan temida.

En un lugar del sueño…

En medio del rugir del viento
cuando se pierde
por los esqueletos de los árboles

se duerme:

Todos los relojes de arena de la noche toda…
sus cristales se fragmentan
y los granos – gramíneas de lo que fue tiempo –
forman un macizo ante sus ojos.

Asciende,
en su camino se suceden las estaciones, confusamente:
nieva mientras la tierra da su fruto, mientras
los árboles tienen y no tienen su vestido…

A veces es un niño,
a veces es un viejo.

Llega a la cima, se da cuenta
que ha dejado en el camino todo
y todo olvida.

Se van sellando sus pupilas
por la luz que, por momentos,
se le acerca:

Busca lo conocido – se dice -, la luz que te ha de guiar por el lienzo;
¡La estrella que te ha de orientar en la noche más negra!

Y despierta
y ya no es el mismo.

Amanece

Amanece:
Pasea, vigilante,
por la orilla del mar:
Se detiene un instante,
y una ola, minúscula,
llega hasta sus pies;
no lo alcanza.

En su huída,
la arena se disfraza de humedad delicada;
la mira, conscientemente,
y, de entre los gránulos resplandecientes,
elije uno más oscuro;
lo observa, tristemente,
y se dice y se repite
– intuyendo y sospechando
con una claridad meridiana
que no admite, que niega, su propia mente -:

Aquí estuvo el amor.

Y se olvida de sí mismo
continuando su camino…

El viento, la marea
– cuando suba –;
borraran sus huellas:
él será niebla espesa;
y el mar
quimera, y olvido, y quimera…

Voz en off (del poeta)


Se me antoja misteriosa
la pérdida de este personaje
que no existe:
Siempre tendré en mi recuerdo
su olvido.

De fondo, una música, un sonido
– casi imperceptible –:
Una sucesión de segundos, la fricción
de cada uno con el siguiente… – casi inaudible -,

porque

todo nace en el silencio y muere en él.

Baldosas policromadas.

Te abrigan las sombras
de las casas de pórticos cerrados
y ventanas
entreabiertas donde
nacen los latidos de la siesta
– rumiando minerales, las gargantas anónimas
y languidecidas, funden roncos sonidos animales -;
Te fijas en el motivo
que los cuadraditos de baldosas policromadas
dibujan en la acera
y, como un reto,
procuras que tus pasos se adecúen
para no pisar las líneas.
Llegas
antes que yo: observas
la decoración de este café
y te asombra su limpieza.
Te acomodas (¿Quiere algo? No,
espero a alguien)
Y aparezco
con la frente de sudor inundada.
He venido por la acera soleada
(¡Error: agosto, en qué pensaba!)
Eso sí
procurando no pisar las líneas
que los cuadraditos de baldosas policromadas
dibujan en la acera.

Moon´s Window

Ahí están los de siempre
los geómetras del tiempo y la moneda
los segundos escorados hacia el infierno
las palabras entrecortadas en las tinieblas.
Nosotros, como si nada,
celebramos, con otra ronda, una tregua;
soñamos, con nuestras manos expresivas
– gesticulantes -, hacia la noche desierta.
Entonces
otra tregua, otra ronda
y la noche avanza hacia su cauce:
soledades ciegas,
soliloquios de envejecidas estrellas
a punto de derramarse en las copas.
El verano comienza su huida
el tiempo late en las esquinas:
otra ronda…
se derriten los hielos, se evaporan
las burbujas
en las lenguas pesadas y culpables
ejecutando sentencias, simples
y lúgubres: frases que evocan
lo que, soñando, despiertos,
al hilo del tejer y destejer de la mirada cómplice,
decimos con los ojos abiertos… heridos.

¡Otra ronda… de ceniza venidera!

Miras al vacío:
esta noche,
por lo menos esta noche,
la muerte no me espera.

El viento.

Fernando, hace ya trece largos años, en las fiestas patronales de su pueblo, una tarde de café y gin tónic en terraza de verano, observó a una muchacha de pelo castaño y largo; debía ser de fuera, porque no le sonaba su rostro. Sin pensarlo, se le acercó, y le dijo, sin siquiera presentarse, que la única misión del viento era ondear sus cabellos, y que cuando se hallara bajo una lápida acotada por las únicas fechas que se debía contar en las clases de Historia: su nacimiento y su muerte; el viento dejaría de tener sentido, y que los pobladores que quedasen lo evocarían como algo sagrado, antiguo; la atmósfera sería algo totalmente estático, la quietud del mismísimo cielo.

Actualmente tienen dos hijos, un chico y una chica, a los que les han dejado el pelo largo. Prefieren, para salir a pasear o tomar un helado, las tardes ventosas, y ver cómo el viento ondea sus cabellos. Porque ambos saben que fue el origen de su amor, por eso, ante la mirada asombrada de sus hijos, cuando se van a besar, al estar a punto de juntar sus labios, cada vez uno, en el último instante, se soplan. Y los hijos ríen ante una cosa tan tonta, acostumbrados a los besos convencionales, televisivos o presenciales.

Entonces Fernando mira a sus retoños y les dice, ya lo entenderéis.

Fernando contra Fernando.

Fernando probó suerte en la lotería una sola vez en su vida, y no ganó el primer premio, pero sí un pellizco que le permitió comprar lo que siempre había soñado, un pequeño cortijo en las afueras de la ciudad, no muy lejos, y un Citroën 2CV a un viejecito por un buen precio. Pese a todo, la cuantía del premio no le permitió dejar de trabajar, y es que, en parte, no quería, le gustaba su trabajo y mantener su economía saneada.

Llevaba una vida perfectamente comedida, no cometía excesos con la comida –principalmente la cantidad de sal en la misma, llevaba marcado a fuego la imagen de su madre repitiéndole que no se excediera con ella -, no fumaba, prácticamente no bebía, y, lo más inusual hoy día, desde el domingo al viernes por la tarde, se acostaba temprano, muy temprano, esos cinco días los dedicaba exclusivamente al trabajo cuando estaba en él, y a prepararse, descansando, relajándose, centrándose en el mismo, cuando salía de él.

Aparte de las salidas de fin de semana, siempre con su fin a una hora moderada, su único desvarío era coger el mediodía del domingo el 2CV e ir a propósito a la ciudad al bar de tapas al que toda la vida había ido. Aparcar mal esos veinte minutos, pasos de peatones, reservados para minusválidos: era su pequeña travesura semanal; y volver a casa para comer, remirándose un poco más que lo habitual, y volver, en cuerpo y alma, a los cinco días laborales de rigor.

Martín, el camarero de dicho bar, siempre lo saludaba e iba a darle la mano al entrar, y hacía alguna broma con el viejo coche, qué Fernando, ¿te has comprado ya el kit de asesino en serie doscaballesco, ya sabes, un saco de cal y una pala? ja ja, reía Martín, y le ponía lo de todos los domingos.

Sólo tenía un tercer capricho, aparte del cortijo, pequeño, y el 2CV, que convivía con su coche de siempre, el que cogía a diario para ir al trabajo, tenía una cierta pasión por los perfumes, pero ganaba la partida su perspectiva económica. Tenía dos o tres de diario, de ésos de clase media-baja, y uno muy bueno, que sólo usaba en bodas, algunos sábados y fechas señaladas.

Una mañana, tras levantarse, y, como un rito, desayunar equilibradamente, al ir al baño a ducharse para salir hacia el trabajo, le pareció que el perfume bueno había bajado, recordó cuándo lo usó por última vez y le pareció extraño.

El episodio se repitió a las semanas, y se preguntó cómo era posible. También le extrañaba que últimamente, a media mañana en el trabajo se sentía cansado, extrañamente abatido teniendo en cuenta la vida de dedicación al trabajo que estilaba. Lo comentó ese domingo con Martín, y le dijo, a ver si vas a ser sonámbulo, o a lo mejor tienes un fantasma en el cortijo que gusta de tu perfume. Ja ja, rió ácidamente. A lo que añadió, grábate con una cámara por la noche. Ja ja.

La propuesta le pareció interesante, y se hizo con una pequeña cámara que, sin mucha calidad, podía almacenar todas las horas de descanso. Hizo la grabación un martes, pero hasta el sábado no la vio. Se sentó a primera hora de la mañana procediendo a verla, y cuando el reloj de su reproductor marcaba 4 horas desde el inicio, observó cómo se levantaba de la cama, debido a que esa noche dejó una pequeña luz ambiental en el dormitorio, y no volvía hasta 3 horas después.

Aquel sábado no salió a cenar, y le costó conciliar el sueño. El domingo se levantó tarde, y, pese a la preocupación que le rondaba, se dispuso a ir a su visita dominical. Al abrir la puerta del garaje y aproximarse al coche, observó que la puerta del maletero no estaba bien cerrada, encajaba mal. Nunca lo había usado, solía transportarlo todo, la compra para la semana… todo, en su coche de uso ordinario. La abrió para cerrarla bien y no pudo evitar ver su interior: una pala, un saco de cal, una cuerda de nailon y un cuchillo ensangrentado.

Lo cogió todo y lo dejó escondido para luego deshacerse de ello. Arrancó, llegó al sitio de siempre, ocupó parte de un paso de peatones y un aparcamiento de minusválidos, cuando podía haber evitado una de las dos cosas, y entró al bar; esta vez fue él quien se acercó a Martín, ¿lo de siempre? No, contestó, hoy a lo grande, buen vino, y no te lleves la botella muy lejos, me siento bien, fuerte, más joven que nunca… hay que celebrarlo; ja ja, río yo hoy. Ja ja.

Un día como otro cualquiera…

Antología de instantes
de pasiones
pasadas,
cárceles ocres,
llanuras vastas. En las olas,
te vi arropada en las olas
de la marea de asfalto lejana.

Escondida al alba, sumida en el alba,
custodiada por ébanos, por ríos
negros, de materia arrancada de la tierra,
heñida
por los hombres, dispuesta
a ras de suelo,
ocultando el árido mundo
de las cenizas de los muertos;
pavimento envolviendo el orbe:
negro regalo perverso para los días
negros – lágrimas oscuras
de cientos de pupilas sin dueño:
anónimo tormento -.

Grisácea mañana en te pienso
en cárcel de metal y de pestañas,
oculta la mirada, prisionera
de un instante en fuga que no llega;
bosques de noche: troncos,
vaivén de troncos que se mecen en el viento:
hojarasca, humedad, suelo empapado,
vida oculta en la inmensidad
del cálido julio; rocas negras,
tierra, légamo, nombres impregnando
la materia de los sueños, confusos,
dispuestos en la noche del lamento.

De otra parte
claridad
de luna meridiana,
soledad, madrugada,
sueño… en un rincón del sueño
estabas, pese a todo, cálida,
resplandeciente,
callada.

Y del silencio
surgió otro anhelo:
luz, luz de mares en reposo:
una barca, blanca y pequeña;
una ola tibia, etérea;
un despertar, como tantos…
la ola que llega a la orilla
y rompe,
sutilmente,
la quietud de las horas, de los días,
para echar a rodar por mesetas
de contradicciones y acertijos ácidos;
y estallar – como la espuma -,
tachando otro día del calendario.

Una ausencia, un vacío…
¿En qué jarrón se vertió el tiempo,
a qué flor, ahora marchita,
humedeció su tallo en sus últimas horas,
qué pétalos, moribundos hoy día,
rodaron
por las agujas del reloj del iris
de los ojos,
de qué rostro?

Tachando otro día del calendario.
¡Qué sed más cálida!
¿Qué sueño me trasporta
a los manantiales del alba?

¿Qué condensación de rocío
formó la gota acuosa
que cayó en los ojos, aún abiertos,
de cadáver que seré?
¿Qué cielo, qué dios contemplarán,
en ese instante, si hay alguno?

¡Qué mar tan cálido
qué infierno tan gélido!

¿Cuántos años hace,
cuántos años restan?

Tachando otro día del calendario.

Un día como otro cualquiera.

El claroscuro del hombre…

El claroscuro del hombre
su alma, un grito
callado.
Ya no sé quién eres
marinero de tierras plagadas de azufres incandescentes,
de brasas
humeantes.

Llegas a casa
tu puerta está cerrada
te preguntas
lo de siempre
y no obtienes respuesta.
La soledad tiene un precio.

Claroscuro hilvanando tus miembros,
monstruo diáfano y diario:
cotidiano.

Soledad, por qué te pusieron nombre
si mire donde mire
– dime, qué buscar –
todo lo impregnas.

Te veo, lo veo todo
con los ojos grises de la mirada cansada.

Cena de verano.

Cenando, en verano,
afuera de cuatro paredes de una casa que fue vieja
en un lugar donde se dice
que no hubo nada;
al refugio – si puede decirse –
del bochorno del recién estrenado julio
descubrí
la forma pura de las palabras.

Hasta en el silencio, aun en la noche ciega
de la eternidad de unas horas,
vi cómo se sucedían con el ritmo
de los labios de los muertos;
caí en que los huesos
– ceniza petrificada –
son silencio, y no por ello,
en los instantes callados – cuando
sólo quedan las miradas -,
dejan de ser ritmo
de pasos que se atropellan
caminos que callan
rocas que gritan
crestería de una sierra conocida,
que al atardecer, en llamas estalla.

Las palabras de los que vivían ausentes
llegaban por otros medios
al corazón del corro unánime que formábamos:
como una punzada,
un dardo lanzado desde más allá del tiempo
– ¿sabes? -,
para incendiarnos.

Y hablamos, como siempre,
hablamos…
hasta que alguien dijo
no nos queda tabaco.

Y marchamos.

El coro de los ecos
– ahora sin propietarios -,
siguió hablando y hablando.

Aún oigo las palabras perdidas
– ya sin destinatario -,
y las miradas dirigidas
a alguien que ya no está
enfrente, sentado.

Futuro laboral…

– Lo sé hijo, lo sé; no has tenido suerte. No te voy a recriminar nada, pero tampoco quiero dejarlo así, sin decirte lo que pienso: Sé que había pocas posibilidades, que ese año convocaron pocas plazas para bombero en los lugares donde te hubiera gustado trabajar, pero eso no quita que te faltara constancia, que si nunca encontrabas el momento adecuado, que si andabas bajo de fuerzas; y la constancia, en unas oposiciones, tanto en la parte teórica, como en la preparación de las pruebas físicas, es medio paso para alcanzar el objetivo.
>> También es verdad que todo lo que has probado, por una cosa u otra, lo has dejado a medias; sólo, lo que se dice terminar, acabaste el COU, y repitiendo una vez con unas cuantas asignaturas. Pero es que así no se puede, no puede perder uno el rumbo a la más mínima, porque ahora apetece esto, luego lo otro… ya te estarás dando cuenta, ¿no?, creces, y un trabajo no es un capricho, es lo más necesario de todo, te da el dinero con el que pagas desde la gasolina del coche a las camisas esas caras que te gustan… bueno, y la satisfacción de parecerse a uno mismo útil, que también es grato, no me lo negarás.
>> Pero siempre te han durado poco, que si no me pagan demasiado y que no es para toda la vida, los horarios de mierda de que te quejas… pues nada, tú sabrás.
>> ¿Me lo estás pidiendo en serio, de verdad quieres echarme una mano, de una manera más o menos impregnada de futuro, en la funeraria? El trabajo es agotador, somos pocos, todo el tiempo tu tío y yo… y… bueno, el ayudante, pero ése es como si no lo contáramos. ¿De verdad que te interesa? Es duro hijo mío: los horarios sobre todo. Aquí no cabe eso de abro de 8 a 17.
>> Y luego… luego… ¿de verdad…? Mira, te lo voy a decir, como tu abuelo nos lo dijo a tu tío y a mí, en su día, con una tranquilidad pasmosa… ¡yo no daba crédito a lo que decía! Algunas veces le habíamos echado una mano, pero en ese preciso instante él supo que nos haríamos cargo, de por vida, del negocio familiar.
>> ¿Estás preparado? Pues bien, los muertos piden cosas, y raras. Al principio no sabes qué es, pero cuando estás al lado de ellos, preparándolos, vistiéndolos, al poco de morir, oyes en el interior de tu cabeza unos susurros; te sales por la tangente y piensas que es una corriente de aire, un grifo que gotea, alguna música lejana que pierde… nitidez, eso, nitidez… y te llega un sonido que lo achacas a cualquier cosas menos a lo que es: que los muertos, durante un tiempo después de morir, hablan.
>> Con la experiencia aprendes que se trata de algo transitorio, ni ellos son conscientes de que han muerto, o por lo menos, no del todo. Hora tras hora van cayendo en la cuenta, y al final cesa toda esa actividad que no sé muy bien de dónde viene. Saben que les pasa algo fuera de lo normal, pero hasta las horas, no saben que se trata de su propia muerte. Adivinas en qué tramo de ese camino de un solo sentido están por cómo te lo piden, y el contenido del asunto.
>> No hace mucho tuve una mujer mayor que tenía un hijo único, de esos eternos solteros que al final entierra a los padres y se queda a vivir en la misma casa donde nació, y donde morirá… Pues bien, en el silencio de aquella tarde, antes de prepararla para el velatorio, me repitió por lo menos cien veces que le dijera a su hijo que quitara la comida del fuego. Insistía e insistía. Con el tiempo vas comprendiéndolo todo, ella, por ejemplo, murió de un fallo cardiaco, vamos, con lo vieja que era, lo raro es que no le hubiera ocurrido antes, haciendo la comida: su única preocupación era ésa, que su hijo apagara el fuego.
>> Otros, cuando toman conciencia de que se apagan definitivamente, aunque hayan pasado unas horas desde que el médico haya firmado el parte de defunción, te piden cosas que saben que será la última vez que lleven a cabo: Uno me dijo que era fumador empedernido, y que, aunque se imaginaba que no iba a poder aspirar el humo de un cigarrillo, me pidió que fumara al lado suyo, por si algún hilo de esa niebla penetraba en su nariz; por su tono, creo que con ello se conformaba, como una auténtica última voluntad.
>> Los he tenido más comprometedores. Hubo una vez uno que me dio su usuario y contraseña de correo electrónico para que accediera a él y borrara todos los mensajes que, durante ese último año, había compartido con un joven inmigrante homosexual, así como las evocaciones, que después de los encuentros sexuales, hacían, con mezcla de culpabilidad y chispa. Por nada del mundo quiero, que alguna vez, mi mujer los viera, me dijo, si es que podía aplicarse ese verbo, ya que como te digo, oyes su voz, pero no es ninguna onda sonora como a lo que estamos habituados a oír, simplemente, lo sientes.
>> Si quieres el trabajo, podemos empezar esta tarde, sólo Dios sabe qué nos pedirán.

Uno de ellos…

La memoria del Universo desde el día en que
el tiempo echó a andar – al tiempo, me consta,
que le quitaron las dos ruedecillas de los lados,
al tiempo, se entiende, como las bicicletas de los críos -;

Y el tiempo, que tiene mucho que decir en la vida,
quiere
que cuando hace tiempo que no sé de él
ni él de mí,
es como si el tiempo no hubiera pasado
o hubiera pasado todo y nada
y nada y todo;
en el recuentro.

Y entonces
el tiempo – como siempre, el tiempo -,
se detiene, se hielan los segundos en el vientre del tiempo,
y ocurre, y acaece
que como el sonido lanzado desde el abismo de un volcán,
que recupera los años de silencio,
dice – porque no grita, es, simplemente su voz,
la idea de todas las voces en el mundo de las ideas -:

Viejo, a mis brazos

Y todo tiene sentido:
ese sábado noche en los sitios de siempre;
algún paseo por la ribera del río, cuyas aguas
nos recuerdan que lo pasado no volverá;
o ese email mediada la semana
por el que sabes
que todo sigue igual
y que somos medianamente felices
y que no merece la pena quejarse.

Y todo este poema es él
mi amigo Fernando Kubala
diciendo Viejo, a mis brazos,
y esa sensación de que la amistad es desentendida
y que por mucho tiempo que pase
entre dos encuentros,
nada se ha perdido;
al contrario…
ya sabes lo que digo.

Algo más mundano…

Hoy no hablo de estampidas de animales
ni ojeo versos de poetas buscando inspiración
ni relato algo inmerso en la noche
de un modo teórico…

Hoy quiero algo más mundano
con sus correspondientes imágenes, si hiciera falta;
con su correspondiente ritmo, si hiciera falta;
y si hiciera falta, con mi sangre, hecha palabra…

Abrumado, pesado como quintales de culpa,
apagado, como el desierto de noche,
casi triste, con los ojos entornados,
maldiciendo mi nombre y su sombra…

Pero…

voy al baño y miro la taza del váter,
blanca, virginal, espléndida;
osadía de la ciencia; mágica:
no salen conejos de una chistera
ni inspirará jamás un suicidio altruista (Véase Durkheim)

Me siento, su tacto es frío, pero sé
que valdrá la pena este primer contacto;
y miro al vacío, empujo – sólo un poco -,
y siento
lo que se debe sentir alguien
que suplantando a los dioses, bebe la ambrosía;
y… (no entro en detalles)

Y salgo
y afuera ya no hay una oficina
sino una estela de cometa
a modo de alfombra roja;
y paso por ella, y casi no piso;
floto… y llego a mi destino
con una sonrisa
tan de oreja a oreja
que mi compañero
se cuestiona su felicidad,
su vida, toda su vida.

¡Qué pequeños placeres tiene esta vida!

¡Qué bonito es el mundo, límpido y reluciente,
como la taza de váter que atiende mis evacuaciones
cada día!

¡El infierno debe ser un lugar en el que no se caga!

El olvido le dijo al tiempo…

El olvido le dijo al tiempo
¿Qué te he hecho yo,
si éramos amigos?
El tiempo se volvió tiempo
el olvido, simplemente olvido;
y esta palabras que te cuento,
olvidadas al tiempo,
murieron solas; y la muerte,
que se olvidó de olvidarlas,
a un tiempo,
olvidó que el tiempo era el tiempo…
– y ése no muere –
y no cesó en su empeño – el tiempo –:
pasó, pasó, pasó,
sobre los párpados de los muertos
pero se olvidó de quién era,
del propio olvido se olvidó.
Y ahora la muerte, dama ciega,
olvida, con gran tristeza,
que hasta para ella
el tiempo se le escapó.

Ansiando la luz tantas veces temida.

Cuando tu presencia se haga incandescencia
y el tiempo sangre por mi daga indestructible
y aspire el espacio a grandes bocanadas ciegas
– hasta encontrarte -;
entonces
jugaremos a no tener pasado ni futuro:
sólo presente, luz y lluvia,
que como en una catarata
caerá por los senderos de tu cuerpo
hacia la tierra que un día
nos dará la bienvenida;
mientras tanto: memoria
de las horas que pasamos juntos
ansiando la luz
tantas veces temida.

En su lecho de muerte…

Su padre murió un lunes
en su lecho de muerte le dijo:
“Trátala bien, pase lo que pase”.

Volvió a morir un martes
en su lecho de muerte le dijo:
“Come toda la sal que quieras
pero no olvides
tomarte la pastilla de la tensión”.

Volvió a morir un miércoles
en su lecho de muerte le dijo:
“Sé bueno, pero aparenta ser mejor”.

Volvió a morir un jueves
en su lecho de muerte le dijo:
“Trabaja, pero no te mates”.

Volvió a morir un viernes
en su lecho de muerte le dijo:
“El tiempo es la única verdad,
la muerte todo lo puede”.

Volvió a morir un sábado
en su lecho de muerte le dijo:
“Llévate bien con los bancos”.

Y el domingo
descansó
de tanto morir.

La vejez…

Totalmente injusto, abusivo, odioso:
Así es la vejez,
cuando se le quita hierro al asunto
cuando se le quita gravedad a la vida
cuando se perdona que el otro no dé el intermitente
– porque todos somos humanos, y viejecitos en el fondo -;

cuando se entiende todo:
la vida
el amor
las pequeñas disputas con el que fue el objeto de su querer
la trampa de las rebajas
¡cuando por fin se logra entender la numeración que llevan los huevos en su cáscara!

entonces
– los viejecitos –
van
y mueren.

Romance del que no se podía dormir (muy antiguo)

Camarero, otra jarra
de melancólico vino
en el que yacen difuntos
bajo cipreses y pinos
los que antes vivieron cuerdos
así, al modo mezquino.
Los que reputación dieron
a su dialéctica, trinos,

y que no dirían nada
del salvaje mundo mío.
Diciendo voces vacías:
padre, madre, abuela, tío.
Y sin embargo no son
más que nombres aburridos
de parientes también muertos:
Luisa, Félix, Joseíco.

Y siguen sin decir nada
porque la muerte es un mito
más grande que ellos, grande
como el Danubio o el Nilo
y como sus aguas van,
sus palabras, al vacío
y sólo quieren ver santos
vírgenes, cáliz bendito

curas, obispos, iglesias
y más pecados impíos.
Ven el mal hasta en la gota
minúscula de rocío
y por eso los invito
al insufrible suicidio
de su vida y su memoria:
que griten, porque el aullido

del que no ha aullado debe
hundirse en su crucifijo
el que portan en el pecho
como el símbolo vacío
de la piedad por el otro:
la pena por el vencido
por el pobre, por el loco,
por el que nunca ha sido.

Una fotografía sepia.

Un silencio diáfano sólo roto
por el tic-tac acompasado de un reloj.
Conjura los ecos del tiempo
a modo de fotografía sepia,
aflora una queja en sus ojos
no sé si por el esfuerzo
de abrir el postigo de la ventana.

Afuera, el otoño y sus artes:
los árboles, que del infinito
y violento retorno,
han perdido su vestimenta
y los troncos y las ramas quedan
casi sin vida, meditabundos,
rehusando la muerte en pleno,
quedándose sólo en su antesala;
y lloran,
lloran en silencio bajo la luz mortecina
de esta tarde de octubre.

Yo paso por ahí, por esa calle
con casas y árboles – desnudos –
y lo veo todo, de un golpe,
como en una fotografía – sepia –
y pienso
que por esta vez
octubre no ha desolado del todo mi alma.

La sirena.

Hay un paseo en las afueras
que zigzaguea al compás del río,
por él han paseado melancolías
alegrías y neutralidades,
gente sola o en grupo,
alguna estatua – tal vez sea mentira –
hablando unos, en silencio otros
y todos jadeando un poco
al llegar al repecho que hay en el último tramo.
Pero ninguno ha visto
la sirena que hay a medio camino
con su parte pez metida en el agua
y su rostro tostándose al sol,
muy queda;  alguna vez
se fuma un cigarro, e
inmediatamente después se come
un caramelo de sabor a menta:
por si acaso
tuviera que dar un beso en la boca
a un transeúnte perdido
que sin buscarla la encuentre
y, en ese momento,
haga futuribles con ella
haciendo, eso sí,
una piscina en casa – en que
meta su parte pez – y
se fumen un cigarro mientras que,
como adolescentes se digan
lo mucho que se quieren.

Seas lo que seas…

Te despiertas conmigo, despeinada,
salimos a la calle y ríes
con carcajadas ebrias, sacando tu dedo corazón
a la gente que cuchichea sobre nosotros.
Y vuelves a reír.

Un séquito de meteóricas infamias nos sigue
como cuerpos de ayer – hoy más jóvenes –.
Me cucas tu ojo derecho y entiendo:
tengo que rescatar recuerdos de otros,
traerlos a un presente de donuts rellenos de crema
y quitarles el hierro que los años les han puesto.

Tomamos un café solo corto a media mañana
– hay que recuperar fuerzas –
y al salir del bar, con la sola ropa interior que llevas,
planteas discursos y sátiras
sobre lo bello y la noticia
que no da hoy la prensa.

Al final vuelves a reír; una carcajada
azul esta vez, como el cielo, con ciertos aires de ida,
aflora en tu rostro,
y no haces caso al santurrón que,
con ojos de sapo, te mira incrédulo…

y ya formas parte de mí… seas lo que seas.

Con rugir de herraduras…

Persónese la voz en mi garganta
afluyan las monturas, siempre vivas,
a esta boca que hoy invoca
tu nombre;

A esta edad concurra la ternura;
la memoria, la súplica
al recuerdo; el pasado
por pretérito; el futuro
por quererlo;

Y pronúnciese nombres insondables,
inasibles, etéreos; caducos si hace falta:
Que lo que siento, este fuego en el alma
no se calma, ni se apaga, por un poco de bullicio
y algarabía en la memoria – siempre selectiva,
creativa por ella misma, subjetiva en sus formas -:
Que lo que invoco, a pesar de desdibujarlo el tiempo
y atenuarlo mi retentiva, por dispersa y traviesa,
atraviesa el aire, hasta llegar a tu oído;

Y marchan los corceles blancos, con rugir
de herraduras… efervescencia de olas…
a decirte:

¿Vamos al cine esta tarde?

Un bucle.

Viene de una tierra de extrañezas
de un pasado cualquiera a un futuro
cualquiera…

Pasa, y dando pasos hacia la nada
– ni nadie ni nunca –,
desoye lo que importa.

De manera certeramente incierta
busca lo que no encuentra
se sorprende por todo, piensa,
pero se hastía y desiste
aflora la calma, su calma,
y cesa…

Y se aburre y aburre
al cielo que lo cubre
y a la tierra que patea
pero no se descubre
y ceja…

A veces desespera
pero ve que no quiere nada
¿qué es entonces
lo que espera, la esperanza,
dama muda y ciega
del destiempo y la desgana…?
(para eso ha quedado esta señora,
o eso piensa)

Pasa el día llega a casa
cae la noche – ya es tarde –
y se acuesta.
Muy pronto se duerme
y sueña
que viene de una tierra de extrañezas
de un pasado cualquiera a un futuro
cualquiera…

La libertad del enano.

La danza terrible de las palabras
los barbitúricos que se mecen en tu garganta
la esperanza que arde en el Paraíso
para engendrar la nada de la nada.

Este Imperio que te cuento
tierra de desesperanza,
turbio y sucio lamento,
sonrisa que desgrana
un cuerpo.

Y Dios, en lo alto,
con su cara de bobo
y su cetro, creyendo
que manda algo…

pero los rayos ya cayeron
las centellas ya vinieron
y mi pecho está intacto
de furia de dioses malnacidos
de juicios, valores y cadalsos…

y mi libertad es la libertad del enano
que siempre tiene que mirar hacia arriba
para ver a su amo
pero que sabe quién es quién
y hace lo que quiere
aunque no lo parezca:
el cómo
y el cuándo.

Avanza sobre el cadáver del pueblo…

¡Avanza sobre el cadáver del pueblo que tiembla
el de los pies incrustados en el fango
que la tierra,
desde su nula altura,
ha hecho mella:
el dulce olvido, de viejo, desdentado!

¡Que no sean sus lágrimas en vano
que lloren lágrimas como arcos de triunfo
– o derrota –
que no quieren
verdades
ni soledades
sobre su manto
de gentiles centinelas
que todo aman, que nada besan
y que habitan la memoria
y la cobardía en llanto!

¡Que nada pueden:
y eligen, y rezan,
a sus dioses,
sobre pedestales, disecados!

¡Manos muertas, naturalezas muertas
vientos que no mueven
aspas de molino
en donde ruedan
y trituran las palabras
– qué más quisieran –
los corderos
de esta democracia
eligiendo el cielo
donde posan
su espíritu mancillado!

¡Y ahora vienen
a decirnos “despierta
de tu sueño, pueblo herido”
sin decirnos
que antes ellos lo aplacaron!

¡Los héroes nunca durmieron
– enterrados en la orilla de un camino
pero vivos, más que muertos-,
renegaron de este polvo y de este invento:
de ser corderos, todos libres, según dicen…
Más bien: Corderos!