Sopor

Me mostró la palma de su mano;
tras la piel casi transparente vislumbré
las cenizas de todos los ocasos, los astros,
los mares… que vio en su vida;
después
la cirugía
del suicida tallada en su muñeca,
– faltó poco -.
El fulgor de tanta belleza debió ser insoportable.

Levanté la vista con la guía
de su brazo
y contemplé sus ojos;
tras ellos la grandeza del universo
flotando entre lágrimas sin forma,
contenidas…
y con voz de otoño
sólo dijo:
soy la suma de mis heridas;
tan sólo.

A veces (sólo a veces)

Abro los ojos y sólo alcanzo a ver la puntera del zapato, el borde de la mesa donde estoy sentado, o cómo corren los adoquines por la acera. Cabizbajo. No tengo un porqué, pero la barbilla se siente atraída por el esternón, todo pasa, todo pesa. Entonces surge en mi cabeza una canción cualquiera: parece voluble y está a punto de dispersarse en mi mente antes de que reúna la consistencia necesaria para ser tarareada. Me concento y se hace carne. Chasqueo los dedos rítmicamente (procuro hacerlo con las dos manos al unísono, pero la derecha siempre se adelanta… bueno), contoneo el cuerpo, también al ritmo, con el único límite de la vergüenza justa si estoy en público, y muevo la cabeza de un lado para otro; con idéntico límite. Se me pone la sonrisa (leve) de gilipollas, de ido… pero empiezo a ver que algo cambia (surge el recuerdo de la consulta del psicólogo hace años, sí R. el pájaro no canta porque esté alegre, posiblemente esté alegre porque canta, no es mío, lo leí en un libro, todo está en los libros. Me lo apunto por si me hace falta para un próximo cliente. Hijoputa, ¿y me vas a cobrar la consulta?). Música, música por todas partes. Me gustaría en ese instante anterior al Instante oír de golpe todas las canciones que me han encandilado en la vida (a veces he ido pasando nerviosamente una tras otra con el mando a distancia del equipo de música hasta que he comprendido que era imposible oírlas todas al mismo tiempo). Entonces, la percepción me falla. Es sólo un momento, pero lo vivo como un segundo helado en mi pecho, detrás del esternón, un poco escorado a la izquierda (¿será en el corazón mismo?), que me da la impresión de ser eterno. En esa eternidad asciendo al cielo, siempre bailando al compás de la música con el único paso que me sale; y me siento ALaDerechaDelPadre. Lo miro, primero de reojo, y después directamente a los ojos, con la cara de un niño que hace algo malo (pero que sabe que no es nada malo), y le digo, anda, déjame un ratico ahí a mí, y me dice, coño Guillermo, si es que con esto del relativismo, la posmodernidad, toda esa hostia, ya no pinto ni la mitad de lo que pintaba. Anda, déjame un ratico. Y nunca sé si me ha dejado, porque el segundo se deshiela y vuelvo AlTiempoDeLosMortales. Y entonces sé que soy feliz (a veces), ya no porque sea feliz, sino porque yo solico conmigo solico, he levantado, sin más, la cabeza. Y el horizonte de la muerte ha tornado en vida. Y con eso me basta. Gracias mundo, con tus defectos y con los míos, gracias mundo.

Camarada…

Yo he de volver a las trincheras,
a esos surcos en la tierra hechos del orgullo
humano,
a rescatarte del olvido;
porque de nombrarte mis uñas están ensangrentadas
y el sol, con sus ráfagas de frío,
ha secado el sudor de mi paciencia.
Intento situarte donde te mereces,
no puedo saber si tu entierro
estuvo a tu altura…
(alguien me dijo… bueno, alguien me dijo…)

Dicen que el mundo
se ha vuelto gris; yo
no me canso, de poner mi voz
al servicio de la ironía; de quitarle
hierro al asunto y al mundo
para que nada me haga daño.
Y sin embrago, si no gris,
al menos algo deslucido, veo
cada amanecer de camino al trabajo.

Y me armo de oficio y de sonrisas;
mas, a veces, lloro por dentro.

Algún día me acompañarás en la jornada
en vez de quedarte en el espejo
como cada mañana; camarada.

Algo más mundano…

Hoy no hablo de estampidas de animales
ni ojeo versos de poetas buscando inspiración
ni relato algo inmerso en la noche
de un modo teórico…

Hoy quiero algo más mundano
con sus correspondientes imágenes, si hiciera falta;
con su correspondiente ritmo, si hiciera falta;
y si hiciera falta, con mi sangre, hecha palabra…

Abrumado, pesado como quintales de culpa,
apagado, como el desierto de noche,
casi triste, con los ojos entornados,
maldiciendo mi nombre y su sombra…

Pero…

voy al baño y miro la taza del váter,
blanca, virginal, espléndida;
osadía de la ciencia; mágica:
no salen conejos de una chistera
ni inspirará jamás un suicidio altruista (Véase Durkheim)

Me siento, su tacto es frío, pero sé
que valdrá la pena este primer contacto;
y miro al vacío, empujo – sólo un poco -,
y siento
lo que se debe sentir alguien
que suplantando a los dioses, bebe la ambrosía;
y… (no entro en detalles)

Y salgo
y afuera ya no hay una oficina
sino una estela de cometa
a modo de alfombra roja;
y paso por ella, y casi no piso;
floto… y llego a mi destino
con una sonrisa
tan de oreja a oreja
que mi compañero
se cuestiona su felicidad,
su vida, toda su vida.

¡Qué pequeños placeres tiene esta vida!

¡Qué bonito es el mundo, límpido y reluciente,
como la taza de váter que atiende mis evacuaciones
cada día!

¡El infierno debe ser un lugar en el que no se caga!

El olvido le dijo al tiempo…

El olvido le dijo al tiempo
¿Qué te he hecho yo,
si éramos amigos?
El tiempo se volvió tiempo
el olvido, simplemente olvido;
y esta palabras que te cuento,
olvidadas al tiempo,
murieron solas; y la muerte,
que se olvidó de olvidarlas,
a un tiempo,
olvidó que el tiempo era el tiempo…
– y ése no muere –
y no cesó en su empeño – el tiempo –:
pasó, pasó, pasó,
sobre los párpados de los muertos
pero se olvidó de quién era,
del propio olvido se olvidó.
Y ahora la muerte, dama ciega,
olvida, con gran tristeza,
que hasta para ella
el tiempo se le escapó.

En su lecho de muerte…

Su padre murió un lunes
en su lecho de muerte le dijo:
“Trátala bien, pase lo que pase”.

Volvió a morir un martes
en su lecho de muerte le dijo:
“Come toda la sal que quieras
pero no olvides
tomarte la pastilla de la tensión”.

Volvió a morir un miércoles
en su lecho de muerte le dijo:
“Sé bueno, pero aparenta ser mejor”.

Volvió a morir un jueves
en su lecho de muerte le dijo:
“Trabaja, pero no te mates”.

Volvió a morir un viernes
en su lecho de muerte le dijo:
“El tiempo es la única verdad,
la muerte todo lo puede”.

Volvió a morir un sábado
en su lecho de muerte le dijo:
“Llévate bien con los bancos”.

Y el domingo
descansó
de tanto morir.

Seas lo que seas…

Te despiertas conmigo, despeinada,
salimos a la calle y ríes
con carcajadas ebrias, sacando tu dedo corazón
a la gente que cuchichea sobre nosotros.
Y vuelves a reír.

Un séquito de meteóricas infamias nos sigue
como cuerpos de ayer – hoy más jóvenes –.
Me cucas tu ojo derecho y entiendo:
tengo que rescatar recuerdos de otros,
traerlos a un presente de donuts rellenos de crema
y quitarles el hierro que los años les han puesto.

Tomamos un café solo corto a media mañana
– hay que recuperar fuerzas –
y al salir del bar, con la sola ropa interior que llevas,
planteas discursos y sátiras
sobre lo bello y la noticia
que no da hoy la prensa.

Al final vuelves a reír; una carcajada
azul esta vez, como el cielo, con ciertos aires de ida,
aflora en tu rostro,
y no haces caso al santurrón que,
con ojos de sapo, te mira incrédulo…

y ya formas parte de mí… seas lo que seas.