Entrelíneas…

Aquí, un hombre
leyendo entrelíneas el horizonte que se desvanece:
vetusta alianza del día hacia la noche, entreacto
en definitiva, donde
sólo el trino de los pájaros
– y el ladrido de algún perro –
sacuden el silencio de las rocas,
como la próxima mañana en la que de rocío
el tiempo antiguo habrá cubierto el mundo, crepitando
los pasos anónimos por la hierba humedecida.

Aquí, un hombre
muere un poco cada tarde; mas
se hinchen
sus ojos – abiertos,
siempre abiertos, como sus oídos,
como su pecho… –
de paisaje de silencio y de mundo.

Aquí, un hombre
caduco, imperfecto.

Aquí, un hombre
alegre, sereno.

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Gotelé

Lanza un grito desde la suela de los zapatos
a la altura de su boca una mueca se deshilacha
vuelve a su soledad con el rabo entre las piernas
pensando en el fuego de sus antepasados.
Repasando el gotelé de su cuarto de niño de memoria
le cae el techo  encima como un lunes traicionero
sacude el polvo de su flequillo adolescente
asomándose  a un seto de voces de otros jóvenes sin rostro
– ¡a fulanica me la follaría! -.
Pasa las horas y los años entre sueños, labios torcidos de desgana,
música que se ahoga en primeros calimochos…
y pesadillas:
Está dentro de un tambor: uñas y estridencias.
Añora lo que nunca tuvo, deserta de su rostro:
veinte lágrimas salen de sus ojos, derrapan justo antes de colisionar con la barba,
y se avergüenzan.
¡Tres dos uno: despierta! (le dice el café cada mañana)
Y no pasa nada.
Nada por el mar de la memoria:
Naufraga vomita maldice… ¡Nada! Grita
nada… grita grita grita – a veces para adentro:
acidez, más labios torcidos, un esguince en las pestañas y dos padrastros irreversibles -.
Cada noche le dice al despertador que lo llame a las siete
deja un lámpara encendida: luz tenue.
Notas para no perderse en el día siguiente.
Y busca en el gotelé la estela de su vida.

Consuelo

Nada
nada encontrará la muerte cuando se pose en mis ojos
cuando los párpados caigan ciegos sobre ese día inhábil
cuando el telón festeje que no queda nadie
sobre el escenario; y el aire se pierda en la niebla
y la niebla en frío inapelable.

Nada
nada más que simas abiertas en mi carne,
labios violáceos, gesto de ausencia,
tiempo helado en mis venas ahogándose,
últimas esquirlas de luz
de sueños desangrándose.

Nada
nada encontrará en mi pecho
sólo larvas de miedo
carroñeras de gris plumaje
parásitos innombrables
que ya habían empezado a matarme.

No pienses que me ahogo en detalles trascendentes
que me pierdo en no sé qué luces de que otros hablan;
que la vida ha dado vueltas, no la muerte
que cierra su canción con un llanto de tristeza.
¡Mas dondequiera brota de la nada otro llanto de esperanza
el de algún niño que a vivir empieza!

Diciembre

Los mástiles de antenas hieren la noche,
los tejados helados, con su frente,
sostienen estrellas y sueños.
Avanza una pequeña nube hasta privar de luz lo que queda de mundo.

Diciembre queda suspendido entre las sienes
de esa persona que alguna vez nos dijo algo importante
mientras mirábamos el móvil con el rabillo del ojo.

Todo es quietud,
y en el silencio,
se puede oír cómo crecen las uñas,
cómo resbala la inmundicia debajo de las tapas del alcantarillado,
cómo laten los corazones bajo el pecho de la gente dormida
– al unísono –,
rogándole, inconscientes, a Dios, que el mundo sea un poco más cálido:
ese ahuecar las manos y echar el vaho dentro.

Dios estará en el trino de los pájaros
que aún quedan en invierno,
en el primer rayo de sol que quiebra soledades:
en todo lo que obviaremos cuando,
al despertar,
sólo nos importe nuestro rostro ante el espejo.

Latidos

Diástole

…esparciéndose, como un metal fundido,
albergando formas rotas, huyendo
del redil del orden…

Perlada la frente del ímpetu:
la savia que explota en sus oídos sordos;
o el horizonte, que de un zarpazo,
robó a la tarde.

Sístole

Todo acude a su centro:
a la llamada del nombre;
al monólogo
que la ira
petrificó ante sus ojos:
el vacío con que el silencio
llenaría su vida – después del entreacto -:
la infinita libertad que trajo
– para siempre –
un no
pronunciado con el gesto serio
y frío
como esa tarde de diciembre.

Hambre de ti en noviembre idealizado

Noviembre se marcha
con piedras desnudas y cristales
empañados;
con la savia petrificada
y las hojas amarillas de desidia;
con lápidas
cubiertas de un rocío
que bien pudiera ser
hijastro de la escarcha;
con escuetas sonrisas
acomodadas en bufandas:
desdén en las miradas
de los ojos llorosos y desnudos
en los tan abrigados rostros;
pasos presurosos que parece
que niegan un saludo
al despuntar la mañana.
La herrumbre de siempre
húmeda como nunca.
El derrumbe de las tardes
desplomándose en la noche
sin que nadie
tome nota.

Noviembre sin ti sin mí sin nadie
noviembre en la mesa, junto
al pan de la derrota…

Sin ti si mí sin nadie…

Y se cava un pozo en mi estómago
que alimenta la tristeza…
y que confundo con el hambre.

Ahí, donde te digo…

El desenfreno etílico de las sombras
los ademanes amables de la mentira
la crueldad del tatuaje pérfido que pasa
a la sangre, y se bifurca
por la carne.
El Apocalipsis de las ojeras
los dedos de las manos chasqueando
la locura.
El trigo de las pesadillas
las estelas de estaño con que hieren el cielo
los cóndores de aluminio tan grisáceos…
Vendavales en sobres amarillos pálidos
y remite en los vericuetos del olvido
junto a un sobrero azul de fieltro…
El brotar del sudor de la tinta,
antes, sólo sueño, sobre el calendario.

La materia derruida, la luz
entrecortada, la crisálida del otoño
hacia el cáliz estéril del invierno…

La primavera que explota en las conciencias:

el mundo que descansa sobre un tallo;
entonces libaría los aromas inconfesables
y me enredaría en los sonidos de la muerte
buscando a dios
en tus labios.

Ahí, donde te digo,
se contradicen las distancias
y todos los tiempos son el mismo:
un escenario sin máscaras
sólo calor de cuerpos desnudos:
la canícula eterna y primera
de las palabras…